La noche oscura, un camino de Adviento con san Juan de la Cruz
La espera dice de nosotros y nos sitúa en el tiempo fugaz y en el cuerpo mortal con su desgaste y sus fatigas, que lo fueron y muchas para nuestro gran místico. Mas la esperanza nos proyecta, la memoria también, esperanza y deseo nos hacen reconocernos en el tiempo que a veces nos encadena, nos precipita, nos inquieta, nos estira o nos angustia. Esperanza y deseo, memoria y olvido, hermosos temas de la noche sanjuanista, para decir la trascendencia; así la espera incardinada en nuestro ser en el tiempo nos pone a prueba, de ahí la virtud de la paciencia.
Me gusta pensar que el Adviento, como tiempo litúrgico, es una especie de cura o restauración de la espera, una invitación a construirnos por dentro en la memoria de Dios, a dejarnos espaciar y vaciar por Él, a ensanchar y dilatar hasta su infinita cabida los oscuros espacios interiores de nuestro corazón. El Adviento nos llama a la esperanza de su gloria, más allá de frustraciones, culpas, obstáculos en nuestra biografía personal o conflictos en la historia.
Porque es bueno, como decía Saint Exupéry que el tiempo sea una construcción. Acabando el año natural, el Adviento abre puertas a un tiempo nuevo, mesiánico, de redención. La encarnación de Dios en la historia humana es promesa de nacimiento, contra nuestra pertinaz extrañeza y nuestras resistencias, como Nicodemo, siempre podemos volver a nacer.
Llamamos aquí noche a la privación del gusto en el apetito de todas las cosas, porque así como la noche no es otra cosa sino privación de la luz (… ) así también se puede decir la mortificación del apetito noche para el alma… (1Subida 3, 1)
La obra de san Juan de la Cruz, viajero de lo inefable, es la de un alma en espera, en oscuridad y desasosiego. El símbolo de la noche oscura es un símbolo místico, pero es primero una metáfora existencial. Aun para los no-místicos, la noche dice bien esa trayectoria por la vida de todos y cada uno, aunque a veces no seamos conscientes, la andadura del homo viator. La noche de san Juan de la Cruz nos habla, al igual que el Adviento, de dimensionar espera y esperanza hacia la hondura en la que somos y existimos, desde la inmediatez precipitada y ansiosa en la que vivimos.
San Juan de la Cruz es escueto, esquemático, para él, menos es más, por eso su invitación constante al silencio, sin adornos ni florituras, pero esto no debe asustarnos, al contrario, en su silencio caben todos los silencios, ausencias y balbuceos.
Empecemos por la fonte, en busca de la transparencia original, el camino de la fuente y el camino de la noche confluyen como búsqueda de la imagen y semejanza en la invocación del Cántico.
Recordemos a Isaías que es el profeta del Adviento por excelencia: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él.
Isaías pide la manifestación que san Juan de la Cruz invoca en mitad del Cántico: Oh cristalina fuente, y, del mismo modo que el profeta, pone al cosmos en toda su grandeza creada como horizonte y testigo de la ansiada presencia. Además cuando el profeta señala que ni ojo vio, ni oído oyó, estamos siendo arrastrados en todo su ímpetu de trascendencia por la noche oscura, del no ver, no oír, no sentir, no gustar; vacío insoslayable para restaurar la belleza original de la imagen y semejanza en la que fuimos creados y amados.
Continúa Isaías, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje. San Juan de la Cruz nos propone en los comienzos de la noche la purificación de los apetitos: Así como los vapores oscurecen el aire y no le dejan lucir el sol claro, o como el espejo tomado del paño no puede recibir serenamente en sí el rostro…, Así el alma que de los apetitos está tomada (1Subida, 8,1)
Los apetitos ciegan al alma y la empañan, además de resecarla como el follaje: Secado se ha mi espíritu, porque se olvida de apacentarse en tí (Dichos 38) en esta inquietud, ansiedad y desvarío no queda sino disponerse a velar, atención y escucha: Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, (Marcos 13,33-37) Pero se trata de una vigilancia activa, en atención amorosa.
Luego de la fuente pasamos a transitar la noche, continuando el Adviento, con la invitación a allanar el camino, con la promesa del consuelo, así dice Isaías: Consolad, consolad a mi pueblo… que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale…toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.» Isaías (40,1-5.9-11).
De la misma manera en la propuesta de Subida, el místico nos prepara para una andadura insólita, en la que hay gran dificultad de lenguaje y entendimiento, porque tal vez confundimos a Dios con nuestros ideales de moralidad y virtud, y queremos manejarlo a nuestro antojo. Se trata de un camino en el que hay que corregir planes y rutas equívocas en la vida, incluso religiosa, para entrar en una verdadera conversión, porque en este camino el dejar su camino es entrar en camino (2 Subida 4, 5)
Ya desde el prólogo de Subida, junto con el montecillo de las nadas, se anuncia esta desorientación que invade al principiante, pues habrá quien le diga que vuelve atrás, pues no halla gusto ni consuelo (Subida, prólogo 5), sin embargo igual que en el texto citado de Isaías, la sumisión a esa doctrina va a llevar consigo el consuelo, pues a poco se verá que Dios mismo conduce al alma en sus brazos, como los corderos y las madres en el texto del profeta.
A veces el extravío o el endurecimiento nos impide avanzar, cual niños ignorantes y porfiados, mientras que se trata de saberse dejar llevar de Dios , porque los tiempos de Dios no son los nuestros, y no se nos alcanza la medida de su providencia ni de su infinita misericordia. Invitación, pues, en Adviento, con el místico y el profeta, al consuelo, a evitar la tentación de la amargura, llamada también a la fortaleza de ánimo, que aparece en el texto del mismo Isaías:
Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos:Sed fuertes, no temáis. Finalmente se trata de aceptar el silencio y el vacío que tanto nos angustian, porque con frecuencia se llenan de fantasmas del pasado, de culpas obsesivas, de miedos.
Esa noche, que desde el abismo del silencio y de la fe nos invita a concebir lo inconcebible, se va cuajando en las lecturas del Adviento, con la invocación a la fiesta y a la alegría de lo nuevo. Es Anunciación y Visitación, para quien se ha vaciado, es el canto del magnificat: Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo.
La noche de angustia inicial, de temor y extravío, se torna noche de encuentro de enamorados, cuando el cielo se desposa con la tierra. En el corazón de la noche de la espera brota la luz y la palabra cierta. La vida que parecía acabada se restaura en lo más hondo del desierto:
¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo, y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto y corrientes en la estepa. De nuevo Isaías.
El domingo Gaudete coincide este año con la fiesta de san Juan de la Cruz. Sin embargo miremos a nuestro alrededor: luces y ruido por doquier, alboroto y desasosiego, todo lo contrario al silencio, a la vigilancia, a la atención amorosa, como las vírgenes necias corremos de un lado para otro, siempre falta algo, y nos falta todo. No podemos cambiar el mundo, pero tal vez si podemos convertir la mirada, entonces nos daremos cuenta de que el mirar de Dios es amar, como dice el poeta y empezaremos a sentirnos amados.
Sagrario Rollán
