Donde duerme el agua: Enero
Escucho en radio una cuña de felicitación en la que avisa el locutor que no hace ya propósitos de año nuevo. Me deja extrañamente dividido. De un lado también yo me planteo que para qué, si a lo sumo en unas semanas habrán caído en el baúl del olvido, si ya la vida la tenemos hecha con nuestros más y nuestros menos, y si, más que muy probablemente, los propósitos de nuevo año no son sino una velada y encubierta forma de huida de nuestra vida, la que tenemos, nos ha tocado en suerte, hemos construido o hemos elegido.
Pero de otro lado, me resulta extraño renunciar a los deseos de más, de cosas nuevas, de nuevos estímulos y proyectos, de nuevos aprendizajes y aventuras. No soy budista que entiende el deseo como la sima donde se pierde lo humano, sino que como católico y con el Aquinate, sé que el deseo puede ser el motor de mejora de la condición del hombre que lo eleve a lo alto.
Imagino que como en todo, otra vez Aristóteles, la clave será a qué propósitos -realistas, verdaderamente deseados, con sentido y bondad de fines, con posibilidades de medios- nos lanzamos, de modo que sean ese equilibrio del término medio del deseo y su sentido el que nos haga llevarlos adelante.
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Leo biografía de Merry del Val. Me parece un personaje fascinante… y un pésimo biógrafo el escritor en formas, medios, planteamientos, objetivos y lenguaje. Y aún así, tiene un poder evocador religioso el cardenal español de san Pío X, que le deja a uno pensando si otro biógrafo hubiera caído en mis manos en vez de este tan terrible, qué hubiera hecho Merry del Val en mí. Como las biografías de santos que convirtieron al de Loyola. Como los referentes que conmueven y transforman. ¿Qué harías si no tuvieras miedo?
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Una vida tranquila. Eso me deja siempre el peso del tiempo vacante al pasar por mi Córdoba. La imaginación de vidas cotidianas, serenas, tranquilas, familiares, de provincias. Los parques, los encuentros, un trabajo honrado y sencillo, rutinario, los amigos, una casa, un perro. Sin muchas necesidades. Con las justas cubiertas. Algún concierto, algún teatro, alguna exposición. Proyectos ajustados a la medida humana y el elogio de lo concreto.
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Wagner sostenía, en su siglo XIX germano y romántico, que los nuevos templos donde el hombre se elevaba y mejoraba al contacto con la trascendencia eran los teatros. Me lo recuerda el acudir al concierto de Año Nuevo aquí. Un programa realmente magnífico entremezclando valses, polcas y marchas austríacas tan propio de estos días vieneses, con piezas de zarzuela española al modo de la analogía con la opereta, que queda de veras extraordinariamente bien. Y me lo recuerda por la actitud del público. El silencioso, respetuoso, elegante y conmovido en el espíritu. Y el bullanguero, aplaudidor, comentarista y jaranero que conmueve sus sentidos. Y es que hoy, quizás siempre, a los teatros se puede acudir con esas dos tipologías, o como quien va a un templo, o como quien va a la feria. Me gustaría tener la elegancia del primero y la alegría del segundo. El programa se prestaba a ambas.
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Qué será la elegancia. Agua y Jabón, sí, Riezu dixit. Muchas cosas pueden ser elegantes y todas marcadas por la sencillez, el saber estar y la ausencia de artificio. Pero aun así… hay algo más. El clásico “je-ne-sais-quoi” que trae un gesto, una postura, una mirada. Un algo indescriptible quizás, que muestra un estado anímico, espiritual, profundo, que es casi que una disposición habitual de la persona. Es proporción, es respeto, es cuidado, es naturalidad, es sencillez. Es saber estar, es formas, es belleza… y a la vez siempre es algo más. Me gusta decir siempre que uno de los atributos que menos recordamos de Dios es su sentido del humor, y creo que lo voy a ampliar a la elegancia.
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La ilusión de la noche de reyes nos devuelve a lo mejor de la condición humana. Su inocencia y su capacidad de creer. La espera de lo bueno y de la felicidad. La innata consideración de que los medios y las cosas, los objetos, lo real, la realidad, son portadores de plenitud, porque son el modo como estamos hechos y donde estamos: lo material y real, lo concreto, es el medio para descubrir la felicidad verdadera.
