Religión

Volátil, incierto, complejo y ambiguo

Dicen los sociólogos que nuestro mundo actual es un mundo VICA: volátil incierto, complejo y ambiguo. Pero ¿cómo son los adolescentes y jóvenes de este “nuevo” mundo? ¿Cómo influye en los jóvenes, en su forma de entender la religión y de posicionarse ante/frente/contra o al margen de ella el mundo VICA? Se habla de la generación Z, posmilénica o centúrica, es decir, los nacidos entre 1998 y 2010. Adolescentes y jóvenes a los que se les pone distingas etiquetas: egoístas, egocéntricos, generación selfie, ombliguistas, narcisistas, individualistas, etc. Sea como fuera, algo me parece incuestionable: la llamada generación Z está mayoritariamente alejadísima de la Iglesia. En el mejor de los casos se han escapado (y siguen escapándose) una vez que han realizado la primera comunión (y eso los que aún la hace) y… ¡si te vi no me acuerdo! Supongo que es por eso, por lo que, en muchas parroquias y colegios, “se les intenta echar el lazo” para que se confirmen antes de que vuelen, para no volver.

A mí generación nos formaron para un mundo estable, de certezas, hasta cierto punto simple; con cambios siempre dentro de un orden y dónde el futuro era bastante previsible, al menos a grandes rasgos. Es verdad que luego la vida, de vez en cuando, nos daba sorpresas, pero estas eran las excepciones que confirmaban la regla. Se nos intentaba equipar con un manual de instrucciones para afrontar los problemas que nos encontraríamos al “hacernos mayores”. Pero, de pronto, empezó el cambio acelerado. Cuando creíamos tener todas las respuestas, van y nos cambian todas las preguntas. Los manuales de instrucciones ya no sirven. Todo acontece a una velocidad vertiginosa.

Ante esta nueva situación y frente a los adolescentes y jóvenes de hoy, ¿qué estamos haciendo desde las distintas plataformas eclesiales como parroquias, colegios, movimientos, etc.? ¿Qué les ofrecemos, cómo les intentamos presentar a Jesús de Nazaret y su Buena Noticia? ¿Acaso hacemos una “pastoral” (tan solo el nombre es toda una declaración de intenciones) pre-VICA o, incluso, anti-VICA? ¿Utilizamos unas formas y un lenguaje adecuado para evangelizar en este mundo volátil, incierto, cambiante y ambiguo? Los adolescente y jóvenes ¿entienden algo de lo que decimos y hacemos desde la Iglesia y sus instituciones? ¿Les importa(mos), les afecta(mos), les interesa(mos), les interroga(mos)? Lo que decimos y hacemos, ¿tiene algo que ver con su mundo, sus vidas, sus preguntas, sus búsquedas, sus gozos, sus miedos?

Quizás nos tranquilizamos pensando que nosotros ofrecemos un mensaje eterno, no sujeto a las veleidades de los tiempos y las modas; somos un punto de referencia fijo en medio de las tempestades de esta época en que todo cambian y todo se cuestiona. Precisamente en estos momentos de zozobra social y eclesial hay que ofrecer fundamentos sólidos y puntos de referencia fijos. Somos los encargados de conservar… Y, muchas veces, hacemos precisamente eso, manufacturar conservas.

El seguimiento de Jesús no es creer en “algo”. No se trata de creer en una doctrina que se ha conservado a través de los siglos y que hay que transmitir palabra por palabra, letra por letra. Creemos en Alguien que está vivo. ÉL VIVE, es decir, late, camina, nos acompaña, evoluciona, comunica, dialoga con nosotros, nos abraza, nos perdona, nos alienta, nos ama. Él es lo único en medio del juego de lo diverso.

Quizás la gran revolución pastoral empieza por un cambio de lenguaje y de formas. Es posible que debamos pasar de procesos de socialización a procesos de subjetivación. ¿Acaso no es así como funcionaba Jesús? Los relatos de todas las personas con que se encontró, las que curó, tienen esta lectura de subjetivación. La persona no es un pretexto o un instrumento para el cambio social. Tal vez a los jóvenes les parece que ahora les hacemos más caso porque los necesitamos para perpetuar la institución. Creo que ellos no quieren ser un pretexto. Tal vez nos perciben como una institución que sigue ofreciendo una moral camuflada de religión. Entender esto, quizás nos ayude a comprender la necesidad de volver a los orígenes, al manantial, al Evangelio vivo y para la Vida, a la experiencia personal de encuentro/seducción con Jesús, el Cristo. Una nueva/vieja espiritualidad para acompañarnos (nosotros a ellos y ellos a nosotros) en la búsqueda, a veces dolorosa y a veces gozosa, de identidad en la que suelen/solemos estar inmersos.

Quizás el empeño no es que los adolescentes y jóvenes vuelvan a llenar nuestras iglesias y capillas colegiales (estoy convencido que no van a hacerlo, al menos la gran mayoría; y, sinceramente, lo entiendo). En las primeras comunidades cristianas el templo no eran las piedras, los edificios; era la casa de unos y otros. Y la misa era la mesa, el compartir fraternalmente. La generación Z ya no necesita púlpitos ni sermones. Necesitan maestros de vida, que los acompañen en la adquisición de habilidades existenciales, empáticas y expresivas. Enseñémosles, aprendamos juntos, cómo gestionar los miedos, descubrir los talentos, ser resilientes y estimular la chispa divina que nos habita.

Necesitamos una teología sobre la adaptabilidad, la mente abierta y la flexibilidad. Necesitamos en la Iglesia estructuras líquidas: flexibles, ágiles, capaces de innovar y gestionar la incertidumbre. Necesitamos líderes disruptivos y comunidades disruptivas. Sin participación no hay pertenencia. Nadie posee la verdad, nadie puede generarla en solitario. La complejidad no se supera “simplificando” y, mucho menos, dogmatizando.

Ricardo Aguadé, OP