Religión

¿Una Iglesia democrática? ¡Uy!, qué miedo

En una reflexión sobre la primera fase del camino sinodal, el teólogo Piero Coda, secretario general de la Comisión Teológica Internacional, afirma: “me gustaría en el futuro ver una Iglesia alegre, pobre y profética”. Después de leer las declaraciones del cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo, en katholisch.de y en referencia a la sinodalidad, se me antoja una meta lejana y difícil de conseguir. Dice el cardenal que el mayor rechazo, a veces virulento, al proceso sinodal se da entre los sacerdotes más jóvenes, que combaten abiertamente el desafío sinodal. ¿Sorprendente? La verdad es que no, pero sí muy preocupante para los que nos gustaría ver esa Iglesia alegre, pobre y profética. En todo caso es una seria invitación a la reflexión y estar alertas.

Parece ser que esa enconada oposición de una buena parte de los jóvenes sacerdotes se basa en el temor de que dar voz al pueblo de Dios, puede llevar a una “democratización” de la Iglesia. No les gusta esa iniciativa profética del Papa Francisco, que invita a la participación de todo el Pueblo de Dios, de todos los bautizados: Papa, obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos, laicas, laicos. Si bien no todo está perdido porque, también según el propio cardenal, este rechazo contrasta con el entusiasmo con que el sínodo ha sido acogido mayoritariamente entre los laicos. Y es que fuera de los laicos no hay salvación para la Iglesia.

Es preocupante que el más rancio clericalismo, arropado en la nostalgia de épocas de triunfante cristiandad, tenga tanto predicamento entre los jóvenes sacerdotes o aspirantes a serlo. Me pregunto qué tipo de jóvenes son esos que perciben como peligro una Iglesia fraterna, horizontal, democrática y ven como amenaza el soplo del Espíritu recogido e impulsado por el Papa Francisco y conectado sólidamente con el sentir de la Iglesia Pueblo de Dios expresado en el Vaticano II.

¿De qué comunidades eclesiales proceden? ¿Con qué Jesucristo se han encontrado y qué formación cristiana han recibido? ¿Qué buscan? ¿De qué se esconden? ¿A qué aspiran? ¿Cómo hacen para domesticar y “edulcorar” a ese Jesús que era considerado por los escribas y fariseos comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores; ese Jesús que mantuvo enconados enfrentamientos con la casta clerical? ¿Qué se esconde detrás de tantas actitudes remilgadas, de tanto ritualismo, de tantos alzacuellos y tantas puntilla y roquetes y ornamentos litúrgicos en las empalagosas celebraciones, con las manos juntas y a la altura mandada, en las que tiene que quedar muy claro quién es quién, a quién está permitido el acceso al espacio sagrado y dónde debe estar el pueblo y, en especial, las mujeres?

La tentación del “clericalismo”, de señorear sobre los laicos, implica una separación errónea y destructiva del clero, una especie de narcisismo autocomplaciente y sectario. Quizás, estos jóvenes sacerdotes o candidatos al sacerdocio se olvidan de que, como nos dice el Papa Francisco, estamos ungidos por el espíritu y “cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo en lugar de ser ungido, termina siendo grasoso”. Dice Francisco: “¡cuánto mal hacen a la Iglesia los sacerdotes grasosos! Quienes ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades”, los que tienen “una actitud, un lenguaje remilgado”. Y añade el Papa, “cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio, el rígido esquema de la legalidad que cierra la puerta en la cara al hombre”.

En esa Iglesia alegre, pobre y profética que anhelamos, todos somos corresponsables y todos debemos sabernos complementarios en la construcción del Reino. La eclesiología que emana del Vaticano II es la eclesiología de la comunión y de la corresponsabilidad: todos somos Iglesia y todos hacemos la Iglesia, todos somos necesarios y todos hemos de ser activos por coherencia con el compromiso de nuestro bautismo y de nuestra confirmación. Por lo tanto, ni paternalismo/clericalismo por parte de los sacerdotes o religiosas/religiosas, ni inhibición y pasotismo por parte de los fieles.

Ricardo Aguadé