Religión

La solidaridad de Dios

Hablar de Dios nunca ha sido fácil. Claramente, por razones muy diferentes a las de hace unos años. Sumado a la profunda indiferencia, puede que, tal vez, nos hayamos quedado desarmados de lenguaje. ¿Cómo hablar de Dios o lo divino con una realidad como la nuestra? Entre las guerras de siempre y las nuevas, la irracionalidad del drama ecológico, las violencias desatadas ¿Tiene sentido volver a pensar en Dios?

La parábola del juicio final es la excusa de Mateo para hablarnos del Dios en el que creemos las y los cristianos. No se trata tanto de preguntarnos por fechas del juicio final, sino más bien, de preguntarnos en el Dios en el que creemos, nuestra relación con los demás y cómo es que estamos eligiendo vivir.

Por un lado, la parábola deja en claro que Dios se identifica totalmente con quienes sufren. En donde hay dolor, el “Dios con nosotros” de las primeras páginas del evangelio, está ahí. El texto no habla ni de santuarios o de ritos. Tampoco de creencias o religiones, culturas o partidos políticos. Se trata de un Dios que pasa hambre, sed, intemperie, desnudez y soledad.

La clave del juicio no está en lo religioso, sino en hacerle espacio en la vida concreta a los que viven en carencia. En otras palabras, se trata de vivir el amor en parámetros más amplios, ahí dónde lo convencional no llega. Si nos hemos de preguntar ¿Dónde está Dios? Mateo nos recomendaría ir a los lugares dónde ya no hay comida, junto a los que no tienen techo, a los solos de las cárceles. ¿Dónde está Dios? puede traducirse en ¿Dónde está el que sufre?

Esta identificación de Dios con los pobres nos devuelve a nuestra pregunta original. Si las circunstancias difíciles de nuestro mundo nos hacen difícil hablar de Dios, es en esas preguntas cargadas de dolor dónde tenemos que buscarlo. En el sinsentido del hambre, en la tragedia de la soledad, ahí dónde el drama ya no deja espacio ni para las preguntas, el rey del universo se esconde.

Si comprometerse con las y los pobres es comprometerse con Dios, la pobreza y el dolor ya no son simples temas del Evangelio, junto a otros. Como diría Leonardo Boff, las y los pobres pertenecen a su esencia. El Evangelio les pertenece a todas y todos, no pertenece a una clase social, pero solo participa del Reino quien se vincula desde su realidad concreta al llanto y clamor de estas pobrezas; quien asume en su vida el anhelo de una sociedad equitativa y fraterna, y se compromete a concretarlo en rostros y personas.

En medio de tantos muros de sinsentido y de desesperanza, por lo menos a mí, me ilumina la propuesta de Mateo: Un Dios que se hace solidario con todas las pobrezas. Incluso con la mía. ¿Tiene sentido volver a pensar en Dios? Creo que en este Dios sí. Un Dios vulnerable y de los vulnerables que espera el compromiso de mi propia vulnerabilidad. Tal vez de este Dios si se puede volver a hablar. 

 

fr. Ignacio Castro Ortega op