Religión

Meditación de Adviento (III)

¡Alégrate!

Se acercan días de nostalgia. Sí. La Navidad tiene el poder de entristecernos. Y esto es así porque la morriña -cuando se apodera de nosotros- logra que nuestro rostro trasmita seriedad y que la mirada se pierda mientras alguna de nuestras manos sujeta una copa en las varias y opíparas comidas de estas fechas. Y es que somos expertos en hacer de los días navideños algo que no es. Pero no se asusten ustedes, tranquilos, porque lo último que pretendo es escribir una crítica al consumismo ni mucho menos decir que echar de menos a alguien en la época del mazapán es auto-flagelarse de forma gratuita. No. Esa no es mi intención porque esas dos realidades navideñas, consumir y añorar, quizá estén más que justificadas. Pero lo que sí quisiera hacer es una apología a la alegría, defenderla. Y ante este querer mío puede surgir la pregunta de por qué necesita defensa la alegría. O dicho de otra manera: ¿Puede algo tan necesario, positivo, enriquecedor y saludable como es la alegría necesitar «ayuda», es decir, alguien que dé la cara por ella? La respuesta que se me ocurre, así, de primeras, es que muchos con su conducta hacia nosotros, o nosotros hacia ellos -sería bueno aplicar también a partir de aquí la primera persona- nos la roban, es decir, son capaces con su hipocresía y demás faltas de sinceridad y desprecios que lleguemos a aborrecer todo lo relacionado con las fiestas más tiernas, especiales y alegres que posee nuestro calendario. Por ello, en el meridiano del Adviento -aún quedan dos semanas completas- creo que no estaría nada mal preguntarnos por cómo vamos de alegría, antes de que llegue el tsunami de felicitaciones forzadas y los interminables «brindis al sol».

Aunque no lo parezca y no lo creamos la alegría es algo muy serio. Y puede que no nos hayamos percatado lo suficiente de la seriedad e importancia que posee la virtud de ser personas alegres. Pero la alegría tiene una función que es vital e indispensable absolutamente para todos y sin distinción alguna. A saber: nos ayuda a mantener una saludable estabilidad y coherencia allí donde estemos y con quienes hacemos vida. Se trata, nada más y nada menos, de lo que da sabor a nuestra existencia logrando así que cada vez sea más apetecible. Porque la alegría es un don de nuestra naturaleza que viene de suyo en el equipaje que portamos al llegar a este mundo. Ahora bien, de nosotros va a depender, claro está, qué uso hagamos de ella. Si nos paramos a pensar con detenimiento la alegría nos libera de tensiones, descarga la ansiedad y los temores reprimidos. También ayuda a superar las no pocas frustraciones, complejos, sinsentidos, carencias afectivas, miedos y demás inseguridades que de forma ordinaria trasmitimos a los demás, generando con ello un ambiente que podríamos definir como «un poco cargado» e incómodo. Por no decir artificial. Y es que la alegría oxigena, porque nos nutre de manera jovial. Así pues, si por un momento hemos llegado a pensar que la alegría es algo secundario, superfluo y que por ello no hay que preocuparse ni darle mayor importancia estaríamos cometiendo quizá, uno de los mayores errores de nuestra vida. ¿Por qué? Pues porque sin alegría es imposible experimentar de verdad el amor; porque es ahí, en la alegría, donde el amor tiene su génesis, su comienzo, su razón de existir.     

Así las cosas, la cuestión de fondo en todo este tema de la alegría no reside en qué tenemos que hacer. No. No seamos tan ingenuos. Lo realmente decisivo está en cómo tenemos que vivir. Porque cuando falta la alegría verdadera, esa que no consiste en el propio bienestar sino en el gozo y placer que produce el contemplar sin envidia el bien de los demás, se crea un vacío tan grande que es verdaderamente complicado el poder llenarlo. Porque sin esa alegría se hace imposible una existencia abierta, cordial, sencilla y amable y en la que abrir el corazón sale, la más de las veces, caro… muy caro. Y es que no sé yo si pudiera ser que a nuestra vida le falte el entusiasmo de la innovación, y le sobre la tristeza de lo que se repite por hastío y falta de pasión. Y si vivimos así, es decir, sin pasión alguna, puede que hayamos renunciado aspirar a cosas grandes, porque nos contentamos con no pensar demasiado. O lo que es peor: no esperar demasiado.  

En estas dos semanas que aún quedan hasta la noche de la Navidad, no vayamos tiñendo nuestro fondo de pantalla de gris ni inundemos nuestro estado -como si de whatsapp se tratara- de penalidades y añoranzas que hacen más mal que bien. Tratemos de buscar por donde sea y como sea la alegría que trae paz al corazón; al nuestro y al de los demás. Pero para ello tenemos que apostar, confiar y no cerrarnos a posibilidad alguna. La alegría enriquece y amplía nuestro horizonte vital de una manera tan fascinante, que logra que la existencia se abra a realidades que apasionan e ilusionan. Solo tenemos que poner un poquito de nuestra parte y cambiar la comodidad por el emprender. ¡Y claro que hay que brindar! Por supuesto, faltaría más. Pero sin falsedades ni mirando al sol. Brindar por la alegría. Porque es la única que siempre va a hacer presentes a aquellos que, por una razón u otra, quizá ya no están.