Religión

Si yo te contara…

Con inmensa alegría hemos recibido la noticia de la próxima canonización de nuestro querido beato Pier Giorgio Frassati. Uno de los ejemplos de santidad que conocí al ingresar en la Orden de Predicadores y cuyo estilo dejó profunda huella en mí. Quizá me sentí motivada porque compartíamos juventud cuando lo descubrí; es posible que me impresionara su actitud valiente y hasta atrevida cuando me enteré que, al profesar como laico dominico, había elegido el nombre de Jerónimo –en honor al dominico Savonarola, quemado vivo por su denuncia incómoda−. Pero creo que, sobre todo, se me quedó grabado que «el día del funeral, una multitud de miles de pobres, aquellos por los que tanto había trabajado, acudió desde todos los rincones de Turín, demostrando la grandeza oculta de Pier Giorgio». Recuerdo que, al conocer ese dato del joven Frassati, me pregunté quién acudiría a mi funeral y si mi muerte revelaría el ejercicio de una caridad oculta y heroica o, por el contrario, sería el final de una existencia egoísta y circunscrita a mi ombligo.

El beato y próximo santo, Giorgio, brilla con la luz de Cristo en un tiempo y en una sociedad en la que todo es o debe ser público, incluida la caridad. A veces me pregunto si la debida –y razonable− exigencia de transparencia que hoy se impone no sacrifica una parte genuina del ejercicio del amor. Si la exposición, el escrutinio y el detalle a los que se someten los actos de generosidad en este tiempo no corren el riesgo de adulterar lo más auténtico de la grandeza humana. Me interroga el papel al que han quedado relegadas aquellas palabras del Señor en el Evangelio: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt 6, 3). Y cuando recibo el reproche de que las monjas de clausura deberíamos evolucionar porque no prestamos servicio a los pobres, una parte de mí se pregunta hasta qué punto debo intentar responder –dar luz− o, por el contrario, poner en manos de Dios el juicio sobre el sentido de nuestra entrega: Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno (Mt 5, 37).

Hacía mucho tiempo que esperaba la canonización de Pier Giorgio. Su ejemplo, como ahora la Iglesia reconoce, me parecía especialmente oportuno en un tiempo en que se ha perdido el valor de lo que no se publica. Lo oculto, lo escondido –Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios, son palabras de san Pablo (Col 3, 3) − se considera sinónimo de sospechoso. En el mejor de los casos, es despreciado por falta de interés. Si no lo puedo desgravar, no me renta. Si no lo puedo publicar, no le encuentro el sentido.

Pensando en estas cosas, y en que la Navidad es el tiempo por excelencia del amor escondido −¿no trabajan en la clandestinidad los Reyes Magos? ¿No celebramos a un Dios que se esconde en un Niño para que no nos asustemos ni nos sintamos humillados con su presencia? −, me di cuenta que había aun un aspecto menos considerado y tanto o más valioso que el de la discreción a la hora de entregarnos activamente por los demás. Me venía a la cabeza, versionando la cita evangélica, que con menor frecuencia se habla de lo heroico que es aquello de: que no sepa tu mano derecha lo que no hace tu izquierda. Hablo de todo lo que incluye el amor de forma pasiva y que también forma parte de esa grandeza oculta del ser humano. Además de todo lo que se puede hacer por los demás y conviene no airear, pienso en todo aquello que se puede soportar por amor y es preciso callar. Pienso en la humillación que no se devuelve, en el defecto que se tolera, en la mala educación que a veces se ignora, en el error que se subsana discretamente, en el desprecio que toca pasar por alto, en el cansancio que hay que sobrellevar y la incomprensión que hay que padecer, sin hacerlo público ni echarlo en cara. Todo aquello que nuestra débil condición quisiera que, al menos, fuera reconocido, y que se nos escapa detrás de cada “Si tú supieras”; “Si yo te contara”, “Ya lo dije yo”, “No tienes ni idea…”. Frases que se nos escapan sin aportar, construir ni cambiar nada –porque no pueden− pero que quisieran recibir, al menos, una confirmación. Detrás de cada una de ellas se nos cuela la búsqueda de una mínima recompensa por nuestro amor sacrificado: que al menos se sepa lo que trago. No lo hacemos conscientemente, pero, de alguna manera, es como si dijéramos: no te devuelvo la ofensa, pero que se vea lo bueno que soy. 

Y con todos estos pensamientos venía a mi mente la ideal del sigilo sacramental que todo confesor debe guardar. Y me preguntaba si la caridad no tendría a su vez un sigilo sacramental que respetar. No fueron pocas ni pequeñas las consecuencias que Frassati sufrió por su amor hacia los pobres sin un solo reclamo por su parte. Su caridad conllevó sacrificios que Pier Giorgio jamás echó en cara. Sus padres le daban el dinero justo para sus gastos, para que no lo “desperdiciara” entre los mendigos, y él volvía caminando a casa para entregar el dinero del tranvía a los necesitados. Se contagió de poliomielitis en una de sus visitas a los pobres y entregó su vida discretamente, mientras su familia ignoraba su enfermedad. Ante la incomprensión y los juicios, nadie escuchó que saliera de sus labios un solo y amargo “si yo te contara…”.

Porque Pier Giorgio Frassati, el hombre de las bienaventuranzas, como lo llamó Juan Pablo II, no buscaba en esta tierra su recompensa ni el reconocimiento de su heroicidad. Gustaba de ser discreto y amar de forma anónima, porque anhelaba recibir su auténtica paga: así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6, 4).

En su funeral, impresionado por la masiva asistencia de los “sin techo” con los que Giorgio había compartido su vida y todo lo suyo, cuentan que su padre murmuró: «No conozco a mi hijo». Quizá estamos en una época en la que ya no hay tanta posibilidad de sorpresas. O eso nos creemos. Pero ojalá que las que diéramos fueran de este tipo.

Sor Teresa Cadarso, OP