¿A quién buscas?
¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
Como si el viento entre las ramas de un almendro en flor fuera el eco de los suspiros de amor de un Dios enamorado.
Como si las caricias del sol fuesen dedos de amor que rozan el rostro de su Hijo muerto y resucitado.
Como si la lluvia que cae suave y constante besando la tierra sólo estuviera hecha para ti.
Como la alborada que con su fulgor saca de la oscuridad y del vacío al día y borra las angustias de una noche de llanto e insomnio.
Como el abrazo que las nubes se dan en los cielos inmensos de una tarde de primavera, como el abrazo de los hermanos, de los amigos, como si cada abrazo fuese el único abrazo, el de una madre a su hijo en sus brazos.
Como si la voz que resuena queda, suave, apenas en susurro, en medio del silencio habitado y denso de un coro, en medio del silencio orante que enciende el corazón, fuese un profundo grito de amor.
Como el fuego de unas velas encendidas de un cirio en medio de la noche que sana y borra y cura sangre y miedo y dolor.
Como el agua fresca que limpia y cuida y da a beber y salva de una tarde tórrida cuando el grillo no calla y el suelo reverbera ardiente
Así. Algo así. Todo ello y nada del todo. Así.
No está aquí. Ha resucitado.
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Texto: Fray Vicente Niño Orti, OP.
