Opinión

Donde duerme el agua: Noviembre

Donde se duerme el agua. Así leo que llama un agricultor castellano al hueco en el que queda el agua bajo los surcos, en la huella de las ruedas, bajo el barro que cuaja y se seca, dejando cápsulas donde sigue el agua viva pese a estar atrapada, como en artificiales cuevas minúsculas bajo los senderos, protegida, serena, cuidada, pero encerrada…

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¿Tienes acaso algo que no hayas recibido? ¿No eres lo que otros hicieron de ti? ¿Te diste tú, nombre? ¿Y no eres lo que otros fueron, porque ellos antes que tú lo fueron?

Visitar las sepulturas de quienes antes que nosotros caminaron en esta tierra, de quienes nos dieron la vida y todo lo que somos, la familia, pero también los que antes que nosotros fueron lo que hoy somos nosotros, los hermanos, es salvar la memoria agradecida de quien se sabe parte de una inmensa cadena. Somos parte de una escalera que recorre el tiempo. De una comunidad en la historia. Recibimos una herencia con el encargo de seguir manteniéndola encendida, de agrandarla, de hacerla fructificar. De que brille y prenda y arda hoy y mañana. Somos hoy, quienes fueron ayer en su misión, servicio, trabajo y encargo. Somos parte de la vocación de otros. Recordarlos, honrarlos, visitar el lugar donde reposan sus restos, es también hacer un ejercicio de identidad humilde, reconocida y agradecida. Somos porque otros fueron. Somos quienes otros nos hicieron ser.

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San Carlos Borromeo, modelo de obispo de Trento y patrón de la Dinastía Carlista. Quizás antes era más claro saber cuál era el papel del sacerdote y del clero en la sociedad. O quizás no, y en medio de los que nada veían o que seguían los dictámenes del mundo, salían visionarios inspirados y radicales -de raíz- que miraban más allá de lo que veían alrededor, más allá de lo que les rodeaba. Y miraban para descubrir cómo estar, qué hacer, cuál era su papel, cómo responder al mundo y sus necesidades. Sacándolo adelante frente a todo y frente a todos. Algo así hay en muchas figuras de santos de nuestra historia. Algo así hubo en Benito, en Bruno, en Francisco, en Domingo. Y desde luego en San Carlos Borromeo.

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A veces arrecia el frío de la soledad.

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Llovizna y no se me ocurre un tono mejor en el ambiente -gris, húmedo, plomizo- para lo que hemos venido a hacer la familia a este camposanto. Estamos en Paracuellos del Jarama y ahí, en ese descampado, bajo esa tierra, con miles más de cuerpos asesinados, están los restos del tío Javier, tío de mi padre. Ingeniero de profesión y carlista de compromiso, fue detenido en los días de julio que siguieron al alzamiento militar de 1936, casi por casualidad, pues estaba en Madrid con gestiones varias. Fue denunciado por católico y durante tres meses trasladado de cárcel en cárcel y de checa en checa, siguiéndole los pasos desde fuera su mujer, la tía Lola, tratando de buscar ayuda para sacarle. Hasta el 26 de noviembre de 1936. Fue sacado y paseado, asesinado junto a miles más durante todo aquel mes. Al acudir aquella mañana la tía Lola a preguntar por él a la checa de Porlier, solo le dijeron que ya no necesitaba preguntar más y que no regresara. Nos hemos juntado la familia, sus sobrinos y sus sobrinos nietos, para colocar una pequeña placa con su nombre en una de las innumerables cruces blancas que casi parece brotan de la tierra. Lo mataron, como a todos los que allí descansan sus restos, por su condición peligrosa para el movimiento izquierdista y revolucionario de la república, pues eran creyentes, patriotas, o gente de orden. Inocentes creyentes que pensaban distinto o creían, sin más. Esta memoria es también memoria histórica, y no la pueden borrar ni hurtar, por eso la familia ha decidido dejar constancia externa de una historia y un recuerdo que siempre nos ha acompañado privadamente. Rezamos por él, le rezamos a él, le recordamos, y con ello nos recordamos también a nosotros mismos. Recordamos juntos quiénes somos y de dónde venimos, lo que ha sido importante para ser quienes somos, lo que nos ha hecho ser lo que somos.

