Opinión

Alzad la mirada

«Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?» reza el salmo 120, que se me viene al espíritu cuando leo que la invitación a alzar la mirada es el lema de la próxima visita papal a España…

Imagino entonces esta súplica ahora, en tantos lugares del mundo sacudidos por guerras, bombardeos y misiles desde arriba del cielo y desde abajo de la tierra y desde dentro del corazón sacudido por el miedo. Imagino esta mirada alzada hacia el cielo de explosiones y nubes de ceniza, los niños levantando sus ojos a las madres y ellas bajan su mirada queriendo arropar a los pequeños, en estos días que podemos seguir también la visita de León XIV a África. Por Argelia en busca de sus raíces agustinas, en Camerún (donde estuve de misión el verano pasado), con los niños del orfanato, predicando sobre las heridas abiertas y los huecos insondables del abandono. Y veo a esos niños, rostros que se superponen a los que he visto tantas veces en el orfanato de Malabo. Y sigue presente en mi imaginación esa invitación a levantar los ojos hacia los montes o hacia otros ojos que arropen y cuiden. Alzad los ojos, en mirada de trascendencia y luego abajadlos en mirada de compasión.

Son muchas las luces y sombras que se entremezclan alrededor de este lema. Ayer mismo escuchaba una conferencia sobre el alcance de la esperanza en San Juan de la Cruz, en este Año Jubilar que celebramos dos centenarios: beatificación y declaración de su doctorado, iluminados por la esperanza: La esperanza tanto alcanza cuanto espera, dice el místico. Él, que atravesó noches y sinsabores, que fue encarcelado por sus hermanos, y que después de huir escribió los poemas más bellos de la lengua castellana.

Tras de un amoroso lance
y no de esperanza falto
volé tan alto tan alto
que le di a la caza alcance.

[…]

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.

[…]

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé solo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

El tiempo y la eternidad se cruzan en este vuelo de esperanza: el tiempo dañado, herido, el abatimiento y la pesantez, la fragilidad humana, mas la eternidad deseada… Así, a la luz de estos versos, podemos leer el lema de la visita del papa a España. El tiempo y la eternidad se conjugan en la presencialidad del instante, la belleza única, fugaz a veces, pero irrevocable y cierta de la Luz Pascual que estos días celebramos.

Presencialidad del instante, altura de miras, horizontes abiertos al empuje del amoroso lance, todo esto rondaba mi espíritu mientras seguía el periplo del papa por esos queridos lugares de África, adonde espero volver en breve. Mientras escuchaba la charla en Salamanca y repasaba los estudios sanjuanistas de mi juventud encontraba justamente en la lectura y relectura del poeta místico esa invitación a alzar la mirada, a arrancar el vuelo, no de esperanza falto.

Alzar la mirada nos lleva a sobreponernos al orgullo, a sobrevolar la mezquindad de los prejuicios y el egoísmo, las mascaradas de grandeza que nos embargan. Alzar la mirada más arriba, más humilde, más acogedora, alzar la mirada en esperanza, sabiendo que de Él solo llega la salvación.

Entre Pascua y Pentecostés, entre la piedra removida y las explosiones, no de júbilo sino de guerra en esta actualidad casi apocalíptica, a Ti levanto mis ojos, a Ti que habitas en el cielo (salmo 122) … Y, sin embargo, la paradoja, el toque de atención que nos llega desde los Hechos: el evangelio de Jesús es así, ¿contradictorio, desconcertante? El camino continúa, de Pentecostés a la Ascensión, no nos da tregua para evadirnos: – Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

Sagrario Rollán