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Hoy la frase de Pascal: todos los problemas del mundo vienen porque el ser humano no es capaz de quedarse sentado tranquilo en una silla en su cuarto. También Tolkien: nada muestra más el poder del enemigo, que las diferencias de quienes le combaten. Y otra mía: por Dios, lean. Las polémicas tan artificiales por frases sin lectura ni comprensión, son terriblemente estúpidas. Pero ese es el precio de las redes sociales.
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De nuevo la pregunta. ¿Qué harías si no tuvieras miedo? Y la siguiente, ¿qué hacer para no tener miedo? ¿Cómo alcanzar la libertad? ¿Cómo dejar atrás todo lo que ata, limita, bloquea, esclaviza e impide ser uno quien es, quien puede ser, quien está llamado a ser? ¿Cómo ser libre? El Abba Antonio comenzó desprendiéndose de toda riqueza y posesión, para centrarse en lo fundamental: Dios. El silencio. Lo pequeño. Las personas. Eso le llevó a todo. A una vida lograda e importante. A crear un nueva forma de vida de fe -la vida religiosa- y sin ahorrársele dificultades, tentaciones, dolores, sufrimientos y penurias. A una vida verdaderamente libre.
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A veces, como en Dickens, nos visita el pasado. El fantasma del pasado. Como a Scrooge, como a Bill Murray, no se le espera, pero, si uno es sincero del todo, sabe que siempre está esperando al pasado. Siempre aguardamos que nos lleguen las sombras de lo que fuimos y nunca dejamos de ser. Dichoso quien tiene todas sus cuentas saldadas con el ayer. Pero nadie, casi nadie, las tiene del todo resueltas. Cómo necesitamos que nos salven y nos rediman…
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La memoria de donde, sin saberlo, fuiste feliz, a veces, duele.
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La aspiración de la sabiduría como motor de vivir la fe deberíamos tatuárnosla a fuego, atarla a la muñeca y tenerla en la mente como los rabinos judíos, siempre, constantemente. La mayor tentación, o quizás la constante necesidad de conversión, tiene que ver con la memoria, con olvidar, con no estar centrado. Pero a la vez aparece el temor de lo sagrado. Quién podrá estar constantemente ante la mirada de Dios… El pecado original es la duda, pensar que Dios nos quita cosas en vez de dárnoslas. Nos agarramos a nuestras pequeñas comodidades y seguridades ante el abismo de lo inmenso donde tememos perder pie. Por eso siempre ha fascinado la vida contemplativa al hombre de fe, como aspiración y como temor incapaz. La imagen del cartujo o del benedictino como un nuevo Jacob que lucha con Dios y que siempre sale herido aunque reciba un nuevo nombre, es siempre un recuerdo constante de que lo de Dios va en serio. Y da miedo cuánto de serio es.
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Terrible y tremendo. Rabia, miedo, dolor, compasión. El peligro de lo religioso es que se acabe contaminando de política y de ideología, de modo que se tome lo religioso no en sí y por sí, sino, como poco como excusa, y como mucho como inspiración. Y eso siempre lleva a un reduccionismo religioso y a una selección dentro de lo religioso de lo que pensamos que sostiene mis ideas. Pero no deja de ser complejo. Nunca es tan sencillo. Y lo vemos. El islam no es violento per se, pero desde luego siempre ha tenido -y sigue teniendo- muchas realidades de violencia. Y la inmigración ilegal no es per se fuente de delincuencia, pero desde luego mucha delincuencia viene de ahí. Y no hay que fomentar de modo alguno la violencia ni la respuesta desmedida, pero desde luego occidente tiene derecho a defender su identidad también. En los conflictos nos movemos siempre. El problema es dar respuestas simplistas, planas y absolutas a cuestiones complejas.
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Magnífica presentación del libro de Armando Pego. Una personalidad, una palabra, un tono y una cadencia en el habla, en los silencios, en la absoluta falta de apresuramiento, pero en la absoluta y fascinante celeridad del corazón y el espíritu, que rezuman en sí hondura, humor, compasión, sabiduría, amor y erudición. Y una extraña alegría. La mejor Tradición sin imposturas ni romanticismos decimonónicos. Cada frase valía como titular, como meditación, como ejercitación espiritual. Aforismos involuntarios a lo Gómez Dávila, a lo Ciorán, a lo Jünger, a lo Padres del Desierto. La Poética del Monasterio como una actitud vital. Se creó un ambiente – Armando creó un ambiente…-, de una calidad profundísima. Y, por más aún, disfrutado con gente conocida e interesantísima de ese proceloso mar de las ideas compartidas y lanzadas.
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