Donde duerme el agua: Abril
Leo a Aloma Rodríguez (Puro Glamour, 2023, La Navaja Suiza) por una crítica de un cultural de prensa. Un dietario de una madre de tres peques, escritora, crítico literario, mujer de hoy en día, con ciertos ecos de Ana Iris -menos bucólica, menos política, aragonesa en vez de manchega, aunque con la presencia de los orígenes que van vaciándose como media España- y me da que compartimos generación. Ese extraño afán que tenemos de dejar plasmado lo que vivimos, cotidiano y pequeño -a veces con inmensos fulgores de sentido, a veces con sombras inquietantes de la crueldad cotidiana, otras con las tentaciones de huir de lo que hemos construido-, como buscando rastros en lo diario, en la rutina, de mucho más que intuimos pero no terminamos de ver. Una cierta melancolía de la cuarentena que mira atrás con algo de dulce nostalgia por lo perdido y con mucho de agradecimiento por lo vivido. Con aún sueños y esperanzas de lo porvenir, aun en medio de lo que como país, como sociedad, como cultura nos está cayendo. Y, de nuevo, con un inmenso presente preñado de detalles de sentido. Imagino, quiero imaginar, que como cualquier tiempo, cualquier generación, cualquier realidad que ha sido y será. Y especialmente como madre.
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Triduo santo de Pascua donde la fe se centra, se vive, se celebra, se rememora y se comparte. Una de las mayores preocupaciones de fondo de lo religioso en este siglo XXI es cómo nuestra cultura no encuentra un correlato entre las narraciones de la fe y sus propias vidas. Parece que los hombres y mujeres de nuestro tiempo piensan que nada tiene que decirle a su vida la vida de Jesucristo, su mensaje, muerte y resurrección. Su enseñanza. Se les convierte en mitología ajena a su hoy. Reconozco que para mí es incomprensible. La fuerza de la Palabra, la inmensa significatividad de la entrega, del drama final de la vida terrena de Jesucristo, la hondura del mensaje del cristianismo, la presencia profunda del misterio del Espíritu Divino, la clave cosmológica profunda de sentido, el misterio de la vida vuelta en la Resurrección, son gritos enormes de verdad y sentido para el hombre de hoy tanto como para el de ayer o el de mañana. Y me es sorprendente cómo nuestro tiempo está sordo. Nosotros voceros, mensajeros, heraldos, algo mal estamos haciendo claro está, pero hay también una ofuscada cerrazón de ceguera, sordera y parálisis en el hoy que no quiere ver, oír ni andar.
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Qué milagro de serenidad trae el mar. La cadencia de las olas. El rumor de las piedrecitas de la orilla, la espuma, las aguas que suben y bajan, la reverberación del sol en las piedras, los pasos sobre la arena. La soledad, el viento, el sol que calienta sin quemar. La playa en primavera tiene un sabor especial. No es tiempo para bañarse, demasiado frías las aguas, pero limpias, transparentes y de muchos azules distintos de una belleza preñada de imaginación. Libro. Silla. Sombrilla. Dos días de calma que valen por semanas.
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El milagro de la edad y los años que pasan los celebramos hoy con mi padre. Nueve décadas, rebasadas, de vida de una nación dan para ver mucho, vivir mucho y pensar mucho. Cambios culturales, religiosos, sociales, económicos. De la vida de mis abuelos a la vida de sus nietos con los elementos y horizontes de tan profundo cambio que esta España nuestra ha vivido. Y a nivel familia, tanta vida dada y recibida y regalada y entregada y recogida. Seis hijos. Dos nueras. Nueve nietos. Maestros, ingenieros, economistas, abogados… hasta un religioso. Vida de amor, de trabajo, de fe, de convicciones. Y una viudedad de amor a la espera del reencuentro. Todo eso celebramos.
