Cantar y Orar. Gracias, Madre Pino
La capilla fue llenándose. El susurro no subía de volumen porque un llanto apagado no nos permitía hablar. Luz, flores, Santo Domingo y el Padre Cueto. El dulce rostro de la Virgen que te miraba con ternura y la dureza del Crucificado que dejaba caer sobre ti su sombra.
Comenzó el tímido sonido de una guitarra que afinaba sus cuerdas, mientras se iba llenando el espacio de corazones rotos por el vacío que creíamos tener por tu despedida. Pero, de repente, empezó un ensayo al que se fueron incorporando voces, guitarras, lágrimas que acababan sobre una sonrisa que venía de lo más profundo.
Acabamos de poner tonos a las canciones de la celebración, las que estaban en el papel y empezaron a salir del corazón, las que traían los recuerdos, las vivencias, todo lo compartido y sin prepararlo ni pensarlo, el canto fue convirtiéndose en oración. La más bella, la más sentida, la que brotaba sin casi ni pensarlo. Una canción tras otra, una plegaria que se elevaba al cielo haciendo vida el lema de Santo Domingo «alabar, bendecir, predicar» y al más puro estilo del Padre Cueto: «haciendo las cosas con belleza y con dulzura».
No fuimos conscientes de haber estado tanto tiempo cantando, orando, compartiendo, viviendo, y pensamos a la vez, «ha estado aquí dirigiéndonos, como siempre, dándonos la entrada, guiando el ritmo».
Y nos dimos cuenta de que así sería ahora, estarías ahí, en tu lugar, en el que te hiciste en nuestros corazones, de forma silenciosa, sin que nos diéramos cuenta, sin pedir mucho y dando lo mejor, así nos habías enseñado y así ha quedado grabado.
Cantar y orar. Así te acompañamos en esos últimos momentos. Así estarás tú con cada uno de nosotros para siempre, porque un regalo tan grande es para compartirlo, repartirlo y seguir haciéndolo crecer.
Gracias M. Pino
Macu Becerra DMSF
