¡Déjate seducir!
San Ignacio, en este hoy, echaría la bronca y de qué manera (pp. 54-56). Y yo me pregunto: ¿Y Santo Domingo? ¿Y San Francisco? ¿Y tantos otros fundadores? Todos, absolutamente todos nos abroncarían por dejarnos seducir por cuestiones epidérmicas, e instalarnos en seguridades efímeras que poco o nada tienen que ver con amar y servir.
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