Adviento con Thomas Merton
Se va acercando la Navidad y nos damos cuenta, «que no había sitio en la posada» (Lc 2,7), que el tiempo de la celebración, de la gran alegría y la paz que irrumpen sobre el mundo sórdido y abotargado de ajetreo jaranero y mercantil es el tiempo del fin, porque se anuncia desde la hondonada de los siglos, en abisal silencio, a un mundo que no puede creer en la paz, un mundo de sospecha, odio y desconfianza, así se expresa Thomas Merton en Incursiones en lo indecible, 1968; ahora como entonces, para más información abran las noticias…
No había, ni hay, sitio en la posada, porque está atestada de censos, registros, índices de audiencia, mercados de valores y mercadillos temblorosos, que ponen al resguardo del frío y de la nieve campanillas y frusilerías, mientras atraen como señuelo el gusto y el gasto de una navidad que ha perdido en gran medida su valor sagrado. Como mucho guarda con cierta nostalgia el sabor agridulce de una fiesta infantil.
Merton nos explica cómo el tiempo del fin es el tiempo de la multitud, del «rugido indefinido», de la inquietud de «las masas turbulentas». Pero el anuncio del principio, la Buena Nueva de la natalidad que inaugura otro mundo, la Gran Alegría incipiente en el llanto de un niño, solo se deja oír fuera de la posada atestada, al margen de la ciudad enardecida, en las periferias, lejos de los faros que alardean prepotentes mientras desdibujan las interminables rutas de refugiados, en las fronteras descosidas de Europa, en las heridas ahogadas en el Mediterráneo, en los desembarcos de hombres y mujeres y, sobre todo niños, atenazados por el frío, amenazados de expulsión.
Y resulta que el relato de la Navidad deja de ser un bonito cuento, para, en dramático contrapunto, cobrar un sentido deslumbrante: La falta de hospedaje, el nacimiento a la intemperie, el calor de los animales, la matanza de los inocentes, las amenazas del rey, el intento de soborno a los sabios para que cambien de ruta, el desasosiego de un padre que entre sueños decide huir con su familia… “Todo lo que ha de ser juzgado se anuncia y se presenta por su siniestra pretensión arrogante de poder absoluto». Mas el anuncio no puede ser oído, porque no hay sitio (en la posada) para la soledad, la calma, la atención y la conciencia de nuestra situación.
Es la reflexión de Merton una invitación pues, en este tiempo de Adviento, a dejar la posada atestada, a apartarse en el silencio de la noche estrellada, del frío y de la nieve, de las dudas y los miedos para abrirse a la escucha silenciosa de la Gran Alegría. Así reza él en su Libro de las horas:
Enséñame cómo se va a ese país que está más allá de toda palabra y de todo nombre. Enséñame a orar a este lado de la frontera, aquí donde se encuentran estos bosques. Necesito que tú me guíes. Necesito que tú muevas mi corazón.
Porque no sabemos orar ni esperar como conviene, es el Espíritu el que nos conduce hacia la conversión que nos propone la pedagogía del Adviento en este mundo de seguridades ficticias. Porque de otro modo, insiste Merton:
¿Quién se atrevería a ir sin nombre en un universo tan seguro? A decir verdad, sólo los sin nombre tienen su hogar en él. Ellos llevan consigo en el centro de ninguna parte la flor no nacida de nada: éste es el árbol del paraíso. Tiene que pasar desapercibido hasta que las palabras terminen y los argumentos guarden silencio.
Sagrario Rollán
