Sobre la Libertad de Stuart Mill
A mis cuarenta y tantos años he vuelto a matricularme en una Universidad. Sí, estoy haciendo un máster sobre «filosofía práctica». Unos me dicen que lo mío es vicio; otros que estoy verdaderamente loco; y otros me argumentan que qué necesidad tengo yo de «volver a estudiar» -a algunos se les olvida que el estudio, en la Orden a la que pertenezco, no tiene fecha de caducidad-. Lo cierto es que me tiene enganchado el bendito máster, porque las asignaturas que estoy cursando me están abriendo un horizonte de pensamiento que se vislumbra fascinante. Una de estas asignaturas va sobre la tolerancia. Desde sus perspectivas históricas hasta los retos actuales, el fin a conseguir es dar una respuesta lo más sensata posible a la cuestión de por qué tolerar y hasta dónde tolerar. Así las cosas, una de las lecturas obligatorias dentro de la programación de la materia es esta: Sobre la libertad. Un ensayo que John Stuart Mill escribió a mediados del siglo XIX y en el que hace una conmovedora apología de la libertad de pensamiento y expresión. En definitiva, toda una defensa de la tolerancia y el respeto que, con más de ciento sesenta años de publicada, sigue determinando el actuar humano.
De los cinco apartados que componen la obra el segundo es, a mi juicio, el que más interrogantes puede suscitar -al menos a mí me ha sucedido así-. Y es que aborda la cuestión de la libertad de pensamiento y discusión; y más o menos a la mitad del capítulo aparece la siguiente pregunta: «¿Quién puede computar lo que el mundo pierde en la multitud de inteligencias prometedoras, unidas a caracteres tímidos, los cuales no osan seguir caminos mentales audaces, vigorosos e independientes, por temor a caer en algo que pudiera ser considerado irreligioso o inmoral?». La preguntita se las trae. Está claro que no se puede computar y que la pérdida a lo largo de los siglos no sé yo si estará pasando factura. Pero lo que sí es cierto es que la historia está preñada toda ella de desprecios y amenazas hacia quienes con su saber e inteligencia lo único que pretendían era que este mundo fuera un poquito mejor. Desprecios y amenazas que han sembrado el pánico en no pocas generaciones de intelectuales haciendo que parte de su legado, en el mejor de los casos, esté archivado en una carpeta en un oscuro sótano a la espera de alguien henchido de verdadera libertad. Y si esto es cierto, es decir, si la carpeta y el sótano son reales, el mundo seguirá perdiendo porque, el desprecio, que es primo hermano de la intolerancia, seguirá ganando la batalla al apasionante mundo del saber.
Creo que para que el mundo no siga acumulando pérdidas habría que aplicar aquello que nos dejara escrito en su día el gran Antonio Machado: «Que dos y dos sean cuatro, es una opinión que muchos compartimos. Pero si alguien sinceramente piensa otra cosa, que lo diga. Aquí no nos asombramos de nada».
Fr. Ángel Fariña, OP
