La (no) revolución de Francisco
Hace días escucho algún que otro influencer eclesial llegando a la conclusión de que el Papa Francisco no tuvo nada de revolucionario, en medio de ciertas interpretaciones que los medios hacen de su pontificado. Y es que, efectivamente, en su pontificado no ha habido un cambio doctrinal o alguna “campaña” dogmática que modifique el catecismo. En ese sentido, no ha pasado mucho. Sin embargo, hay otro sentido en el que, me parece, silenciosamente, Francisco inauguró una revolución, tal vez, más importante.
En este mundo bendecido y herido en el que vivimos, la sencillez y la profundidad no pasan por alto. Y si algo podemos señalar del Papa argentino es la calidad y hondura de palabras y encuentros. Sus intervenciones, en un latinoamericano cercano y simple, nos acercaron siempre a eso que más allá de formulaciones dogmáticas, toca la experiencia de la fe, profundamente humana y cotidiana.
Algo más diciente que sus palabras fueron sus signos, a veces, demasiado claros. Pedir la bendición del Pueblo de Dios al inicio de su pontificado, inaugurar el Jubileo de la Misericordia en Bangui y(República centroafricana, tierra de guerra y división) y no en Roma, sus llamadas coloquiales a personas a pie de calle de todo el mundo, el simbolismo de sus viajes, su cercanía con la comunidad de Gaza, la austeridad… En cada gesto nos no-decía más de lo que podría habernos dicho, buscando que en todo lo grande y aparatoso brillara la sencillez y simplicidad del Evangelio en la cercanía, las periferias, el servicio.
Todo esto creo que ya es una revolución. Francisco nos habló de Dios de tal manera que se entendió incluso más allá de la Iglesia. Sus palabras y acciones, ecos de la tradición eclesial latinoamericana, en búsqueda de dar visibilidad a los pobres y marginados, e incluso a las estructuras socioeconómicas que los mantienen, brotan de una fe profundamente ligada a la realidad y al dolor, como enseña el Evangelio de Jesús. La revolución de Francisco no está en lo doctrinal, sino en el modo de vivir, hablar y expresar la doctrina.
La sencillez de la acogida, del diálogo con todos (todos, todos), de acoger e integrar a las personas de la diversidad sexual, de recuperar la sinodalidad de la Iglesia, de normalizar el servicio y las relaciones, son revolucionarias en una comunidad eclesial desgastada y anquilosada en tradiciones secundarias y relaciones fraternas poco creíbles.
Leía hace poco en X, a alguien que escribía: “El papa Francisco nos mostró a los agnósticos que la fe no es ingenuidad, sino a veces una forma profunda de humanidad”. Su sencillez, lejos de superficialidades, devolvió a la fe la posibilidad de ser posible hoy. Y en esto, creo, me parece que está su no-revolución: Más allá de llamadas telefónicas y zapatos negros, Francisco nos ha ayudado a volver a lo esencial, aunque todavía estemos en camino. Lo que nos queda, tal vez, es preguntarnos como seguir llevando la no-revolución como el hermano Francisco.
¡Gracias Francisco!
fr. Ignacio Castro Ortega op