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Conozco muy poco de Vintila Horia. Rumano, conservador, no muy a buenas con La Guardia de Hierro, calificado de fascista -quién no lo haya sido ya a estas alturas ha perdido cualquier tipo de interés-, represaliado por los alemanes de la segunda guerra mundial y exiliado en la España de Franco donde hizo carrera académica universitaria. Cristiano, hombre espiritual, aunque dicen que con influencia de Guénon, es sobre todo -para mí- el escritor de Dios ha nacido en el exilio, un ficticio diario del poeta Ovidio en su destierro en la Dacia. Lo revisito en estas semanas porque se lo regalo a mi padre. Cuenta esta novela, que fue premio Goncourt francés y escándalo por ese supuesto fascismo de su autor, toda una transformación humana desde la superficialidad del esteta a sueldo, a la hondura del filósofo abierto a la trascendencia, con el telón de fondo de la espera de algo inesperado, que será la Encarnación del Verbo, y que tiene una especie de precursor en la resurrección personal cotidiana del autor del Arte de Amar. Tiene la novela, por momentos, reflejos de la propia biografía de Horia, de su amor a su Rumanía clásica y romana, de la experiencia del exilio, de la denuncia del totalitarismo controlador de las conciencias -como en su tiempo el comunismo- y a la vez un lirismo que supera la historia particular individual con los ecos de la búsqueda, de la derrota, de un nuevo futuro siempre, de la espera, y el amor que es propio de la condición humana. Horia, uno de esos escritores conservadores injustamente olvidados por nuestro hoy, que merece la pena revisitar.
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Ni recuerdo la última vez que había ido a una sala de cine. Me anima la película, Los Tres Mosqueteros (2023, Martin Bourboulon), que sea francesa y no americana, los ecos que las redes lanzaron sobre su calidad, y que es un lunes muy lunes que necesita una muleta. Y ciertamente son un par de horas de entretenimiento sano. Hay alguna concesión woke, pero tan anecdótica que resulta hasta chocante y deja la sospecha si no será hasta un punto de cachondeo como de crítica y sorna. Hay ciertas variaciones con la narración original, pero mínimas, y se agradece la fidelidad en medio de un mundo que rehace y tantas veces deforma las obras en sus adaptaciones. Sí que ciertamente hay poca hondura en los personajes. Algo más pretendida en Athos, sin acabar de lograrlo, pero vaya, Dumas creó un folletín, no una novela psicológica, no es Dostoievski. Tiene una cuidada estética que busca recrear ese comienzo del siglo XVII francés en el que sucede la acción en ropas, ambientes, espacios, muebles y hasta iluminaciones, pero a la vez cuida una imagen bastante contemporánea en los combates -espadas, pistolas, mosquetes- y en detalles estéticos que alguna conexión casi que cyberpunk recuerdan. En fin, que si hace mucho que no han ido al cine, y un lunes les resulta muy lunes, es un buen plan de tarde tonta.
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¿Qué hace que el ser humano pierda su identidad? Toda la ficción, y por desgracia la medicina, nos dicen que perder la memoria, es perder la identidad. Dejar de ser para uno mismo quien eres. Lo serás para otros, que guardan su memoria de tí, pero tú dejas de ser tú. Pierdes quién eres, pierdes tu identidad, pierdes lo que te hace ser tú, si pierdes tu memoria. Me resuena esa idea en este tiempo de Pascua desde la fe. La Memoria, como una de las potencias del alma humana para san Agustín junto con el entendimiento y la voluntad, cobra central presencia en el tiempo pascual. Hacer memoria de Jesucristo (acuérdate de Él, resucitado de entre los muertos), recordar en la etimología de volver a pasar por el corazón, es revivir, volver a vivir, volver a hacer vida de lo sucedido y vivido. Y eso nos hace ser quien somos. La identidad del cristiano está en la Resurrección de Jesucristo como primicia de nuestra resurrección, en la doble dimensión del día de nuestra muerte, y de las muertes de nuestro día a día. La resurrección borra el miedo de que el dolor, el mal o la muerte sean todo nuestro horizonte humano, para sostenernos en la esperanza de la fe que el Dios del Amor no abandona nunca a sus hijos. La resurrección sostiene la verdadera identidad humana que nos hace ser quién somos en realidad, hijos de Dios.
