Somos romanos
Hoy, 21 de abril, no es una fecha cualquiera.
Según la tradición, en este día del año 753 a. C. se fundó Roma. Y aunque algunos lo consideren un mito más que un hecho histórico, lo cierto es que esa fecha simboliza algo mucho más profundo: el nacimiento de una forma de entender el mundo que todavía hoy nos define. Nosotros, los europeos del Mediterráneo, nos guste o no, som fills de Roma.
Lo digo con la serenidad y con la convicción de quien ha visto cambiar este país y este continente a una velocidad vertiginosa. Roma no fue solo un imperio; fue una civilización. Nos legó el derecho, esa arquitectura invisible que sostiene nuestras leyes y nuestras instituciones. Nos dio la idea de ciudadanía, de pertenencia a algo más grande que la tribu o la aldea. Y también nos dejó una lengua —o mejor dicho, muchas— que aún hoy hablamos, transformadas, pero reconocibles.
Cuando uno pasea por Tarragona, por Mérida o por la misma Barcelona, no puede evitar pensar que bajo nuestros pies sigue latiendo Roma. Encara hi és, aunque a veces no queramos verlo. Y no hablo solo de piedras o de ruinas, sino de una manera de razonar, de discutir, de buscar el equilibrio entre la ley y la justicia.
Ahí está Séneca, por ejemplo, ese cordobés universal que escribió sobre la virtud, el deber y la serenidad del ánimo. ¿Cuántos de nuestros debates actuales —sobre política, ética o convivencia— no podrían beneficiarse de una lectura atenta de sus textos? Pero claro, hoy parece que todo debe ser inmediato, rápido, superficial. Y en ese ruido constante, nuestras raíces se diluyen.
No quiero sonar alarmista, pero tampoco ingenuo. Vivimos un momento en el que nuestra identidad cultural se ve tensionada por múltiples factores. Por un lado, los flujos migratorios, que son una realidad compleja y que exigen inteligencia y humanidad, pero también claridad sobre quiénes somos. Por otro, una influencia cultural cada vez más homogénea, dominada por productos audiovisuales que vienen de fuera, sobre todo del mundo anglosajón. Películas, series, modelos de vida que, sin ser malos en sí mismos, van ocupando el espacio de lo propio.
Y aquí es donde me preocupa que olvidemos lo esencial. No sabem ben bé qui som, y cuando uno no sabe quién es, acaba adoptando cualquier identidad prestada. Ser “romanos”, en el sentido cultural, no significa nostalgia imperial ni superioridad moral. Significa reconocer una herencia: la del pensamiento crítico griego asumido por Roma, la del derecho como garantía de convivencia, la de una cierta idea de dignidad humana.
No se trata de cerrar puertas ni de levantar muros culturales. Se trata, más bien, de sostener una casa con cimientos firmes. Porque solo desde ahí podemos acoger, dialogar y construir algo compartido.Hoy, 21 de abril, quizá no celebremos oficialmente el nacimiento de Roma. Pero tal vez deberíamos, al menos, recordarlo. No como una reliquia del pasado, sino como una brújula. Porque, al fin y al cabo, som mediterranis, som hereus d’una història llarga, y renunciar a ella sería, sencillamente, dejar de ser nosotros mismos.
Arnau Sunyer