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Uno de los más claros lugares donde se ve la tendencia actual generalizada a la huida, es en el metro. Huimos de nuestra vida ordinaria y cotidiana, de la rutina que tantas veces asfixia, de horarios incómodos, de trabajos que poco nos desarrollan y por los que poco nos pagan, pensando siempre que en cualquier otro lugar estaríamos mejor. Y lo hacemos pegándonos a las pantallas. Huimos de un aquí y un ahora hacia lugares y personas más cómodas, hacia días de amigos o amores, hacia sueños de otras vidas, en otros sitios, con otras gentes. Las pantallas ante las que inclinamos la cerviz nos hacen creer que a través de esa ventana salimos de lo que nos rodea para ir con quien nos gustaría estar, donde nos gustaría estar. Pero no funciona así. La huida es siempre el peor remedio a la insatisfacción o la desazón, porque siempre nos llevamos con nosotros aquello de lo que huimos. Y no funciona así además porque es una falsa huida que nos ata aún más al asiento del metro. Cada vez más inclinados, más agachados, más absorbidos por la luz que emana de las pantallas, con la falsa creencia inducida de que por esa ventana nos alejamos de donde estamos. Lo cual, por paradoja y arte de birlibirloque, nos hace no levantarnos para realmente salir de la insatisfacción y la desazón. Y, ay, además, aún más, impidiendonos mirar lo que tenemos realmente en derredor. No alzamos la cabeza para ver que hay más de lo que vemos, que tras vidas cotidianas y ordinarias, rutinas y horarios, trabajos y sueldos, hay mucha más vida de la que nos pareciera a simple vista. O que si realmente este mundo no funciona, deberíamos saltárnoslo. Como decía el poeta, deberíamos ser conservadores en lo que podemos, pues aún está al alcance de la mano, y reaccionarios en lo que no nos dejaron más remedio que volver a recuperarlo. Y eso también en la vida de cada uno. Conserva lo bueno, reacciona contra lo malo. Pero hay que levantar la cabeza y dejar de inclinar la cerviz ante las pantallas.

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Hay una serie de objetos cotidianos que esconden en sí mismos revelaciones de sentido. Trastos, cosas, chismes que aparentemente no son más que lo que vemos -un paraguas, una navaja, un sombrero, un bastón, un abrebotellas, un cuaderno, una rebeca- y que sin embargo recogen una densidad de sentido en ellos mismos como portadores de experiencias privilegiadas. Son evocaciones particulares, personales, pero que proyectan la memoria de lo que vivieron o hicieron vivir hasta ser caminos de significado mayor que ellos mismos. Claves de interpretación de sentido, portadores de horizontes de comprensión de la vida de uno y de cuanto nos rodea. Quizás el salto es arriesgado, pero me parece que al igual que sucede con objetos particulares, existen también algunos trastos, chismes, cosas, que son capaces de ser portadores de comprensión y de sentido más allá de la experiencia personal, para convertirse en vehículos de sentido colectivo, culturales diríamos, compartidos en su significado, contenedores de respuestas y de horizontes de entendimiento común que dan luz compartida a las sociedades. La lista puede ser más o menos larga, pero creo que compartida, al menos en esta Europa nuestra, en unos cuantos objetos. La imagen del libro como portador de sabiduría y conocimiento. De la espada como sentido de honor, de valor, de fortaleza. Los cubiertos de una mesa, la servilleta de tela, una copa de cristal, un paraguas, como signos de civilización. El vino como diálogo y encuentro y afecto y familiaridad. Sumen aquí ustedes cuanto quieran.

Todo esto me viene al pensamiento en medio de una conversación sobre los objetos religiosos -un hábito, un crucifijo, un cáliz y un copón, un rosario- y cuándo dejaron de ser significados compartidos de sentido, hasta casi para según y quién, llegar a decir lo contrario de lo que fueron.   

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¿Cómo es posible estas inmensas colas de gente para entrar? ¿Cómo puede disfrutarse de algo entre codazos, voces, turbas y muchedumbres? Sábado tarde de lluvia y viento, y me cruzo en trescientos metros con tres inmensas colas para el Botánico, el Prado y el Palacio de comunicaciones. Estaríamos de enhorabuena, supongo, si lo vemos desde el deseo y las ganas de cultura, de aprender, de gustar y experimentar belleza, de sed de sabiduría, aun entre las más incómodas condiciones meteorológicas. ¿Pero es realmente posible captar algo de eso, rodeado de cientos de personas frente a la Familia de Carlos IV, frente a las Hilanderas, o ante los esbozos de la Sagrada Familia de Gaudí? ¿Es posible vislumbrar entre pandemoniums, el mensaje de los árboles, la luz, las plantas y arbustos y flores como voces de más? Lo de la masificación de la cultura da que pensar. ¿Es otro tipo de consumo a la búsqueda de la fotografía o el mensaje de haber estado ahí, otra trampa contemporánea de pasar por los sitios sin que estos pasen por uno, como el turismo y el viaje de masas? ¿O se puede de éso sacar un bien? ¿Cómo se soportan horas de colas si no es con tenacidad y deseo de más? ¿Es buena una democratización de la belleza aún a costa de la masificación si logra elevar el espíritu? ¿Pero en esas condiciones puede darse la posibilidad de la contemplación?

