Opinión

La caricia de Dios

No deja de resultar sorprendente que, creyendo y celebrando la “Encarnación” de Dios, es decir, que Dios se hace humano (se hace cuerpo), se tenga en muchos sectores de la Iglesia y entre bastantes cristianos, una imagen tan negativa de lo corporal y, por añadidura, de la sexualidad humana.

Por un lado, tiene esto que ver con confundir el cuerpo (y por ende la sexualidad) con nuestra dimensión exclusivamente material. La inculturación de la fe en el mundo griego conllevó la aparición de una idea de cuerpo dualista y materialista. Y, con el paso del tiempo, la lógica del mercado y del beneficio, ha convertido el cuerpo en un instrumento, lo hemos ‘cosificado’, instrumentalizado, comercializado.

Dentro del cristianismo, poco a poco, fuimos desvirtuado el sentido bíblico de persona, en la cual se integra nuestra dimensión corporal sin convertirla en un añadido, de segunda categoría, del alma. Y así hemos llegado a un enfrentamiento entre cuerpo y alma, espíritu y materia. Esta distorsión del verdadero sentido de la Encarnación desvirtuó la idea del Dios con nosotros y entre nosotros (Lc 17, 21) y fue dando paso a percibir nuestro cuerpo como algo molesto, tentador y negativo. Y con ello la sexualidad humana fue empecatada, el placer demonizado o prohibido y la religión reducida a un código de moral.

Pero en la Biblia se habla de nuestra imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26) y se habla de la de la bondad y belleza de nuestros cuerpos tal como «Él lo vio» (Gén 1, 31). Por eso, no tenemos un cuerpo, sino que somos cuerpo. La corporeidad en la Biblia se presenta como algo amplio, poliédrico, flexible, diverso y lleno de matices. Hay varios términos que hacen referencia a la unidad psicosomática-espiritual que somos y que apuntan a que la persona es un todo que busca y ama a Dios, pero no sólo a Dios, también busca y ama a otras personas. Por eso la salvación es global, no únicamente espiritual y, en Jesucristo, el cuerpo se ha convertido en lugar de la salvación: “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Tener esto presente nos puede llevar a establecer una relación más sana y saludable con nuestro cuerpo y con la sexualidad. También nos ayudará a presentar a los adolescentes y jóvenes la Iglesia y la religión no como un conjunto de prohibiciones basadas en la sospecha hacia todo placer y todo lo que tiene que ver con la sexualidad. No deja de ser ‘alucinante’ la agresividad de cierto ‘mundo pastoral’ que vuelve o sigue enarbolando la tríada: mundo, demonio y carne. ¡Qué triste!

Dicen los últimos estudios que el inicio de la pornografía en España se ha adelantado a los 8 años. ‘Pornhub’ mueve al día ocho veces más volumen que Facebook. Pero lo alarmante, lo dañino y perverso, lo realmente inmoral de la pornografía, es la violencia, el machismo, la sumisión y falta de libertad, la fealdad, la explotación, la cosificación e instrumentalización de la persona, el desprecio del cuerpo  y del ser humano en su conjunto, convirtiendo la sexualidad y las personas en una mercancía regida por la ley de la oferta y la demanda… Todo ello y más, hace de la pornografía algo ‘pecaminoso’. Pero no la sexualidad es algo bien distinto.

El Cantar de los Cantares nos expresa la sexualidad humana como un don y nos invita a liberarnos de falsas interpretaciones sobre el cuerpo. En él hay una multiplicidad de referencias sensoriales que buscan expresar la riqueza de la corporalidad para varón y mujer, referencias olfativas, relativas al gusto, visuales, táctiles y cinéticas y auditivas.

“¿Cómo son, de bellos, tus pies con sandalias, hija de príncipe? Tu cintura se dobla como un collar salido de manos de artista. Tu ombligo es una copa redonda donde nunca falta el vino aromático, tu vientre es un montón de trigo rodeado de lirios, tus pechos son como dos cervatillos. (Cant 7, 2).

Educar a los más jóvenes en el gusto y disfrute de la belleza y del arte, de lo sensual y sensitivo, educar en la espiritualidad y la interioridad, pero también en la corporalidad. El Evangelio es Buena Noticia para todo ser humano y para todo el ser humano. Somos cuerpo y alma, indisoluble y misteriosamente unidos. Dice Timothy Radcliffe en su librito Palabras para hoy, que “todos los sacramentos están dedicados a santificar los momentos clave de nuestra vida corporal: el nacimiento y la muerte, la comida y la bebida, la enfermedad y la sexualidad. Nuestra redención se forma en nuestra vida corporal”.

Pero no podremos acompañar a nadie en ese descubrimiento/vivencia, si no nos implicamos y cambiamos nuestros propios prejuicios y percepciones. Cuando hayamos comprendido que nuestros cuerpos muestran los rasgos de su creador: bondad, belleza, alegría, salud, verdad, disfrute, entonces podremos acompañar a otros para aprender qué significa: somos templos del Espíritu Santo. Pero ¡ojo! no de un espíritu pacato, aburrido, ñoño y embalsamado.

Ricardo Aguadé, OP