¡Gracias, Dios!
Tras un ligero parón de reflexiones en la Llama, solo puedo retomar tomando prestado este título y diciendo ¡Gracias, Dios! Lo hago todavía con el regusto de una celebración que, después de tanto esperar y preparar, parece que, aunque ya pasó, no ha terminado de celebrarse.
El sábado pasado, públicamente dije que sí a seguir a Dios formando parte de la Congregación Santo Domingo. Había llegado por fin el día de mi profesión religiosa, y de mejor manera no pudo haberse dado. Fue una celebración preciosa, emotiva, y sobre todo acompañada de mi familia que más quiero. Y es por todo esto por lo que sigo dando tantas gracias.
Por familia me refiero, y así lo siento de corazón, a muchos “grupos” que, aun siendo distintos, son familia – dominicana en su mayoría. Son quienes me han visto nacer, crecer, tomar opciones en la vida, quienes me han acompañado por muchos caminos, sobre todo en el de la fe, y quienes, en definitiva, me han ayudado a configurar quién soy hoy.
En primer lugar, mi “familia – familia”, quienes me han enseñado y animado a soñar y a luchar por lo que quiero. A mi nueva familia de hermanas en la fe, a mis hermanas de congregación, porque cada una contribuye, con estilo propio, en mi andadura aquí, compartiendo misión y vida.
La familia dominicana, que para mí es familia en toda regla, y en este sí ha tenido un papel fundamental. Es tremendamente especial compartir momentos como este con quienes he caminado durante tantos años y con quienes he profundizado en este camino de fe: frailes, amigos de las fraternidades laicales, jóvenes del Movimiento Juvenil Dominicano, amigos misioneros de Selvas Amazónicas (con quienes descubrí que las experiencias de misión te hacen replantearte muchas cosas) y Acción Verapaz, y – aún en la distancia – las monjas, quienes se hacen sentir fuertemente desde sus monasterios. También gracias a amigos de otros ámbitos y la comunidad parroquial de Castell de Ferro, en donde he pasado estos últimos meses.
Al dar volver la vista atrás, al camino recorrido, y comenzar a dar gracias, no puedo dejar de pensar en una de las frases de Teresa Titos Garzón (Fundadora de la Congregación Santo Domingo), quien decía “no lo hice yo sola”. Y creo que en este caso es más que evidente, esto ha sido un camino que he recorrido en familia, y me parece apasionante.
Me parece casi imposible poder expresar en un texto todo lo vivido, la emoción, la alegría y, sobre todo, lo agradecida que estoy. Fue todo muy emocionante y cercano: el momento de la profesión, la entrega de las constituciones y la cruz…. Pero quizá el momento culmen fue cuando, tras la fórmula de profesión, todas las hermanas de la congregación hicieron dos filas por el pasillo de la Iglesia para darme cada una un abrazo, símbolo de acogida en la congregación. Yo caminaba por ese pasillo, y abrazo tras abrazo la emoción hizo que dejara de escuchar el canto del Te deum como acción de gracias. ¡se me siguen poniendo los pelos de punta!
Así que, ante la incapacidad que siento para transmitir todo lo vivido, solo me queda – de momento – decir, ¡Gracias, Dios! por el regalo de la vocación religiosa en clave dominicana.
Mónica Marco, CSD
