Opinión

Dios lo ve

Allá por al año 2000, Oscar Tusquets, arquitecto, diseñador, pintor y escritor barcelonés, hermano de la editora Esther Tusquets, publicó un ensayito magnífico del que esta columna toma título: “Dios lo ve”.

Reflexionaba en él sobre por qué en el arte de toda la humanidad se creaban detalles y objetos que no estaban pensados para que los viese ningún espectador. Hablaba sobre la trascendencia del arte, sobre la mirada más allá del tiempo y de la historia de lo creado. Sobre cómo en el corazón sano de lo que el hombre crea, hay una especie de responsabilidad más allá de lo que se ve, que habla de hacer las cosas lo mejor posible, lo más bellas posibles… aunque nadie lo vea. Quizás porque Dios lo ve, y eso es más que suficiente. Eso es lo que realmente llena el corazón del hombre en lo que hace: hacer las cosas bien. Bellas. Verdaderas.

Me lo ha recordado todo esto de los accidentes de los ferrocarriles, porque es claro que aquí, de un modo u otro, hay alguien que no ha hecho bien su trabajo.

No se trata de buscar sin más culpables de las desgracias, terribles, a merced del azar y la mala fortuna de las circunstancias que se concatenan, pero pueden dar por hecho, que cuando nadie asume sus responsabilidades, cuando nadie tiene culpa de nada, es que hay alguien que no ha hecho bien su trabajo.

Repito que no es sin más una búsqueda de culpables, no es un concepto de retribución de culpa con la tesis de que a mal hecho, mal sufrido. No es un ojo por ojo tratar de dilucidar responsabilidades. Se trata de saber qué no se hizo bien, para que no vuelva a suceder.

Y aquí es donde me arriesgo a decir cosas aunque sea picar el crostó.

Hay quien no ha hecho bien su trabajo, y las consecuencias han sido las que han sido. Vengan aquí en ese “alguien no ha hecho bien su trabajo” todo lo que puedan calcular: corrupción, desvío de fondos, falta de vigilancia, presupuestos condicionados, búsqueda insana de beneficios a todo coste, atender a otros focos y asuntos –políticos y de relato, sobre todo-, o incluso poca profesionalidad técnica, falta de medios adecuados por falta de presupuesto, o incluso esa terrible frase que más de una y más de dos veces oímos todos: para lo que me pagan, lo hago como sea

Lo vemos en multitud de realidades alrededor. Trabajos chapuceros. Sin atención a los detalles. Rematados o hechos de cualquier modo. Sin cuidado. Sin pulcritud. Simplemente pendiente de lo que se ve, o de hacerlo cuanto antes quede como quede. Más pendiente del relato, la propaganda, el titular que quiero que digan o que vean, que de hacer las cosas amb cara i ulls, como Dios manda.

Hay aquí posibles explicaciones, que si bien no exoneran de responsabilidad, sí que nos ayudan a entender cómo suceden tantas cosas en este país, o porque hay tantas cosas que funcionan mal en este país:  falta de paciencia, falta de vocación, falta de reconocimiento, falta de salarios adecuados, falta de medios para ahorrar lo más que se pueda, para que el beneficio sea el mayor, falta de tiempo para hacer las cosas bien o para hacer todo lo que hay que hacer, falta de mano de obra cualificada, falta de personal suficiente… y todo lo que quieran poner en torno a eso de que alguien no hace bien su trabajo.

Al final, lo que uno le toca hacer, el hacerlo bien, debería ser algo que se hace para uno mismo, ante uno mismo, por propio respeto, por propia dignidad. Pero cuando vivimos en un mundo en el que los derechos tienen más peso que los deberes, cuando la subjetividad de la comodidad, el egoísmo y los propios intereses pesan más que la responsabilidad, cuando se trabaja con el sólo horizonte de un salario o un beneficio cuanto más, mejor, y no de hacer las cosas en beneficio de los demás con mi esfuerzo… uno se olvida de la propia dignidad, vendida por dinero. Y así, las cosas se hacen mal, de cualquier manera, porque buscamos otros objetivos que un trabajo bien hecho, porque hemos olvidado que Dios lo ve.

Arnau Sunyer