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No hay mes que en estas gotas de agua escondidas bajo el barro del camino cotidiano no venga Enrique García-Máiquez a remojarse. Me lo explico por una doble razón. Una -la más superficial- es la de su prodigalidad creativa: artículos, libros, conferencias, crónicas, presencia en redes de un modo fantástico… tal cantidad de creatividad y de tesón y trabajo que son fuente de inspiración de un lado, y de otro me genera la pregunta de cómo utiliza uno su tiempo. Y, Dos, la más importante, que me parece uno de los escritores, columnistas, poetas, pensadores y creadores de hoy mismo, más interesante y más digno de que no nos perdamos nada suyo, por su sentido común, su bondad, su esperanza y su mirada sobre el mundo cargada de humor, inteligencia y fe. Y si ya digo que no hay mes que no venga por aquí, este Abril lo está por partida doble.
Prima. Asisto, en la Fundación Universitaria Española, a su conferencia, en un ciclo dedicado a GK Chesterton, sobre el Aquinate como influencia, presencia y referencia en la obra del inglés. Y salgo con la alegría en el corazón y la sonrisa en el rostro que ambos genios destilan en su obra. Logra García-Máiquez tocar las raíces profundas del pensamiento de Chesterton y dar a la par una visión bastante completa del espíritu, el ánimo, el fondo, el estilo, la inspiración de santo Tomás, conectandolos a ambos en la alegría y el agradecimiento de estar vivo, de existir, del don de Dios de la vida como el mejor regalo que podría habernos hecho, pese a cualquier mal, dolor, miedo o muerte que tenga esta vida, es decir, conectándolos en la predicación de la Gracia que diríamos los dominicos. Y magnífico en los puntos concomitantes que identifica entre ambos, desde lo más externo -el tamaño- a lo más profundo -la fe- pasando por todo lo intermedio -la alegría, la razón, la bondad, la ingenuidad, un cierto despiste…-.
Secunda. Me llega, tras unas semanas pascuales fuera de Madrid, su último libro, Gracia de Cristo, sobre el humor en los evangelios, editado en Monóculo, la magnífica editorial que Julio Llorente y sus compañeros están construyendo libro a libro con una belleza y calidad extraordinaria en la selección de títulos y autores (Esperanza Ruiz, Alfonso Paredes, David Cerdá, Hughes…). Por lo que llevo por ahora leido es una obra deliciosa. Profunda, vital, esperanzada, ingeniosa, alegre, resucitada y resucitadora, humana y divina, y cargada de gracia en su triple acepción (teologal, humorística y agradecida). Seguiré disfrutando y prometo crítica algo más extensa, pero por ahora -y quizás por la coincidencia con la conferencia- me parece un libro en total sintonía con Chesterton y con el Aquinate, y yendo a su común origen: la palabra, los evangelio, Jesucristo.
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No soy yo de recordar mucho los sueños, pero ha venido esta noche a ellos alguien del ayer, y precisamente lo he recordado -el sueño- porque he soñado ese ayer, alguien, cargado -curioso- de kilos y deformado. Quizás como la propia memoria.
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Necesitamos lluvia, por Dios. Cuenta siempre uno de mis hermanos la anécdota de cómo en unas rogativas por lluvia, hace muchos años, el señor cura párroco del pueblo que pedía, afeaba la conducta de todos ensalzando a un niño: sólo ese pequeño había llevado paraguas a la Iglesia.
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¡Qué precioso día el de San Jorge! ¡Cuántas claves en el día! La caballerosidad de la fe, la lucha contra los dragones, los cuentos y las fábulas como enseñanza moral, el libro, Cervantes, Shakespeare, las patrias chicas del terruño… y Domingo con los Emaús.
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Hoy, mi madre, habría cumplido 87 años.
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Desenterrar a los muertos es una de las mayores vilezas que se pueden cometer. Es el odio y la venganza contra los muertos, con quien no pueden defenderse, y lo peor, escondido bajo la máscara deformada de buenas intenciones, leyes y bondades que sólo esconden revancha, maldad, crueldad, rencor y saña depravada. Así son quienes se atreven a hacer eso. Ni aquellos contra los que dicen luchar hicieron tales ruindades. Toda civilización ha respetado algunas líneas rojas que esta gente se salta por puro afán de poder, de imagen, de campaña. Y contra víctimas, santo cielo, ellos, que tanto se les llena la boca de víctimas. Jose Antonio Primo de Rivera fué una víctima del odio cainita contra la humanidad hace ochenta y siete años. Y hoy vuelven a encenderlo. Ojalá no regresen jamás aquellos tiempos, pero con inhumanidades así parece que buscan prender de nuevo ese fuego que ya les devoró una vez sin pensar que podría volver a hacerlo. Se piense lo que se piense sobre Jose Antonio, y yo tengo más que muy buen concepto de su vida y obra, hay unas líneas rojas de civilización y humanidad que deberían ser compartidas por cualquier persona de bien. Seguramente es que no lo son.
