La crisis de Venezuela (I)
Algunas claves para comprender mejor la crisis venezolana.
Sin duda el apresamiento de Nicolás Maduro no dejó indiferente a nadie. Al contrario, ha generado emociones contradictorias y reacciones encontradas a medida que se han ido desarrollando los acontecimientos.
Los venezolanos, a quienes más atañe el asunto —y en particular los de la diáspora, que sí pueden expresarse con libertad—, no han ocultado su alegría ante un hecho largamente deseado e interpretado como justo, más aún al constatar que fue menos dramático de lo esperado. La operación militar mostró una precisión quirúrgica. Tampoco ocultaron su desconcierto y molestia ante las protestas de quienes condenaron la acción por ser una violación de la soberanía venezolana. A ello se sumó el asombro, teñido de frustración e inquietud, tras el anuncio de Donald Trump de que Estados Unidos asumiría el control del gobierno venezolano, manteniendo el régimen chavista, aunque bajo fuertes condicionamientos y por tiempo indefinido. Todo esto ocurrió en apenas 24 horas.
El tema, obviamente, no es un mero asunto de emociones. Es mucho más complejo. Aventurarse a emitir juicios concluyentes resulta no solo imprudente, sino temerario. Para comprender lo que ocurre en Venezuela —y las reacciones de los venezolanos y de los latinoamericanos en general— es necesario hacer una pausa: conocer la historia del continente desde el siglo XIX y, si se quiere ir más allá del análisis histórico-político, adoptar también una mirada creyente.
Un poco de historia americana: la Doctrina Monroe y el destino manifiesto
Desde principios del siglo XIX, el gobierno de turno en Estados Unidos estableció su política exterior bajo la Doctrina Monroe. Esto ocurrió justo cuando las naciones hispanoamericanas se emancipaban del gobierno peninsular en las mal llamadas guerras de independencia, iniciando el desmembramiento del Imperio español.
Con el lema “América para los americanos”, y con base en la Doctrina Monroe, Estados Unidos se comprometía a no intervenir en Europa, a cambio de que Europa no interviniera en América. Así, se autoproclamó protector de la soberanía continental, aunque entonces aún no tenía la capacidad real de ejercer ese papel. Este principio, atractivo en teoría, no ha resultado así en la práctica, porque detrás de toda acción del gobierno de ese país hacia el exterior subyace siempre un postulado más profundo y determinante: el del “destino manifiesto”.
Más que una doctrina, el destino manifiesto es una convicción fundamentalista que tiene sus orígenes en las prédicas de los puritanos llegados a Norteamérica en el siglo XVII, reformulada casi como doctrina a mediados del siglo XIX para justificar la expansión de los anglosajones norteamericanos hacia el oeste. Según esta visión, Estados Unidos tenía un derecho divino y un deber providencial de expandirse por todo el continente norteamericano, desde el Atlántico hasta el Pacífico, difundiendo la democracia, el capitalismo y sus valores cristianos.
La conquista del Oeste, culminada hacia 1890, tuvo un altísimo costo humano y supuso el despojo de vastos territorios al naciente México y el exterminio de pueblos indígenas. Porque no: el gran desplazamiento y exterminio de los indígenas norteamericanos no lo hicieron los colonos ingleses, sino los primeros estadounidenses — los llamados “pioneros” — para expandir sus fronteras hasta el Pacífico. Y sí, la gran mayoría de esas tierras ya habían sido exploradas por los conquistadores españoles, pero su aridez y pobreza desalentaron grandes asentamientos, limitándose la presencia imperial, en muchos casos, a misiones franciscanas. En la práctica, la verdadera conquista y apropiación de estas tierras fue la de los “pioneros”.
Ya consolidado como Estado, y tras la Guerra de Secesión, Estados Unidos fusionó la Doctrina Monroe con el destino manifiesto, proyectando su influencia sobre América Latina y el Caribe. Consecuencia de ello fue la guerra hispano-estadounidense (1898), que da la estocada final al Imperio español. Desde entonces hasta hoy, Estados Unidos ha intervenido de diversas maneras en la región, creando en ella riqueza y pobreza, orden y caos, esplendor y decadencia, en ciclos perversos que han influído mucho en la inmadurez socio-política de Latinoamérica (LATAM).
Esta historia ha generado en los latinoamericanos una relación ambivalente con Estados Unidos: admiración y respeto hacia los “americanos” cuando actúan como garantes de orden; rechazo y desconfianza hacia los “gringos” cuando interviene como potencia dominante. Porque del río Grande hacia el sur a un estadounidense se le suele llamar americano si despierta simpatía, o gringo si genera antipatía.
