Opinión

Culpa y redención

Hay una edad —quizá la mía, ya rozando los setenta— en la que el pasado deja de ser un relato lejano y se convierte en una presencia. No siempre amable. A veces regresa con la forma de una palabra dicha a destiempo, de una ausencia que no supimos evitar, de una herida que dejamos en otro sin comprender del todo su alcance. Y entonces aparece la culpa, no como un ruido estridente, sino como un murmullo persistente. Com pesa, a vegades, el record… Cómo pesa.

He aprendido que la culpa no desaparece con los años, se transforma. Pierde su filo inmediato, pero gana profundidad. Ya no es solo remordimiento: es conciencia. Es mirar la propia vida con una luz más honesta, más desnuda. Y en ese mirar, inevitablemente, hay dolor. Porque uno entiende —demasiado tarde, quizá— que pudo haber amado mejor, que pudo haber sido más paciente, más justo, más verdadero. Y ese «pudo haber sido» tiene algo de cruz que se lleva en silencio.

Sin embargo, no todo es oscuridad en este examen tardío. La fe, si ha echado raíces, introduce una grieta de luz. No borra el pasado, ni lo maquilla, pero lo sitúa en otro horizonte. Porque el Dios en quien creo —y en quien, a pesar de todo, sigo confiando— no es un contable de errores, sino un Padre que rehace. He sentido muchas veces esa palabra que no es mía: perdón. No como olvido, sino como posibilidad. Como si alguien dijera: «Sí, hiciste daño, pero no estás condenado a ser solo eso».

Y, aun así, duele. Duele pensar en quienes pudieron sufrir por mi torpeza, por mis decisiones, por mis silencios. A veces imagino sus vidas siguiendo caminos que yo ya no puedo recorrer, y me pregunto si habrán encontrado paz. Si habrán podido cerrar esas heridas en las que yo tuve parte. Es un pensamiento humilde, casi temeroso: no puedo reparar todo, no puedo volver atrás. Solo puedo confiar. Confiar en que el tiempo, que también es obra de Dios, va poniendo cada cosa en su lugar. Que el amor —incluso el que no supe dar bien— no se pierde del todo.

Hay una esperanza discreta que me sostiene. No es triunfal, no es ruidosa. Es más bien una certeza serena: Dios trabaja también con nuestros errores. Que incluso el daño, sin dejar de ser daño, puede ser lugar de aprendizaje, de crecimiento, de perdón. Que quien sufrió puede llegar a comprender, quizá no hoy, pero algún día. Déu escriu recte amb línies tortes, decía mi madre. Y yo, que he trazado más de una línea torcida, me agarro a esa sabiduría sencilla.

Al final, la vida no se resume en una suma de aciertos y fallos, sino en una historia de misericordia. La mía también. Camino con la culpa, sí, pero no camino solo con ella. La acompaña una esperanza obstinada, casi infantil: que todo será recogido, sanado, reconciliado. Que incluso mis errores, puestos en manos de Dios, pueden ser transformados. Y que, cuando llegue el momento, habrá una palabra más grande que todas las demás. Una palabra que no niega lo vivido, pero lo abraza. Una palabra que, por fin, pone paz. Una palabra de un Padre que es amor, perdón y redención.

Arnau Sunyer

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