Transitar la herida, quejas de amor
El tiempo que transcurre entre pascua y pentecostés es un tiempo cambiante: alegría, dudas, sombras y luces, como el tiempo climático, más bien inestable, así la fe transcurre por senderos desiguales, y la liturgia de este tiempo con sus lecturas da buena cuenta de ello con diversos protagonistas en los que se plasman nuestras vacilaciones y desesperanzas, a veces difíciles de verbalizar. Relatar una historia es siempre revivir y encarnar, y muchas veces sobrepasar y trascender. Así sugiere la psicoanalista Julia Kristeva en Historias de amor, que todo desamor incorporado a un relato puede ser reparado y sanado: “La queja que me confían los que balbucean a mi lado siempre tiene su origen en una falta de amor presente o pasada, real o imaginaria. Y sólo puedo entenderla si yo misma me sitúo en ese punto de infinito, dolor o arrebato”
Por otra parte con frecuencia los modelos eclesiásticos nos proponen como ejemplo de fe y entrega actitudes que no siempre somos capaces de asumir. En esta ocasión he querido traer a estas páginas la conmovedora historia de Tomás, un amigo entre otros de Jesús, que para entonces no era santo, andaría por aquí y allá, quizá un poco despistado, quizá algo culpable, o como los demás lleno de expectativas, mas probablemente no tan incrédulo como lo ha apodado la tradición cristiana occidental. En todo caso osado en sus demandas y preguntas. Volvamos pues al relato pascual, la primera vez que Jesús se aparece a todos sus amigos, encerrados por miedo a los judíos, Tomás no estaba con ellos, de modo que cuando le anuncian la visita del resucitado él quiere certezas… Él, que había preguntado ya en la cena, antes de la pasión (Juan 14) en un arranque de dramática turbación: pero a dónde vas a ir, cuál es el camino, o sea, al igual que los demás, no entendía nada… Es el mismo discípulo que, sin embargo, con motivo de la resurrección de Lázaro (Juan11), se había destacado por su inconsciente osadía: Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con Él”. Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro…
Y así transcurren sus dudas, amorosas intempestivas. Curiosamente cuando se habla de Tomás, se le califica de incrédulo y testarudo, incluso cerrado de corazón. Permitidme discrepar. Tomás es el que transita la herida, el que se entra en la llaga, osado, espontáneo, voluntarioso y apasionado. Ese dedo en la llaga del costado de Jesús se me aparece como una poderosa imagen de amor. Contemplad el cuadro de Caravaggio con el evangelio en la mano, y dejaos arrastrar por el movimiento de las miradas cruzadas que convergen sobre el índice hundiéndose en el camino interior. Ahora sí sabemos con Tomás por dónde hay que ir, es el camino de la carne redentora y redimida. Lo que ahí circula es pasión de amor, el mismo impulso un poco brutal y desacompasado de la víspera de la resurrección de Lázaro: Vayamos a morir con él.
Tomás (el gemelo) va mostrando en estos relatos una preciosa iconografía de las dos caras de la fe, es el que salta, corre, duda, impulsado por una osadía interior que le lleva finalmente a transitar la herida: ¡dentro de tus llagas, escóndeme! El quiere tocar lo intocable, fantasmático o glorioso, deseable, prohibido, sagrado, lo que otros no se atreven a pedir, va más allá del temor y temblor que los los encoge. Todo ojos y corazón en la yema de los dedos, con la ingenuidad y el desacato de los niños, se deja llevar la mano por el mismo Jesús en una magnífica caligrafía de la llaga. No, Tomás no es un incrédulo, ni un obstinado, Tomás es un enamorado de Jesús. Al entrar en la herida, y transitarla (sin asco) establece con sus sucios dedos un flujo de contacto y por la iluminada llaga asienta su fe en Jesús, arrodilla sus deseos y sus dudas, al igual que la mujer (criticada por los “puros”) que perfumara los pies del maestro. La herida del costado del resucitado es ya una gloriosa herida de amor, una corriente de fe en la que no hay vuelta atrás: Señor mío y Dios mío. Y ahora sí, Tomás puede ir por el mundo a predicar sin vacilaciones.
Cabe señalar que la tradición lo envía a la India, ese país inmenso y multicolor donde todavía existe la casta de los intocables, los menos de los menos, el despojo humano, el cuerpo social de la humillación más extrema. Es realmente curioso que el que quiere tocar sea el patrón del pueblo de los intocables, paradoja del que quiere transitar la herida, siendo el santo de aquellos lugares. Es también motivo de reflexión para nosotros hoy que ponemos de lado en los hospitales, en las morgues (o tanatorios) los enfermos y los muertos, los desasistidos. Tomás es el paradigma que nos invita a tocar para creer de verdad, para amar en cuerpo (y alma), no solo de boquilla. Tomás nos precede en el transitar de la luminosa herida, para dejarnos contagiar por la regalada llaga, llama de amor viva (Juan de la Cruz). Entonces podremos exclamar con él, Señor mio y dios mio. Mientras tanto los relatos pascuales serán más o menos efímeros o pintorescos, letra muerta, pero no se habrán encarnado en nuestro corazón (de piedra).
Apurando esta preciosa escena, más allá del evangelio canónico, quiero terminar citando desde la heterodoxia el evangelio apócrifo de Tomás:
Jesús ha dicho: Si aquellos que os guían os dijeran, «¡Ved, el Reino está en el Cielo!», entonces las aves del Cielo os precederían. Si os dijeran, «¡Está en el mar!», entonces los peces del mar os precederían. Más bien, el Reino de Dios está dentro de vosotros y está fuera de vosotros. Quienes llegan a conocerse a sí mismos lo hallarán y cuando lleguéis a conoceros a vosotros mismos, sabréis que sois los Hijos del Padre viviente. Pero si no os conocéis a vosotros mismos, sois empobrecidos y sois la pobreza.
Sagrario Rollán