Por eso los venezolanos, y en general los latinoamericanos, nos alegramos cuando los americanos intervienen y se llevan a Maduro, no importa cómo; pero al poco tiempo ya sospechamos y desconfiamos de las intenciones del gringo. Tampoco nos extraña ni nos causa demasiado escozor que los americanos intervengan una vez más, y mucho menos en una operación esperada y deseada.
Pero, ¿y los nacidos fuera de Estados Unidos no son también americanos? Pues sí, pero a excepción de los canadienses, la grandísima mayoría del resto de los americanos nos identificamos como latinoamericanos. Es un término controversial e inexacto, pero los caprichos del lenguaje han determinado que con él se designe a los más de 600 millones de americanos cuya lengua y cultura son predominantemente latinas, es decir, de ascendencia española, portuguesa o francesa. Hay algunas naciones de discreta existencia que no tienen esta ascendencia, pero que, por geografía, comparten el pasado colonial y el presente de subdesarrollo de los demás. La mayoría de estos pequeños países están en el Caribe; por ello se habla de América Latina y el Caribe.
Un poco más de historia americana. El ideal de la democracia y soberanía en América Latina
La gran tragedia de LATAM ha sido no haber logrado un desarrollo cultural, político e institucional comparable al de Estados Unidos. Mientras este país se convirtió en menos de dos siglos en una potencia mundial, la región no ha logrado superar el subdesarrollo, pese a su riqueza humana y material. Básicamente porque no se han podido solventar cuatro factores principales que lo impiden: la violencia, la polarización, el caudillismo y la corrupción administrativa.
Bajo distintas versiones de la Doctrina Monroe (llamadas colorarios), Estados Unidos ha ejercido en LATAM una política de “ayuda” que, en la práctica, ha significado intervención. La motivación siempre han sido los intereses económicos y políticos norteamericanos, y el discurso también: garantizar democracia y estabilidad. El resultado, con frecuencia, ha sido el contrario: más polarización, más violencia y regímenes pseudodemocráticos o autoritarios funcionales a intereses externos.
No obstante, conviene distinguir entre la política del Estado y la labor humanitaria de muchos ciudadanos e instituciones estadounidenses que han realizado una labor humanitaria, verdaderamente caritativa en LATAM.
Ahora bien, en el contexto de los regímnes mencionados, el caudillo por lo general se ha convertido en tirano: amado por muchos, odiado por otros, temido por todos, como anuncia el título de una novela sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo. En no pocas ocasiones, estas dictaduras, alineadas con la política estadounidense, ofrecieron estabilidad y cierto progreso económico a corto plazo, pero jamás sentaron las bases de una institucionalidad auténtica.
Por ello, el drama de la desigualdad social, con el resentimiento que supone, ha sido una constante en LATAM desde el siglo XIX. También, varias veces ha sucedido, que el tirano se empodera y termina volviéndose contra Estados Unidos. ¿La solución? Una conspiración orquestada por la CIA, una nueva intervención, el establecimiento de una nueva pseudodemocracia y el ciclo se repite.
Ejemplos ilustrativos hay muchos; Tal vez el capítulo más desagradable y que resume mejor la intervención del Estado norteamericano en la primera mitad del siglo XX, y aún más allá, es el de la United Fruit Company y las “repúblicas bananeras”.
La historia de la United es larga y truculenta, por lo que, si se quiere tener un panorama breve y completo sobre el tema, se recomiendan estos dos documentales que lo resumen muy bien: Por esta razón las bananas no tienen semillas y causaron una guerra y Cómo EE.UU. CREÓ las REPÚBLICAS BANANERAS (y las EMPOBRECIÓ MAS).
Otro ejemplo de esta lógica de intervención fue la promoción y el financiamiento a iglesias evangélicas y sectas protestantes como estrategia para contrarrestar la influencia de la Iglesia católica, cuya postura fue, casi siempre, crítica frente a las políticas intervencionistas: inicialmente por la defensa de los valores y la identidad cultural, y más tarde por la denuncia del sufrimiento humano que dichas políticas provocaron.
Hasta aquí se comprende por qué la soberanía y la democracia en LATAM se presentan más como ideales que como realidades consolidadas. El contante intervencionismo norteamericano ha debilitado la madurez social necesaria para su consolidación. No es el único factor responsable pero si el mayor factor externo que lo explica. Aunque hoy predominan regímenes democráticos, la persistencia de debilidades institucionales, la dependencia económica externa y la falta de hegemonía regional vuelven al orden democrático sumamente frágil en LATAM.
Fray Diego Rojas, OP