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A huidas, en este caso hacia adelante, suena lo de acelerar los tiempos. Ni ha llegado el Adviento y ya las calles y comercios, sobre todo comercios, empiezan a intentar crear ambiente de ese pseudo espíritu navideño buenista y bobalicón que se confunde hoy con la Navidad. Alimentan el deseo de experiencias y sueños de huir, tengo para mí, fomentando el no estar aquí y ahora, si no, siempre, en otro momento, más intenso, más especial, y mejor. Y todo con el afán de vender.

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Desde hace años regresa, de cuando en cuando, a mi corazón, el poema de Robert Burns “My heart it’s in the Highlands”, bajo la música de Arvo Part. Lo conocí antes que el cine italiano, por más cargado de sentido que éste esté, lo hiciese popular, y me recuerda que hay memorias y nostalgias -quizás las más encendidas, las que recuerdan lo que nunca fue- que, siendo quizás huidas, son sin duda también horizontes. Con un adviento cerca, donde esperamos la Parusía, yo quiero soñar con que aquello será algo como lo que Robert Burns, como lo que Arvo Part, como lo que yo mismo, soñó, sueña y soñaré. Unas tierras donde reposa el corazón, donde uno busca al ciervo o el jabalí en la foresta, tierras que siempre están dentro de uno, a las que uno pertenece. Allá, en el Norte último de donde venimos, donde caminar y perderse sin perderse, donde las montañas cubiertas de nieve señalan a la vez al cielo y a la tierra, con valles verdes y bosques y torrentes de aguas cantarinas, frías y cristalinas. Tierras Altas que apuntan a alturas más allá de la tierra. Tierras que hasta en el Sur cada uno reconoce como propias.

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Que el cuerpo se compone de muchos miembros es una imagen que usó san Pablo para la Iglesia, pero que podría aplicarse a casi cualquier realidad social humana. Por ejemplo las naciones. Y si una de las lecturas de esos miembros es de tipo personal e individual -nadie lo negará- cabe también pensar en un cuerpo hecho de cuerpos, que a su vez los formen los individuos. Somos seres sociales por naturaleza -Aristóteles y el Aquinate y la Escuela de Salamanca nos lo recuerdan- y nuestros vínculos son no sólo como colectivo amplio -nacional- sino también con el colectivo próximo y cercano: los antiguos cuerpos intermedios. Es eso que se vino en llamar el tejido asociativo, es decir, esas conexiones naturales que agrupan a las personas por sus intereses comunes, aficiones, propiedades, convicciones o ideas. Esos cuerpos unidos, son los que forman el cuerpo de la nación. Hay cuerpos asociativos que en el tiempo han ido perdiéndose -los gremios, las hermandades de trabajadores- y otros que da la sensación se mantienen en pie como zombis, vivos por fuera y muertos por dentro -los sindicatos, los partidos políticos-. Los hay desde luego vivos y prácticos y en crecimiento, pero ya se han encargado los cuerpos zombis en anularlos de forma política.  La salud de un cuerpo global se mide por la salud de esos cuerpos intermedios, por eso nuestra España pareciera que tan enferma está, porque los cuerpos que sobreviven, o están enfermos como zombis, o controlados y manipulados por ellos, o anulados.

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Escuchando a Josep Maria Esquirol me reafirmo en que la única filosofía que es capaz de nutrir al ser humano en su alma, su mente y su corazón, es decir, la verdadera filosofía práctica que sirve para que la vida del hombre sea mejor, es la sabiduría que nace de mirar el mundo con asombro y maravilla. Mirarlo como quien lo estrena y desea entenderlo pasándolo por el sentido común de la razón, la cercanía y la realidad de unas pocas convicciones básicas y profundas. Las que nacen de la experiencia concreta del amor. Experiencias propias y también heredadas. Sencillas y reales. Compartidas desde la naturalidad del bien, la belleza y la justicia. Experiencias y básicas convicciones como que tener un hogar es mejor que no tenerlo. Como que recibir un mal es preferible a cometerlo. Como que cuidar es mejor que dañar. O que lo débil necesita protección. Que no todo está permitido, ni todo es bueno ni sano. Que la naturaleza es normativa y que no todo lo que uno piensa o siente o cree, es real. Que todo lo material ha de estar al servicio de los hombres y no al revés. Que somos relaciones -arriba, afuera, adentro- a cuidar. Que lo limpio, lo hermoso, lo bueno, lo justo es muy superior a lo sucio, lo feo, lo malo, lo injusto. El sentido común ordinario, sencillo, inteligente, justo y bueno como la manera de mirar el mundo, pensarlo, profundizarlo y vivirlo en verdad.