Religión

El valor de la fe en Cristo Jesús

En la vida, cuando intentas ser fiel a tus valores, amar a las personas, ser solidario, luchar por la justicia, defender derechos de personas discriminadas, etc., estás escogiendo un camino nada cómodo y con muchísimos baches. En los peores momentos, esos en los que te planteas abandonar, saber que hay un Dios que te quiere y escucha cuando le hablas es un alivio. En esos momentos malos, en los que aunque a ti te parezca que todo va fatal, de alguna forma nuestra fe nos dice que Dios te está cuidando. En esas situaciones que a veces llegan y golpean, en las que te parece que estás hundido hasta la cintura en el barro, acercarse a Dios te recuerda que todo esto vale la pena.

Otra de las cosas que da la fe es saber que el amor que propone Cristo no espera nada a cambio. Es humano sentir recelo cuando alguien con quien intento colaborar no responde o no me cuida a cambio de mis esfuerzos, o incluso me trata mal. No me refiero a que le des tu tiempo a alguien y esperes una compensación económica por ello, pero lo normal es que la persona que lo recibe te lo agradezca o mínimamente sonría. Es el refuerzo positivo que solemos tener por nuestras buenas acciones. Y tú terminas con la maravillosa sensación de «qué bien lo he hecho». El problema es que, habitualmente, hay muchas situaciones en las que te van a devolver mal por bien. No sabemos en qué situación está cada persona y aunque tú ayudes a otro, está en su libertad de decidir tratarte mal si eso responde mejor a sus intereses o simplemente pasar de ti. O malinterpretar lo que haces o que venga un tercero y por su propio beneficio le ponga en tu contra. Cualquier persona que se dedique a proyectos solidarios puede contar muchos ejemplos así. Pero también los hay en la vida cotidiana. La diferencia que nos trae la fe cristiana, el valor que nos da, es esa innovación de la propuesta de Jesús: la gratuidad del amor. Y eso no siempre es algo que sale de forma natural a las personas. Saber que no es por un pago real o afectivo por lo que trabajas, saber que tras lo que hacemos por otros está nuestra fe, da tranquilidad y ánimo para seguir adelante.

Una esperanza parecida se aplica cuando encuentras a una persona que es un auténtico demonio. No digo una situación en la que con un poco de empatía se entiende todo. No. Quiero decir esas personas que por momentos se dedican a esparcir el mal por el mundo porque están llenos de él, o porque así lo deciden, vaya usted a saber. Sí señores, no todo tiene excusa y la maldad existe sin justificaciones psicológicas de traumas o demás. Es un camino que cualquiera puede escoger. Personas que eligen odiar hay de toda clase y condición. Los pobres y menos favorecidos tienen derecho a ser unos cabrones igual que los ricos y privilegiados. Gentuza hay entre desconocidos y entre gente cercana. Sí. Existe el superhombre de Nietzsche. Ese que pasará por encima de quien sea porque quiere. Pero, sin embargo, desde la fe en Cristo Jesús, sabemos que por muy bicho que te parezca, por más malvado que sea, por esa persona también murió Jesús. Y eso significa que Dios, a priori, no descarta a nadie. Dios se ofrece también a ellos y eso significa que no se pierde la esperanza de que esa persona alcance la felicidad que le permita vivir de otra forma, que pueda cambiar.

De la misma manera ocurre cuando tú misma te sientes esa mala persona. Cuando crees que eres un desastre que no tiene solución y dudas de tu valor. Ya sea porque has hecho algo malo o porque has creído al mundo cuando te ha dicho que no eres suficiente. Entonces tu fe te dice que hay un Dios que sufre porque no eres capaz de verte perfecta, como Él te ha creado. Y ese amor te puede sacar de cualquier agujero, si le dejas.

En general, creo que ante una situación difícil el cristiano tiene una seguridad diferente. Ahí está el valor de la fe. Sabemos que por nosotros Jesús ya ha vencido. Somos conscientes de que Dios nos quiere aunque a veces nos enfademos con Él. Sentimos el Espíritu que nos da fuerzas para amar donde nuestra humanidad no nos lo permite. Y este conocimiento nos acompaña en las buenas, donde nos hace agradecidos,  y en las malas, donde nos da esperanza.

Estas son las cosas que yo siento que tengo en mi vida por mi fe y que las buenísimas personas que conozco sé que no. No me hacen mejor que nadie. No soy más buena ni más eficiente en la construcción de un mundo mejor, pero son un tesoro que me da vida.

Miriam Simón

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