De almas, castillos y fortalezas
Voy paseando por los caminos de siempre, los caminos remotos de la infancia donde mi padre nos enseñaba a andar sin tregua y sin fatiga, y hacía de nosotros esforzados senderistas atravesando serrijones, subiendo altozanos, recorriendo todo el término del pueblo de los abuelos. En aquellas caminatas estivales aprendíamos a abrir los ojos a los amplios horizontes que se divisan desde el Valle del Corneja, en la región del Alto Tormes, al fondo la sierra de Gredos.
Hoy, entre berrocales y encinares me dejo llevar sola y en silencio al azar de los caminos, mis pensamientos me transportan a lugares liminares en la geografía y en el espíritu… Bordeando el límite de Ávila me encuentro divagando sobre Las Moradas de Teresa. Y entonces me doy cuenta que en mi alma no hay castillos sino agrestes paisajes, duros y sufridos de trabajos y esfuerzos por estas tierras de mis abuelos. Pero entiendo al mismo tiempo que efectivamente desde muy pronto en aquellos paseos por estos andurriales se fue construyendo en nosotros un espacioso interior lleno de evocaciones que hoy vuelven a iluminarse, arraigadas como están en tantos símbolos místicos que después he ido estudiando: la montaña, el río, el castillo, las norias, las vegas, los puentes…
Es este un lugar propicio para la meditación, para la contemplación: “Tú me levantas, tierra de Castilla, en la rugosa palma de tu mano” dice Unamuno. En efecto, es la vastedad de la luz, la altura de los horizontes al abrir las puertas de la casa de pueblo, desde donde puedo divisar al fondo la Sierra de Gredos, a un lado la Sierra de El Barco, luego el Calvitero de la Sierra de Béjar. Muchas de estas cumbres que hemos hecho también en invierno con la nieve.
Entonces empiezo a comprender cómo se forjó probablemente en mí ese afán de lejanías, o como se abrió esa “herida de trascendencia” de la que habla María Zambrano. Fue sin duda en el despeje de estas mesetas rodeadas de montañas, en las caminatas del verano bajo el sol, detrás de mi padre, que nos ponía en ruta temprano, luego habría por la tarde tiempo de siesta, de baños en el río, o de hacer los deberes en su caso… Era el esfuerzo insoslayable, no poderse negar hasta alcanzar la loma que ese día se había propuesto, donde su corazón se ensanchaba, liberado de las fatigas de la ciudad pues él había sido niño pueblerino.
Pienso en esto mientras de regreso atravieso un parque o una terraza, a la orilla del río o junto a la pared de la ermita y veo niños y adolescentes encorvados y afanados sobre la pequeña pantalla de su dispositivo móvil. Doblados como juncos sedientos, sombríos sobre el deslumbramiento incesante de la pantalla… Me pregunto entonces qué interioridad se estará fraguando en ellos, cómo se apuntalará su alma, cómo hilará su pequeño cerebro tantos estímulos intrascendentes, cómo se va a caligrafiar su viaje por la vida, en este ajetreo digital de enlaces que no conducen a ninguna parte, de “likes” que no expresan ningún asombro. Siento lástima porque no tengan padres ni abuelos que los puedan espolear con la aventura de los caminos que dibujan este hermoso paisaje, donde ellos como ratoncillos de campo se esconden de la luz para conectarse cada uno a su dispositivo.
Trato de discernir las claves de nuestra educación, aquella que se hacía sin mucha preparación intelectual por parte de nuestros mayores iletrados, pero con gran sentido común, generosidad probada para mejorar la vida de la comunidad y mucha paciencia. A los abuelos y a los padres les faltaron tantas cosas que nosotros ya fuimos teniendo poco a poco a medida que nos hicimos mayores. Mas no les faltó la fuerza de voluntad. Algo de lo que hoy no se habla: la fortaleza de ánimo en general, el coraje y la perseverancia. Pues parece ser que los niños necesitan muchas cosas, objetos, distracciones para poder sentirse a gusto y arropados. Pero la frustración, la indolencia y el desánimo les asaltan por doquier y les hacen cada vez más vulnerables. Fortalezas vencidas antes de acabar de construirse.
Por eso quiero evocar hoy con agradecimiento la formación que nos dieron, resaltar que en estos parajes se apuntaló nuestra alma joven, en la resistencia al esfuerzo, en la perseverancia, en la capacidad de caminar sin descanso hasta llegar a la meta, que podía ser un fresco río, un monte o tal vez las ruinas de un castillo, que nos hablan todavía hoy de la pobre Castilla despojada, de donde salieron tantos aventureros, por las geografías del mundo y por las geografías del espíritu.
Vuelvo a Las Moradas de Teresa, a las noches sanjuanistas, a los círculos de la Montaña de Thomas Merton, y tengo la sensación de que cuando me adentré por primera vez en estas lecturas era muy joven, pero el impulso de trascendencia que las guía, ya lo había sentido de niña en estos benditos lugares. Descubro que, sin saberlo, aquellos nuestros mayores poniéndonos a recorrer los caminos, nos enseñaban también a dibujar una especie de geografía del alma. Por ello podemos recorrer castillos interiores, recintos y “claros del bosque” tal vez laberínticos o enigmáticos para otros, quienes pretenden puentes y aventuras impostadas sobre series nada originales. Pues la fuerza de los grandes mitos se encuentra en germen en aquellos pies y aquellos ojos que desnudaron las tardes infinitas de la infancia y la abrieron a la trascendencia, así como canta de nuevo Unamuno:
“Desde Gredos, espalda de Castilla,
rodando Tormes, sobre tu dehesa
pasas bregando el sueño de Teresa,
junto a Alba, la ducal, dormida villa”
Sagrario Rollán
