Dadles vosotros de comer
La palabra se come, el libro se mastica, la belleza se ingiere, se bebe la luz del verbo, siempre que haya sed, así como vasos y acequias donde verter o conducir esa agua de vida.
Por eso me ha alegrado mucho en los últimos días saber que el papa Francisco ha pedido a los sacerdotes que se esmeren con las homilías, pues son con demasiada frecuencia -según sus propias palabras- un desastre. Amén de demasiado largas y pesadas, a veces ininteligibles, otras insustanciales y en ocasiones llenas de hueso donde roer sin gracia.
Me ha alegrado esta palabra provocadora del papa Francisco, que nos invita a todos -predicadores y fieles creyentes- a tomar en serio la Palabra, en el marco no sólo de las homilías, también las plegarias eucarísticas, las oraciones que repetimos a veces sin darnos cuenta de lo que decimos, los salmos. Incluso las letras de los cantos litúrgicos.
Pero sobre todo ruego que se escuche atentamente esta invitación, que los pastores y celebrantes la pongan en práctica, como vocación misionera y catequética, porque somos muchos los fieles que, sin estar todo el día en la iglesia, ni de rodillas en un claustro, participamos en la eucaristía y asistimos a la liturgia con hambre y sed de una palabra viva, de una luz que aliente nuestros pasos (salmo 118), de una orientación pastoral, que sin ser moralina o frase consoladora sin más, al uso de esas que aparecen en el trasiego insípido de las redes, una palabra, digo, que tenga fuerza para vertebrar nuestro trabajo, nuestra entrega, la vocación a la vida y a la compasión de toda una semana o de varios meses. Y si la homilía oída nos remueve por dentro es probable que sigamos entrando en la iglesia para escuchar de nuevo, o volvamos a abrir las Escrituras en el silencio de nuestra casa.
Al poco de volver de la selva de Perú, hace tres años, los padres carmelitas me invitaron a dar una charla sobre san Juan de la Cruz. Como ya había dado otras, la enfoqué esta vez desde el verso Entremos más adentro en la espesura (Cántico 36) que me daba pie a unir la misión y la mística. Desde la experiencia de la selva tan extraña y tan nueva para mí, una experiencia que suele corresponder a una etapa juvenil para la mayoría de la gente y a mí me llegó en la altura de la edad, entendía mejor el sentido del Evangelio. Traigo a colación este verso, para subrayar lo que deseamos y anhelamos escuchar cuando vamos a la iglesia y nos sentamos como fieles creyentes con la máxima atención, en el momento de la homilía: entrar más adentro en la comprensión de la liturgia, de la eucaristía, de la petición y la acción de gracias, del misterio de la cruz, en definitiva. Recuerdo además que los meses que estuve en los lejos de la selva echaba de menos el templo, la celebración dominical. Sólo tuve un par de celebraciones o tres cuando salí de Pangoa hasta Quillabamba. Estas celebraciones coincidieron la época de bautismos y confirmaciones. Entonces comprendí una vez más la fuerza de la liturgia, del sacramento de la Palabra.
Esperamos unas breves indicaciones: homilía, sermón, plática, que tengan fuerza y luz para esclarecer el Evangelio, ya que es la lectura principal y aquella que ilumina las que anteriormente se nos dan en la liturgia de la Palabra: los profetas, las cartas, el salmo, etcétera. A veces me quedo en un versículo del salmo o en una exhortación de San Pablo o en una exaltación de júbilo de Isaías, qué hermosos los pies del mensajero (Is 52, 7). Esto intenta ser para mí un hilo de reflexión, hilo tan delicado y sutil que se rompe desgraciadamente a veces con las palabras extraviadas de ciertas homilías. El Evangelio no siempre es fácil, sobre todo cuando se trata de los grandes discursos de la teología del amor de San Juan. Esperamos seguir una estrella, y el sacerdote que predica, tal vez aburrido, tal vez pensando que no vale la pena meterse en complicaciones, en lugar de explicarnos el Evangelio de San Juan hace unos comentarios inanes sobre conversaciones escuchadas en la cola de la frutería, o de teologías enmohecidas en los sótanos del claustro. Otras veces el padre prior se entusiasma con su fundador, y en el realce de la hagiografía del santo se olvida del tiempo y cuando se quiere dar cuenta han pasado 25 minutos, ya casi esperan para la otra misa y sus mismos concelebrantes tienen que darle un toque de atención. Y volvemos a salir como entramos, con sed y hambre.
Pero necesitamos avivar el fuego de la esperanza. Queremos beber por los cauces de la celebración litúrgica la Palabra que nos ha sido dada, no que nos la secuestren ni apaguen las débiles pavesas de nuestra fe. A veces prefiero el sacerdote de la misa de nueve de la noche porque sé que ya no dirá homilía sino que invitará a unos minutos de silencio, mas su fervor y entrega al proclamar el Evangelio me bastan para conducir el corazón a esas honduras donde resuena la Palabra única (Dichos de luz y amor)
Agradezco que el papa Francisco se haya hecho eco de este malestar, de nuestra hambre y sed de una palabra viva. Agradezco que haya sugerido brevedad y claridad, y me permito recordar, aunque supongo que los que han de predicar lo saben, pues han estudiado teología, que hay libros magníficos de homilética y colecciones maravillosas de homilías de los Padres en la gran tradición de la Iglesia, muchos de ellos se hallan a la mano en el Oficio de lecturas (san Agustín, san Gregorio, san Ireneo, por citar sólo algunos)
Sería bueno que, a instancias de mismo Jesús, los predicadores no nos mandasen a casa sin comer (Lucas 9, 11-17)
Sagrario Rollán
