Cultura

Mucho más que un libro

Se acerca el 23 de abril y no me resisto a dedicar una entrada a los proveedores de libros. Y con ese título no me estoy refiriendo a las editoriales y sus distribuidores, sino a todas aquellas personas que a lo largo de nuestras vidas, en el momento oportuno, y con el título y autor menos esperado, nos regalaron, prestaron o recomendaron libros, que fueron más que cultura y entretenimiento. Detrás de cada una de sus páginas nos regalaron un universo en el que seguir soñando; en cada una de sus palabras se transmitía el cariño de quien se acordó de nosotros con ese presente; y en cada idea nunca confesada en voz alta y en ellos expresada, un lugar donde descansar.

Me viene a la memoria agradecida mi hermana mayor. Recuerdo que uno de sus primeros trabajos fue en una campaña de navidad, envolviendo regalos sin parar, con sus recién cumplidos 18… Llegaba muy tarde a casa y a veces me encontraba ya dormida y esperaba al día siguiente. Porque cuando sabía que había tenido algún disgusto, no faltaba su: “Te he traído algo…” Yo desconocía prácticamente todo, pero sabía que se trataría de un libro. Entonces me contaba algo del autor y me situaba en la historia. Y me dejaba a solas con él. Era un libro, pero era mucho más que eso. Me regaló Harry Potter un día que viajábamos en tren a Málaga y le parecían muchas horas para estar sin hacer nada. Me regaló un pasatiempo, y también un mundo en el que seguir siendo niña. Me regaló Crimen y Castigo, de Dostoyevski, y me enseñó que hacer el bien tenía valor en sí mismo, independientemente de quién lo viera o no; lo mismo que hacer el mal me hacía daño, hubiera o no testigos. Me regaló las obras de Jane Austen para que el romanticismo que no teníamos en la vida real encontrara su espacio en los libros; y las novelas de Agatha Christie para que la intriga y el ingenio no desaparecieran… Nuestra ilusión era un libro nuevo y nuestra perdición las librerías. Si estábamos a finales de mes… había que caminar deprisa y sin mirar cuando pasábamos por delante de alguna. El olor a libro era una tentación irresistible.

Las interminables sobremesas en casa eran la ocasión para seleccionar el próximo título que leer. Sus comparaciones entre personajes, escenas y vida real eran una enciclopedia viva de la que nunca dejaba de aprender. Y las discusiones entre las diversas interpretaciones posibles un ejemplo de que nadie posee toda la Verdad.

Me acuerdo de una profesora que nos mandó leer “El hombre en busca de sentido” cuando estaba en bachillerato. Era un trabajo escolar, era un deber, era un libro. Y fue mucho más que todo eso. Fue un descubrimiento y una ventana a la esperanza.

La relación con mi hermano, al que yo seguía en el orden de los hijos, no había sido nunca demasiado estrecha y, sin embargo, en un instante me regaló todo su cariño. Entré en clausura con cuatro cosas y todas sus obras de C.S. Lewis de las que quiso desprenderse en mi despedida. Era mucho más que unos cuántos libros. Era el amor de un hermano y también un lugar para seguir pensando, un espacio donde seguir dialogando y siendo una misma: complicada, inquieta, amante del sentido común y convencida de la compatibilidad entre fe y razón; pero ya no tan sola.

Pienso en mis padres, en una de sus primeras visitas a su hija en el monasterio. Me trajeron “Olvido de sí” de Pablo D’Ors, un autor del que todavía no había oído hablar. Quisieron traerme un detalle, y me dejaron el testimonio de un santo, Charles de Foucauld, que no se conformaba con medias tintas…

Recuerdo a la amiga que me descubrió a Fabrice Hadjadj y, concretamente su “Tenga usted éxito en su muerte”. Y, ¡¿cómo no?! a mis hermanos dominicos. Cuando me escriben porque algún libro les ha hecho acordarse de mi, cuando llegan con un ejemplar entre sus manos y me hacen sentir que soy hermana –y no solo en el hábito y la teoría–; cuando les pregunto algo y me recomiendan tantos títulos que ellos ya han saboreado… Son palabras, libros, y son mucho más que eso. Es amistad, fraternidad y cariño sincero.

¡Y qué contradicción encarnan los libros! Porque es una soledad triste la de no tener a quién aburrirle y contarle el inmenso descubrimiento que ha supuesto en un momento dado un personaje, un autor, una vida, una idea… una palabra que estaba ahí, en lo más escondido, y que alguien logró verbalizar como tú no sabías… Y a la vez, qué consuelo nos aportan que, además de sentirnos amados, nos abren puertas y ventanas insospechadas, nos hacen sentir que no estamos tan locos, que otros –antes y después- se han visto sumergidos en las mismas batallas que no nos atrevemos a confesar. 

En el reducido espacio de nuestra portería en el que despachamos las pastas cuelga un también pequeño cuadro a punto de cruz justo detrás de la puerta. Representa dos manos ancianas y trabajadas, en actitud de oración o súplica. Está detrás de la puerta por donde entran los clientes, así que se trata de una imagen que generalmente nadie aprecia. Un día que no había mucho jaleo atendí a un señor que, al marcharse, miró aquellas manos y me preguntó: ¿conoce su historia? La verdad era que no… y comenzó a contar:

“Se dice que en la ciudad de Nuremberg vivía una familia numerosa y de pocos recursos, el padre trabajaba en las minas para poder mantenerlos lo suficiente, pero dos de los hijos tenían el sueño de ser artistas. La familia no podía mandar a ambos, por lo que lanzarían suertes para determinar quién iría primero a la academia, así, una vez que el ganador terminara sus estudios y vendiera sus obras, regresaría a pagar los estudios del otro hermano. Se rumorea que el ganador fue Durero, y logró cumplir su sueño de ser uno de los grandes pintores de toda la historia. Cuando completó sus estudios regresó a cumplir el acuerdo, sin embargo, se encontró con un hermano que había destrozado sus manos trabajando en las minas. Impotente y agradecido, se dice que pintó esta obra retratando las manos de su hermano y su gran sacrificio”.

No pretendo equipararme a la genialidad de Durero con la pintura. Y, sin embargo, quisiera que esta entrada fuera como aquel “boceto” de esas manos agradeciendo el sacrificio de quienes me han permitido hoy ser quien soy. Y eso incluye una larga lista de autores y obras que me configuraron, me dieron esperanza, ilusión, mundos nuevos y distintos. Formas en las que pensar y expresarme, amar y ser amada. Y detrás de todas ellas… la larga lista de quienes me las regalaron. Así, hoy, mi enorme gracias a quienes a lo largo de mi vida me sumergieron en la lectura. Porque “dime qué lees y te diré quién eres”; pero también, “dime qué me regalas… y me estarás diciendo qué sueñas para mí”.

Sor Teresa Cadarso, OP