Si faltas tú no estamos todos
Hablando de peregrinaciones, hace poco me contaban que, una de las veces en que el grupo subió al autobús para retomar la marcha, la encargada de contar que estuvieran todos no daba la señal para poder arrancar: “falta una persona”. Volvía a contar y siempre le faltaba una. Tardó unos veinte minutos en darse cuenta que era ella misma la que siempre faltaba.
Estamos en verano, en plenos preparativos y salidas de grupos de jóvenes y no tan jóvenes rumbo a la JMJ de Lisboa. Yo no era muy de peregrinaciones. Vamos, que el modo “horas de autobús y saco de dormir” no era mi preferido. Pero me dejaron una huella muy grande. El grupo entero esperando al que siempre llega tarde; el catequista acompañando a la farmacia a no sé quién porque le pasa no sé qué; el sacerdote manchándose y llenándose de barro; la que lleva de todo en su mochila y te embadurna de crema solar “por si acaso”; el que invita a unos helados; los que amenizan el viaje con la guitarra e, incluso, el que coge el micro y hay que suplicarle que queremos dormir; y, por supuesto, al final de tantos accidentes, todos haciendo cola para entrar en la explanada y celebrar la fe.
Es un poco controvertido hablar de la alegría de sentirse parte de una Iglesia que últimamente copa titulares que muestran la cara más amarga, vergonzosa y dolorosa de algunos de sus miembros. Pero, de la misma forma que una persona, por lo que es y representa, puede hacer tantísimo daño a la Iglesia, a su credibilidad, a su misión; creo que solo el amor concreto de los bautizados, real y tangible, es lo que nos enseña y hace experimentar la inmensa riqueza del ser parte de la comunidad eclesial. La experiencia de “ser parte de” es clave en la vivencia de la fe.
«Queridos jóvenes, permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él. Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios». (Palabras de B XVI en la Vigilia de Oración en la JMJ de Madrid 2011).
Estos días hay bastantes entrevistas y artículos que hablan del novedoso voto de las mujeres en el próximo Sínodo. Como cristiana y mujer de a pie, aquello me pilla lejos. Pero considero que el sentirnos “parte de” y hacer que otros experimenten la alegría de ser parte de la Iglesia es algo que nos jugamos también –y casi diría más- en el día a día, en la comunión real entre los creyentes, en lo más ordinario de la vida. Lo siento, debo reconocer que soy –o estoy- un poco escéptica para creer que la historia va a avanzar a golpe de titulares y gestos extraordinarios. Pero, al mismo tiempo, estoy convencida y creo firmemente –es más, sin esto los gestos se quedan en papel mojado-que lo que sí cambia la Historia y nuestras historias es el implicarnos en pequeña escala. De nosotros depende que el que está a mi lado se sienta parte de esta Iglesia; es más, mi actitud de acogida y preocupación por él o ella puede ser la muestra concreta de amor que está necesitando para experimentar la alegría –y no solo la pertenencia- del ser comunidad.
Al final, lo que el corazón recuerda –porque es lo que siente y experimenta de cerca- es, muchas veces, lo aparentemente más sencillo: aquella vez que alguien caminó dos kilómetros a su lado para rellenar unas botellas de agua o aquel que le prestó su saco porque había perdido el suyo. Uno se siente “parte de” cuando experimenta que es algo más que un número para saber las formas que hay que consagrar; cuando constata que el grupo es capaz de retrasarse un poco hasta que llegue; o cuando percibe, porque se transmite, que no somos carismas ni hábitos que catalogar sino rostros y corazones que se aman y se conocen. O puede, aunque le demos poco valor a lo más simple, que hacerle sentir “parte de” a ese alguien que se aleja sea decirle que su ausencia no nos es indiferente, aunque nadie sea imprescindible; que si faltas tú no es lo mismo ni da igual. Y todo eso sí depende de nosotros. Y eso tan sencillo –en mi opinión- tiene el poder de cambiar el rumbo de las cosas mucho más de lo que nos pensamos.
Sor Teresa Cadarso, OP