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De “El hombre tranquilo” (John Ford, 1952) sólo puedo decir que es una película completa, redonda, magnífica y casi perfecta. El amabilísimo Iñako Rozas me invita en “La Trinchera” a comentarla, y me dedico antes de nuestra conversación a volverla a ver, tres veces en tres días, y a pensarla de muchos modos. Luego la charla -¡larga, muy larga! pero disfrutona y bien agradable- va por donde quiere, pero nos lleva de un modo u otro por las claves de la película.
Es una magnífica historia de redención y vuelta a la vida de verdad de un hombre que busca tranquilidad y no la encuentra, que huyendo se encuentra a sí mismo porque huía mal, sin afrontar sus propios conflictos. Hablamos del perdón y el amor que necesita el ser humano recibir y darse a sí mismo, teniendo en cuenta que siempre (el ser humano es así), necesitamos las mediaciones -el amor, la mujer, el sacramento, el sacerdocio- para obtenerlo. También del amor puro, verdadero, respetuoso y generoso entregado sin condiciones.
Es desde luego la historia de una mujer que se logra valorar a sí misma, resolver su propia identidad, cuando la aman y la respetan incondicionalmente… pero también que se ama bien a sí misma cuando se hace respetar desde una dignidad profunda y real, sana, fuerte… y que ama también profunda, real, completamente, para que el otro, cuidándolo, resuelva también su propia herida.
Y es sin duda también una historia con un modelo social, la maravilla de Innisfree, una comunidad donde se entremezclan lo humano, lo divino, lo político, la verdad, la tradición, la modernidad y la posmodernidad. Una comunidad con el valor de las sociedades tradicionales de los símbolos cargados de contenido, también del valor del dinero y los apegos a las cosas y lo material.
Hay una sana pluralidad, y hasta anarquía, sin alcalde ni políticos, como el ideal “anarquista” de Tolkien ((Mis opiniones políticas se inclinan más y más hacia el anarquismo entendido filosóficamente, lo cual significa la abolición del control (no hombres barbados armados de bombas), o hacia la monarquía “inconstitucional”. Arrestaría a cualquiera que empleara la palabra Estado en cualquier otro sentido que no fuera el del reino inanimado de Inglaterra y sus habitantes, algo que carece de poder, derechos o mente)) pero que se debate en una evolución, tanto técnica como de pluralismo hasta el punto de acoger el ecumenismo como verdadera referencia de pluralismo… Una comunidad en la que ese pluralismo es posible porque se vive con claves compartidas, obviamente.
Es una historia de celtas irlandeses y su comprensión del mundo más mediterránea que nórdica, más católica que protestante, algo que se ve por ejemplo en la ausencia de moralina puritana, en un humor por momentos irreverente, aunque respetuoso, y con un alegría de vivir que nos hacen desear tener casa en Innisfree.
Habla de muchas cosas que me gustan, las carreras de caballos, la pesca, las flores y la jardinería, el campo, el tabaco y la cerveza, las canciones, los amigos. Y sigue hablando de algunas cosas que son hoy de tanta actualidad como lo han sido siempre: la mujer y su dignidad, valiente e inteligente, lo woke y lo feminista, la masculinidad que hoy llaman tóxica, la moral católica y el puritanismo luterano, el pluralismo válido, el que comparte raíces y lenguajes e historias compartidas.
Es en definitiva una historia de amor, de cómo ama el ser humano. Y además es hermosísima, en planos, fotografía, ambientación -me quedé con ganas de que Estrella Fdez-Martos o Esperanza Ruiz tal vez hubieran podido hablar de la belleza que muestra la ropa, el tweed, las boinas, las faldas de tubo, los gabanes, las gorras, las corbatas, el traje de caza británico…).
En fin. Una de mis películas -quién puede elegir sólamente una- favoritas, sin duda.
