Evangelio y política
El Evangelio tiene implicaciones y consecuencias políticas en el más amplio sentido de la palabra: conjunto de actividades asociadas a la toma de decisiones, las relaciones, el gobierno, la participación ciudadana, el control del poder, el bien común y el cuidado de la dignidad humana. Y, además, el Evangelio es partidista, es decir, toma partido y no guarda una aséptica equidistancia: siempre se inclina hacia el lado de los empobrecidos, de los pequeños y desheredados. Jesús no es neutral, no le da lo mismo una cosa que otra. Tiene sus preferencias y tiene un criterio claro: manda vivir y vive todo lo que está a favor del ser humano, de todo ser humano; y de lo que humaniza, de lo que va a favor de la fraternidad y de la filiación. Y Jesús rechaza todo lo que está en contra del ser humano, de lo que deshumaniza, de lo que destruye la fraternidad.
El Evangelio es político y el compromiso político de la Iglesia y de cada bautizado es ineludible, necesario e imprescindible. Somos ciudadanos del Reino, sí; pero también somos ciudadanos de esta tierra, en la que el reinado de Dios ya ha irrumpido con la encarnación de Jesús de Nazaret, el Cristo.
El Evangelio es político porque pide ser concretado en gestos y estructuras de amor y de solidaridad: educación, sanidad, vivienda, trabajo, ocio, cultura, disfrute… para todos y en todos los lugares. El reinado de Dios es la positiva acción por la que Dios transforma la realidad: una historia, una sociedad, un pueblo transformados según la voluntad de Dios.
En estos tiempos de crispación, de incapacidad para el diálogo, de enfrentamientos cainitas, de mezquinos intereses partidistas, de pérdida del sentido ético/político y de auge de los totalitarismos excluyentes, los cristianos podemos y debemos proponer otras formas para cuidar y trabajar por el bien común y la convivencia. Diálogo, perdón, reconciliación, amor político (solidario y comprometido), cuidado mutuo y de la casa común; respeto por el otro, por el diferente que me enriquece y complementa; y, sobre todo, poner en primer lugar al pequeño, al débil, al indefenso, al empobrecido.
Por desgracia en España la Iglesia y muchas instituciones eclesiales, se alinean con una pasmosa naturalidad junto a determinados partidos e ideologías políticas (casi siempre del mismo signo) como si eso fuese “lo que Dios manda”. Y, al mismo tiempo, se está en actitud de colisión permanente frente a posturas alejadas de los ámbitos eclesiales, vistas como algo casi “contra natura” y “demoníaco”, pero con las que podemos compartir valores, inquietudes y objetivos, sin renunciar cada cual a su propia identidad.
¿Acaso la verdad es propiedad exclusiva de unos frente a los otros? ¿No hay que acoger la verdad venga de donde viniere? ¿Actuamos y pensamos desde la libertad de las hijas e hijos de Dios o nos ciegan ideologías que poco tienen que ver con Jesús de Nazaret, aunque siempre han querido apropiárselo? ¿Creamos puentes o levantamos muros?
Creo que como dominicos/as, nuestro estilo y nuestra opción han de ser diferentes. Tenemos ejemplos de sobra nuestra historia (remota y cercana) que testimonian un estilo evangélico-dominicano de “hacer política”, desde la libertad, el sentido crítico y la opción preferencial por los pobres.
Fray Ricardo Aguadé, OP
