Religión

Todo es todo

El pasado 8 de febrero la Iglesia celebraba la memoria de santa Josefina Bakhita y uno de mis contactos puso en su estado de WhatsApp una foto con una frase suya: «Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa». Me impresionó sobremanera y me quedé varios días con ello en la cabeza. Me venía a la mente otra frase de la carta a los Romanos (8, 28) en la que el apóstol afirma: “Sabemos que, a los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” o, según otras traducciones: “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios”. Y entonces me volvía la gran pregunta, la misma de siempre: cuando san Pablo dice “todo”, ¿de verdad es todo?

Responder que sí, pensando en las durísimas circunstancias que a veces se presentan en las vidas de algunas personas… me resultaba un tanto escandaloso, una espiritualización inmisericorde. Pero decir que no, era como pensar que hay recovecos demasiado oscuros, crueles y dolorosos en nuestras historias que permanecen ajenos a la presencia de Dios. Reducir ese “todo” y relativizarlo un poco, era afirmar que quedan acontecimientos, capítulos y heridas en la vida de cada cual que, por ser tan duras, hacen imposible que Él esté presente.

Sin embargo, antes de proseguir debo puntualizar. He pensado muchas veces que concurren en esta afirmación (“Todo contribuye al bien de los que aman a Dios”) dos perspectivas en este caso, sí, enfrentadas. Porque en alguna ocasión esta verdad de fe ha podido instrumentalizarse con frivolidad. Y uno no puede permanecer indiferente o pasivo ante el dolor ajeno, la injusticia y la violencia con la excusa de que la Providencia de Dios saca bienes de los males. La Palabra de Dios no está legitimando el sufrimiento ajeno ¡por muchos beneficios evidentes que de él haya obtenido la víctima! A este respecto, leí hace tiempo en un autor moderno una apreciación que me animo a incluir aquí: «El que deja hacer es como el que hace hacer. Y cuando se deja hacer se comete el mismo crimen; es el mismo crimen; y, por otra parte, y encima, cobardía. Ser cómplice es peor que ser autor, infinitamente peor. (…) Cristo no dijo: “al que abofetee a tu prójimo en la mejilla derecha déjalo que le abofetee también la otra”. Habla de las mejillas de usted. Y le ordena dicha actitud con vistas a la salvación del otro. De eso se sigue una doble medida de paciencia según el golpe vaya dirigido contra usted o contra su prójimo» (Fabrice Hadjadj, Tenga usted éxito en su muerte).

Así que, si bien es preciso reafirmar que la fe cristiana no puede, en ningún caso, justificar el sufrimiento ajeno, sí que está llamada a iluminar y dar sentido al propio dolor. Y no solo está llamada a eso, sino que esa es precisamente la experiencia de fe más radical. No solo podemos –creo yo–. No es una posibilidad más entre tantas. En ello está la fuerza, el realismo, la concreción de nuestra fe. Si el amor de Dios no tiene poder para iluminar los capítulos más dolosos de nuestra vida… ¿Qué sentido tiene nuestra fe?

Eso sí: es una experiencia personal e intransferible, que nadie puede imponer al ritmo de “te lo tragas pacientemente que algún bien recibirás”; y al mismo tiempo tiene tanta o más fuerza que los golpes recibidos. Nadie puede imponérnosla y nadie puede cuestionarla cuando llegamos a reconocer ¡porque lo experimentamos! que todo en nuestras vidas ha sido Gracia. Y todo es todo. Nadie tiene el derecho a dudar de esa certeza en el corazón creyente que ha encontrado en la noche del dolor al Amado de su alma. Me di cuenta que era una verdad de esas que solo se puede decir en primera persona. Y que cuando sucede, queda escrita con tinta indeleble.

Hace un par de años me leí la biografía de Bakhita que publicó la editorial Sígueme (escrita por Veronique Olmi). Debo reconocer que fueron varias las veces que tuve que interrumpir su lectura por la dureza que en aquellas páginas se narraba. Cuando el otro día leí esa frase suya, algo dentro de mí se estremeció volviendo a recordar las torturas por las que hicieron pasar a aquella niña nacida para ser libre, hecha esclava a la fuerza, y convertida en religiosa por vocación. Aquello no era una frase hecha; mucho menos una confesión barata. A los ojos del mundo es un escándalo, una locura, un sinsentido. Y quizá alguno piense que es una manera de digerir lo vivido, una forma de consolarse, contándose la historia a su gusto. Sólo quien lo ha experimentado, sabe que la afirmación de Bakhita es una experiencia de fe que no se consigue a base de muchos razonamientos, sino que sucede gratuitamente en el corazón de quien se descubre infinitamente amado en medio de las circunstancias más dolorosas de su vida.

«La perla es espléndida y preciosa. Nace del dolor. Nace cuando una ostra es herida. Cuando un cuerpo extraño -una impureza, un granito de arena- penetra en su interior y la inhabita, la concha comienza a producir una sustancia (la madreperla) con la cual lo recubre para proteger el propio cuerpo indefenso. Al final se habrá formado una hermosa perla, brillante y preciosa. Si no es herida, la ostra no podrá producir perlas, porque la perla es una herida cicatrizada». (Paolo Scquizzato, Elogio de la vida imperfecta. El camino de la fragilidad)

Así que, sí, concluí que aquel “todo” de san Pablo tenía que significar realmente todo, aunque me asustara esa radicalidad. Pero con esto no estoy diciendo que crea que vamos a tener todas las respuestas para cada capítulo de nuestras vidas. Sino que creo que Dios sí las tiene. Tampoco creo que signifique que siempre y a cada momento vayamos a sentir que Dios está con nosotros –¡hasta Jesús gritó desde la cruz: ¿por qué me has abandonado?! -. Pero, incluso en su aparente ausencia, permanecerá en nuestro interior una certeza de su amor más allá del sentimiento. Porque cuando uno descubre su Amor como lo más valioso en esta vida, y reconoce que aquel Encuentro se dio en medio del dolor… no es que sea masoquista y quiera sufrir. Es, simplemente, que no lo cambiaría por nada.

Sor Teresa Cadarso