Cultura

Encuentros

En el Centro de Espiritualidad de los Jesuitas en Salamanca hay una capilla llamada “del Encuentro”, inspirada en la Tienda del Éxodo. Tiene un diseño que escapa a lo que estamos acostumbrados y que atrae a devotos y curiosos. El verano que estuve allí alojada me asignaron la habitación que se encontraba justo encima de ella. Un día, mientras estudiaba, oí que se abría la puerta a mis espaldas y me encontré con dos mujeres desconocidas. Como todos los pasillos eran prácticamente iguales, habían abierto con decisión, pensando que estaban un piso más abajo. Al interrogarlas con la mirada se apresuraron a explicar: Ay, perdona, creíamos que esta era la capilla del Encuentro. Ante la evidencia de su error, contesté con un poco de humor: Pues como no sea del encuentro conmigo…

Hace poco escuché en una homilía que deberíamos situarnos ante los otros como si estuviéramos frente al Sagrario… ¿Y no es verdad que “el otro es Cristo”? Entonces… no estaba yo tan equivocada equiparando los encuentros.

Pero a veces –o a mí me pasa– el otro no se me parece en nada a Cristo, o su actitud en nada me recuerda a Él. O sencillamente no me sale amarle de forma natural. Traigo bastante lucha con esto. Porque, queriendo responder al mandamiento del amor, me empeño en buscar –como si ahí estuviera la clave– ese “algo” que se le pueda rescatar para autoconvencerme de que se merece que le ame. Y me esfuerzo y me rompo la cabeza por encontrarle ese parecido que le haga ganarse mi simpatía. O hago lo imposible por ignorar o dejar de ver ese rasgo que me saca de quicio. Supongo que esto mismo les pasará también a no pocas personas conmigo. Aquellas señoras que entraron en mi habitación, sin ir más lejos, se fueron decepcionadas porque el encuentro no se parecía en nada a lo que ellas buscaban. Te fuerzas, te vences y te obligas a amar “disimulando” o “a base de puños” hasta que la buena voluntad se te acaba, tienes un mal día y se te ve el plumero.

El otro día estaba leyendo a santa Catalina de Siena y me encontré en varias de sus cartas una idea que ella repite mucho. Y que ni es nueva ni ella se la inventa. Pero supongo que una tiene ciertos pensamientos en la cabeza y eso le hace leer con negrita y subrayado lo que siempre ha estado ahí y en esos momentos se descubre como toda una revelación:

«El amor que yo tengo a mi Creador no puedo mostrárselo a Él porque a Dios no se le puede hacer bien alguno. Hay que hacerlo por medio de la criatura, socorriéndola y proporcionándole el bien que no se puede hacer a Dios. Por eso preguntó Cristo a san Pedro: “Pedro, ¿me amas?”. Él respondió “sí”. Cristo contestó diciendo: “Apacienta mis ovejas”. Con el amor que me tienes no puedes hacerme bien alguno; hazlo pues a tu prójimo».

Me vino a la cabeza la imagen de una rueda de bici. Cada punto de la circunferencia se une con los otros pasando por el centro –eso que llaman buje–. Me imaginé una rueda que, en lugar de tener radios concéntricos, tuviera sencillamente lo que en geometría se conoce como “cuerdas”: “segmentos de recta que une dos puntos de la circunferencia sin pasar por el centro”. Yo no sé mucho de física ni de mecánica, pero está claro –y supongo que por eso todas las ruedas tiene radios concéntricos– que el giro sería muy desigual y torpe. Cada punto de la circunferencia puede soportar y repartir el peso de forma equilibrada gracias a su unión con el centro.

Entonces el amor no es cosa nunca de dos, sino de tres. No estamos solos ni depende solo de nosotros eso de amar: ni de nuestro esfuerzo para amar al que nos cae mal; ni de nuestros méritos para ganarnos el amor del de enfrente. No se trata de afanarse por buscar en el otro el parecido o ese algo por lo que recompensarle. Que lo tendrá, sin duda, pero puede que yo no lo vea. O sí. Eso da igual. El amor que estoy llamada a dar al otro es independiente de que se gane o no mi buena opinión o simpatía; de sus méritos o de lo que a mí me resulte de parecido a Cristo. En el fondo, es un amor ciego. Da igual quién sea el otro. Por eso el Evangelio incluso nos invita a amar a nuestros enemigos. Sería imposible o tendríamos que hacer demasiados malabares. Si solo dependiera de nosotros dos –de mi buena intención y del otro al que tengo que amar–, tendría que autoengañarme constantemente: no somos tan distintos, no es tan insoportable, no me cae tan mal, no me ha hecho tanto daño… Un esfuerzo agotador que no daría como resultado el amor, sino el aparentar, y unas cuantas úlceras si no se tiene cuidado. En cambio, visto como Catalina nos dice… el amor es mucho más libre, sencillo y generoso.

En lo que al otro se refiere como objeto de nuestro amor: hace que dejemos de analizarlo. Y nos lleva a fijar la mirada y el corazón en el centro: Cristo; y, por Él, y con el amor con que Él nos ama, amar a los que él ama. ¿A mis ojos? Pues no se le parece tanto, pero da exactamente igual. Cuando amamos a alguien –Alguien en este caso- amamos a aquellos que ocupan su corazón. Es automático, es un amor por contagio si se quiere, o por recomendación. Y es posible, aunque “nos caigan mal”. ¿Cuántas reconciliaciones tienen un intermediario en común, un amor en común?

En lo que se refiere a la medida de este amor… al ser un amor “por recomendación”, no responde a lo que ese alguien nos parezca que se merece o nos suscite naturalmente. Es un amor sin límites, ni medidas, ni cálculos ni merecimientos. No es una devolución o correspondencia de nada, porque amamos en respuesta al amor que tenemos a Dios. O mejor, es el amor que recibimos de Dios el que dejamos que se desborde en nosotros hacia los demás. La medida ya no es el otro, ni lo que se merezca, sino Dios y el amor que nos tiene y redunda en el otro: «cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Santa Teresita de Lisieux cuenta en sus manuscritos que había una hermana que le era particularmente antipática. Y un día le preguntó, convencida:

¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, qué es lo que la atrae tanto en mí? Siempre que me mira, la veo sonreír.

Y ella añade en su cuaderno: ¡Ay!, lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma… Jesús, que hace dulce hasta lo más amargo… Le respondí que sonreía porque me alegraba verla (por supuesto que no añadí que era bajo un punto de vista espiritual).»

El paréntesis no es mío. Os lo aseguro.

Sor Teresa Cadarso, OP