Religión

Una historia del 2 de febrero. La Jornada de la Vida Consagrada en la Presentación del Señor.

La consagración viene en su histórico origen religioso, de cómo ciertos bienes -alimentos, animales, objetos, lugares, personas- se separaban para entregarlos a los dioses para su uso y disfrute exclusivo. Consagrándolos, haciéndolos sagrados, de tal modo que sólo las divinidades podían tocarlos y poseerlos.

Se suponía que los dioses los usaban para sus propios fines, a su propia libertad, albedrío y voluntad. Eran de su propiedad y los destinaban a sus planes y proyectos. Por ser especialmente para las divinidades, tales bienes tenían que ser cuidadosamente elegidos, y desde luego conservados y custodiados de la mejor manera posible en limpieza, calidad, mantenimiento y atención.

De la mano de los relatos bíblicos, el Israel antiguo, con la epopeya de Moisés, el Éxodo, las plagas y la huida de Egipto como telón de memoria y fondo, quiso, inspirados por el mismo Dios, que cada primer hijo, cada primogénito, fuera consagrado y presentado al Señor para que fuesen todos suyos.

Se hacía llevándolos al Templo, portando velas, candelas o hachones, pues el fuego siempre ha sido imagen de ofrenda y divinidad, tanto el que prendía y ardía los bienes llevándolos a la dimensión de los dioses con el humo y el aire, como el de los hombres que así descubrían luz y calor, y presentaban sus propias vidas, pequeñas llamas encendidas por la divinidad. Así serían, completamente, el Pueblo de Dios. Nación consagrada. Pueblo Elegido en sus cabezas y dirigentes.

El relato evangélico cumple con la tradición de Israel, pero a su vez lo lleva más allá, pues aquel que ofrecen, es el mismo Dios hecho hombre. El Mesías, el Señor, el Salvador. Simeón. Ana. La paciencia y la espera y la esperanza contra toda esperanza, lo reconocen. Y auguran que esa entrega, ofrenda, presentación y consagración, será tan total que implicará toda su vida por completo.

Y que esa entrega ganará un nuevo pueblo para Dios, donde todos serán consagrados, por medio del bautismo del espíritu y el agua. Pero no se le ahorrará el dolor, y la sangre, y la misma madre sufrirá. Aunque la vida, el sentido, la esperanza, la salvación, será mayor aún y sorprendentemente inesperada que todo dolor.

Y de ahí, sabiendo que todo bautizado es consagrado, la historia descubrió que algunos de ellos, en su corazón, mente y alma, descubrían una llamada a una forma de vida que hiciese aún más expresa, visible, esa consagración, ese hacer sagrado, y servir como bien sólo a Dios, sólo de Dios.

Fray Vicente Niño Orti, OP