Cultura

El poder de las imágenes. Por Cristina Expósito.

La artista de origen afrocubano, Harmonia Rosales (https://www.harmoniarosales.art/), se ha situado en el panorama artístico actual con mucha fuerza y con un gran impacto a nivel internacional. Su arte se centra en la reinterpretación de las grandes obras de la Historia del Arte, grabadas a fuego en nuestra mente, como las escenas bíblicas de la Capilla Sixtina.  

En 2017 saltó a la opinión pública con el cuadro “La Creación de Dios” que presenta la misma composición que la famosa escena de “La Creación de Adán” de Miguel Ángel, pero con una gran diferencia cromática y de género, ya que todos los personajes son negros y femeninos. La polémica estaba servida. Muchas personas alabaron el trabajo de Harmonia Rosales y se hicieron eco de las grandes cuestiones que presentan este tipo de imágenes: ¿por qué no? ¿por qué mantenemos vívida la imagen de un Dios con barba blanca y completamente europeizado? ¿por qué las Virtudes Teologales no pueden ser negras? Y un largo etcétera. Pero en muchos sectores levantó ampollas y muchas personas atacaron el arte de Rosales apelando a la salvaguarda de una tradición visual e identidad cultural.

Es curioso como el ser humano considera en cada momento de la historia como verdad absoluta lo que sus ojos ven y los estímulos visuales que recibe de su entorno. Es cierto que en pleno siglo XXI conceptos como el metaverso o la realidad virtual han entrado en nuestras vidas para quedarse y el mundo del arte continúa reinventándose a la luz de dichos avances. Pero, por mucho que nos pese y busquemos la modernidad, todavía somos dignos herederos de la visualidad de las esculturas bíblicas de las portadas románicas, de los grandes retablos góticos o de los capiteles figurados de las galerías de los claustros renacentistas.

Como bien indicaba el crítico de arte John Berger en su obra “Los modos de ver (1972), todas las producciones artísticas personifican un modo de ver, en este caso el del artista, el comitente que encarga la obra de arte o una institución, pero la recepción de esa imagen también estará modulada por nuestro propio modo de ver, en sintonía directa con nuestro contexto cultural. Es así como el arte se ha utilizado a lo largo de toda la historia como un aliado a la hora de transmitir ideologías, nuevos conceptos o sistemas de creencias. Las imágenes nos modulan constantemente y crean prototipos, denominados en el mundo del arte composiciones iconográficas, que serán reiterados por las generaciones futuras. Pese a que con el paso del tiempo, y tras muchas repeticiones, las obras de arte pierdan la noción y el significado primigenio.

Un claro ejemplo lo tenemos con la famosa estatua de Moisés de Miguel Ángel que podemos encontrar en la basílica de San Pietro in Vincoli en Roma. Si nos acercamos a la imponente figura de mármol blanco podremos observar dos cuernos en la parte superior de su cabeza. Una representación muy usual en la Historia del Arte, tanto en la pintura como la escultura, y que ha llegado hasta nuestros días como la iconografía asociada al profeta. Pero, ¿en qué lugar de la Biblia se habla de un Moisés con cuernos? Lo más curioso de esta creación iconográfica es que fue una mala traducción que ha sido heredada hasta el día de hoy: en el pasaje bíblico (Éxodo 34, 29-35) se indica en hebreo el término irradiación o rayo, que fue mal traducido al latín en la versión bíblica de la Vulgata por cuernos, ya que con un cambio vocálico el término hebraico variaba de significado. Así es como se tomó por verdad absoluta y parte de nuestra historia cultural la representación visual de un Moisés con cuernos sin ser nunca cuestionada. Nadie dijo que el arte debe ser cómodo, la incomodidad despierta las mentes y rompe las barreras solidificadas que únicamente nos individualizan. Los personajes de Harmonia Rosales generan incomodidad porque rompen el canon, chocan con nuestra visualidad normativa, pero a su vez presentan un gran poder: visibilizan a grupos que todavía están marginados en nuestras sociedades. Todos somos iguales, y si nos centramos más en nuestras similitudes, nuestro Modo de Ver no será amenazante sino integrador, y nuestros imaginarios colectivos estarán constantemente en revisión.

Cristina Expósito