Opinión

La hermana que va en pantalones

En estos meses que llevo en Camerún hay una cosa que es evidente: quiera o no, destaco muchísimo. Sea que la gente lo diga en alto o solo lo piense, soy “la blanca”. Por supuesto no soy la única blanca en la ciudad, en el hospital – de momento – somos 2, y en el barrio…. quizá sea la única, al menos la única que se pasea por las calles de tierra roja hasta sus “profundidades”.

                Este tema tiene bastantes registros. A veces escucho que alguien se refiere a “la blanca” como algo meramente identificativo. Soy blanca, es un dato como otro cualquiera para saber de quién se habla, me describe. Otras veces lo escucho en sentido clasista, quizá de fondo bien intencionado, pero incómodo, cuando alguien intenta cederme el sitio o me dice que no espere porque soy blanca. También lo he escuchado en sentido racista, es verdad que pocas veces, pero me ha llevado a ponerme en los zapatos de muchos africanos que son tratados de manera racista por ser negros. Para los niños también soy “la blanca”, pero dicho desde el humor y con una gran dosis de curiosidad. Cada día, al volver a casa me cruzo con grupos de niños que vuelven del colegio y me miran y se sonríen, hasta que alguno se decide y suelta un bonjour la blanche y cuando les contesto solo se escuchan risas mientras seguimos cada uno nuestro camino.

                En el hospital pasa una cosa curiosa, o al menos a mí me lo parece, quizá porque no estoy acostumbrada. En general, la gente sigue utilizando fórmulas muy “altas, correctas y pomposas” para introducir sus frases, especialmente cuando se dirigen a una hermana. Es una mezcla entre costumbre, respeto, rodeos para decir lo que necesitan, atención a sus jefes…. y ya si se trata de una hermana ¡apaga y vámonos! La lista de títulos y calificativos es bastante larga, por ejemplo: la révérende soeur directrice du Centre Hospitalier……, bonjour a la soeur gestionnaire du Centre…., merci ma révérende grand soeur directrice… en fin, las opciones son de lo más variadas. Entiendo que son fórmulas respetuosas para dirigirte a alguien que tiene – o que consideras que tiene – más “rango” que tú en el trabajo; y esto es algo a lo que no termino de acostumbrarme, pero admito que, desde el más profundo respeto, me hace mucha gracia.

                Afortunadamente, yo en el hospital no tengo ningún título que la gente considere que necesite tanta reverencia…. pero… ¡soy blanca! Y esto aquí tiene gracia, porque identificarme es de lo más sencillo. He intentado que la gente simplemente me llame por mi nombre, pero es algo que les cuesta demasiado trabajo, así que lo dejamos en un ni pa’ ti ni pa’ mi y la mayoría me dice ma soeur Mónica, y luego se siguen con lo que querían decir. Pero claro, no todo el mundo se sabe mi nombre ¡normal!… y me ha pasado muchas veces escuchar como entre compañeros, muy muy bajito, alguno pregunta ¿cómo se llama la hermana blanca?, a mí me da risa, hago como que no escuché, y cuando me llaman hablamos como si nada.

                Pero hace días escuché como un compañero acudía a otro para preguntarle por mi nombre, pero empezó a dar demasiados rodeos – imagino que para evitar preguntar por la blanca -, y de pronto escucho: ¿cómo se llama la hermana que va en pantalones? Admito que no pude evitar reírme, creo que fue bastante evidente y la risa fue un poco contagiosa. Mi compañero puso primero cara de susto e intentó disculparse, pero luego se rió también, y empezamos a hablar. Yo hice broma del tema muy rápido, a fin de cuentas, no había dicho ninguna cosa rara, todos los días vengo con pantalones, y eso es otro dato descriptivo como el que soy blanca. Es verdad que aquí las hermanas no van nunca con pantalones, al menos no en público, y menos al trabajo; pero yo lo hago con naturalidad y con esa misma naturalidad la gente lo entiende: mis hermanas de comunidad, otras hermanas que trabajan en el hospital, y el resto de compañeros. Mis pantalones no dejan de ser parte de mi personalidad, de mi cultura… y creo que en esa medida lo entienden todos.

                ¡Este momento fue un auténtico rompe hielos! Me enteré que mis pantalones han sido tema de conversación en muchos servicios, han generado debates para confirmar si soy voluntaria o hermana, y que muchos habían querido preguntarme por el tema, pero no se habían atrevido. No sé cómo describir este momento en toda profundidad, fue algo natural, casual, curioso, de tú a tú, normal… Una anécdota que podía haber pasado sin más, pero que ha resultado ser todo un revulsivo. Ha habido claramente un antes y un después de esa pregunta. A partir de ese día he tenido muchas, pero muchas, más “micro conversaciones” de pasillo con compañeros que se detienen a hablar conmigo un momento sobre cualquier cosa, a preguntarme por algo de mí, de mi cultura, de cómo se trabaja en otros lugares, de si me gusta el trabajo en el hospital, si me adapto a la comida, si vi el partido de fútbol, o cualquier otra cosa… Incluso alguno me ha invitado a comer para que pruebe algo que seguramente no he probado aún. Por las mañanas hay más miradas con una cierta complicidad al desearnos mutuamente un buen día de trabajo, y a la salida, siempre alguna anécdota compartida de algo que haya pasado durante el día.

Son cosas como esta, como la referencia a mis pantalones, las que me hacen darle mucho valor a encontrar el equilibrio entre inculturarme y ser yo “con mis cosas”. Me ha dado mucho que pensar, pues de entre todas las cosas a tener en cuenta para intentar integrarme de la mejor manera, sin dejar de ser yo misma, jamás me había planteado que esta tuviera ningún tipo de importancia. Y al final compruebo que es en las pequeñas cosas, en las que haces con naturalidad y respeto, en donde está la clave.

Mónica Marco