Cultura

Decir despacio lo indecible: fray Emilio Rodríguez

Detrás de las palabras:  memoria y olvido. Nunca pudo ser tan acertada una pregunta como aquella que preguntara por el silencio (1978).

Así en silencio,  un silencio hondo, recogido,  reverente, a la zaga de su huella que va tejiendo -remotísima- aquellas primeras intuiciones entre las nieblas del norte asturiano, aquel volver hacia atrás hasta la cuna de la piedra, donde los veneros de la infancia; así se ha construído en apenas dos años,  desde su fallecimiento, este magnífico libro que recoge la obra casi completa de fray Emilio Rodríguez . Entre incunables en la biblioteca histórica de los dominicos de Salamanca, gracias al tesón y  amoroso empeño del padre Bernardo Fueyo. Así se ha construído,  entre el oro secular de los claustros que ampararon otro tiempo nuestra juventud, cuando Emilio inventara los Papeles del Martes para encauzar nuestro precipitado afán por decir despacio lo indecible. Todo lo que Emilio fue recogiendo en su celda, en sus paseos por el claustro salmantino y en sus extravíos por la sierra de Guadarrama, en sus caminatas cada verano por el bosque encantado de Montesclaros,  todo aquello: lo que fuera publicado,  a veces en edición no venal, y también lo inédito, escondido entre el polvo viejo y el cuidado  atento de carpetillas casi olvidadas,  ve hoy la luz, bien cosido y primorosamente encuadernado en dos  preciosos volúmenes. Un cofre para la historia de los hijos de Santo Domingo en el horizonte, tan propio de su espiritualidad, de una pastoral de la Belleza. Mas de mil  quinientas páginas de poesía, entreveradas de fotografías memorables, como la que tiene con su maestra de las primeras letras cuando lo visitó en la Peña de Francia, o de dibujos a modo de pequeños capiteles románicos;  juegos oníricos, manos y ojos surrealistas, sobre todo ojos: el estupor que cantara hace diez años en la Hoguera en la mirada (2013),  el pasmo de las anunciaciones  de Fray Angélico en las ciudades levitantes de Absorta luz(2002)

Repasando estos versos,  a cuyo engendramiento y parto tuve el honor de asistir tantas veces a lo largo de más de cuarenta años, se me abre entre las manos  al azar esta joya, cual plegaria de primavera incipiente:

“Mañana es esta flor

que no conozco,

que me lava las manos

y se enciende.

Ahora es tan después como esa lluvia

que guardo en la carpeta

y me consuela”

(Vol 1, p.235)

Así es el consuelo del decir despacio: pan repartido,  flor de cumbre,  monte de invierno, celebración misteriosa de la vida, porque detrás de las palabras, lo indecible.  Herida de trascendencia que se me agolpa como un río en esta lectura mía de ahora tan restrospectiva, o caminos  por hollar en el trasfondo de estos versos, que sin duda se han cuajado a lo largo de tantos amaneceres y crepúsculos cadenciados por la liturgia de las horas. Porque Emilio fue un fraile dominico, y como tal se ejercitó en los latines y los salmos que acompañaron su formación hasta  insertarse en las juntas de su propia voz, en el aliento de sus huesos, como la promesa de Ezequiel, florecidos en su vena poética originalísima.  De modo que los versos vulnerados al modo  del ciervo sanjuanista consagran la herida, que se abre y rezuma en cada libro, como el costado santo: agua y sangre luminosa,  para lavarnos de la escoria de caminos transitados y  así nos redimen de un decir insustancial, remitiéndonos una y otra vez al silencio de la pregunta primera, o alargando la víspera de la muerte (de su muerte)  en la Dimensión del alarido (póstumo, 2021)

Detrás de las palabras, en efecto, lo indecible, decir despacio, casi musitando la plegaria callada, la letanía del rosario,  los salmos de las horas más tempranas, cuando todavía no ha amanecido:

“Presiento que de ti

nacen los rios

y crecen las palabras

con tu hálito.

Y cuando suene el cuerno

de la noche

desbordarán las sábanas

su lino

para volvernos niños

o encendernos”

 (Vol 2, p. 198)

¿No es esta, acaso, la apuesta de Nicodemo, aquella paradoja de volver a nacer siendo viejo?

Como ha señalado varias veces el padre Bernardo Fueyo en nuestras conversaciones, preparando la compilación, mientras yo misma escribía el estudio introductorio,  era este un libro necesario. Y para muchos, que fuimos sembrados por las  palabras de Emilio, un duelo sereno al fin cumplido. Memoria agradecida de una predicación constante en  el  cultivo de Jardines recortables (1994), de Horas menores (1989), en hileras  vivas  de versos Como árboles que andan(1983) en la altura elegíaca de La cantata de Galmaz (1995), o en la retirada humilde y presentida de Mar que huye (2010)

Valgan estas líneas al calor de la llama que habitara sus versos, en  homenaje de reconocimiento , pues

Hay palabras

que nunca fueron nuestras,

que jamás

habíamos pensado tocar

con nuestro labios

(Vol 1, p, 177)

Y, sin embargo,  nos siguen invitando a decir despacio lo indecible.

San Esteban Editorial publica la rica y extensa producción poética del dominico Fr. Emilio Rodríguez

CON LA HUMILDAD DE LOS GERANIOS. FRAY EMILIO RODRÍGUEZ O.P.

Sagrario Rollán