Religión

Las últimas 24 horas de Jesús

Jerusalén se prepara para la Pascua. Las calles están llenas de peregrinos y el aire huele a pan recién horneado y a cordero asado. Nadie imagina que, en apenas veinticuatro horas, el acontecimiento decisivo de la historia va a desarrollarse entre esas mismas calles.

Todo comienza al caer la tarde del jueves.


La Última Cena. Jueves, en torno a las 18h.

En una sala del piso superior de una casa de Jerusalén, Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos. Han venido a celebrar la Pascua, la fiesta judía por excelencia. Pero esta cena no es como las demás. Es una cena de despedida. De final. Y todos lo presienten.

En medio de la comida, Jesús se levanta y toma una toalla. Se la ciñe y, acercándose de nuevo a la mesa, comienza a lavar los pies a sus discípulos. A sus amigos. Uno a uno, con cuidado, con cariño, atento a cada uno de ellos. El gesto desconcierta a todos. El Maestro se arrodilla como un siervo. Pedro protesta, pero Jesús insiste: el que quiera ser grande tendrá que aprender a servir. El que no sirve, no sirve. 

Después toma el pan. Lo parte. Lo entrega. 

«Esto es mi cuerpo».

Hace lo mismo con el vino. Lo ofrece. 

«Esta es mi sangre».

Los discípulos no comprenden del todo lo que está sucediendo, pero saben, intuyen, que algo más que solemne acaba de ocurrir. Que han presenciado algo único. Algo que también les afecta a ellos. 

«Haced esto en memoria mía».

Jesús aún tiene tiempo para enseñarles y hablarles. Pero ellos prestan poca atención. No terminan de entenderle nunca. Y esta noche parece aún más enigmático.

Y entonces, la fiesta se interrumpe y llega el momento más incómodo de la noche. Jesús anuncia, sereno ante la mirada sorprendida de sus amigos, que uno de ellos lo va a entregar. Que uno de ellos será quien le lleve a su final. 

Las miradas recorren la mesa, unos a otros se observan, se señalan, murmuran. Nadie sabe a quién se refiere. Excepto uno, claro. 

Cuando ha pasado algo de tiempo, Judas se levanta y abandona la sala. Nadie sospecha nada.

Afuera es ya de noche.


La agonía en Getsemaní. Jueves, en torno a las 22h. 

Cuando acaba la cena, salen de la ciudad. Cruzan el valle del Cedrón y suben hacia el monte que llaman de los Olivos. Van a un huerto llamado Getsemaní. El lugar les es familiar, Jesús ha orado allí muchas veces. 

Pero esta noche todo parece distinto, el ambiente parece tenso. Como una cuerda a punto de romperse. Jesús está inquieto. Angustiado. Les pide a sus discípulos que permanezcan en vela. Que no le dejen solo.

«Velad y orad para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil». 

Él se aparta unos metros para orar. Sus amigos tienen sueño, lo sabe. Siguen algo embotados por la cena. Él mismo nota aún el sabor del vino en los labios. Tratan de resistir, pero poco a poco se van quedando dormidos. 

Jesús está asustado. Sabe que está cerca el momento decisivo, para aquello a lo que vino. Pero no puede evitar que el miedo se cuele en los huesos. 

Allí, en la oscuridad del jardín, experimenta una angustia profunda. Su oración es intensa, desesperada. Aterrada. Implora a su Padre. No sabe bien qué pide. Seguramente no pide nada realmente. Solo que puedan ser las cosas de otra manera. Que no sea así. Que pase aquella hora… que no se cumpla.

«Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz…». 

Vuelve con sus discípulos y los encuentra a todos dormidos. Ni uno de ellos ha sido capaz de quedarse despierto. Está solo. Sus amigos duermen y él está solo.

Se aleja de nuevo. Se arrodilla. Se postra. Se levanta otra vez. Se agarra a un olivo. Siente que no será capaz de hacerlo. Suda sangre. Llora. No puede más. No sabía que ese terror que siente fuera posible. Tiembla del miedo. Pero ora. No deja de orar. 

Así avanza la noche. Entre el silencio y el clamor de un corazón que sufre todo lo que un hombre puede sufrir.

Y entonces, al fin sucede. Suspira. Respira hondo. Mira al cielo. Se seca las lágrimas. Y se entrega por completo a su Padre. 

“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

En ese momento, invadido por una extraña paz, ve aparecer las antorchas entre los olivos. Están aquí. 


El beso de la traición. Viernes, medianoche.

Un grupo de guardias del templo irrumpe en el huerto. Los discípulos se despiertan sobresaltados y tratan de comprender qué está ocurriendo, qué hacen ahí esos hombres. Y Judas, al que le habían perdido la pista, a la cabeza. 

Se acerca a Jesús ante la mirada expectante del resto. Lo saluda. Y lo besa. Como tantas veces ha hecho antes. Pero esta vez es distinto, esa es la señal con la que lo entrega. 

«¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?»

Los soldados lo arrestan y le atan las manos como a un criminal. Tiene sin embargo una profunda y extraña dignidad. Habla sin miedo ni como un malhechor. Parece que estuviese esperando todo aquello y casi como si él fuese quien les dirigiese a ellos y no al revés…

Pedro es el primero de los discípulos que reacciona. Desenvaina la espada y carga contra ellos. Le corta la oreja a uno de los soldados queriendo liberar a Jesús. Pero Jesús lo detiene. La violencia no es el camino, le recuerda. Ni siquiera ahora.

«Quien a hierro mata, a hierro muere».

 Se acerca al soldado que sangra y grita de dolor llevándose la mano a la oreja casi cercenada. Todos se detienen. Jesús con ternura en medio del caos apenas le toca la mano. El soldado se queda asombrado mirando sus ojos. Jesús poniendo la suya donde estaba la de él, hace aún una última curación. Como ha hecho tantas veces en su camino.

En pocos minutos todo ha terminado. Los discípulos salen corriendo aterrorizados, huyen y se dispersan por miedo a lo que pueda sucederles.

Jesús se queda solo. Profundamente solo.


Jesús ante Anás y Caifás, sumos sacerdotes. Viernes, en torno a la 01h. 

Le llevan primero a casa de Anás y después le arrastran al palacio de Caifás, el sumo sacerdote. 

Buscan testigos, acusaciones. Quieren sangre, castigo, venganza. Desean de vuelta el poder que este hombre trata de arrebatarles. Quieren hacerle pagar por haberle perdido el respeto a ellos, los sumos sacerdotes. La voz de Dios en Israel. Los intérpretes de la Ley. La Ley misma que ese Jesús desprecia.

Pero él guarda silencio. No responde, no comenta ni contesta. No les mira siquiera a los ojos cuando le hablan. La noche se llena de preguntas, acusaciones y burlas. Lo sacan y lo meten de las celdas del sótano mientras ellos discuten. Él no habla.

Cuando se cansan del silencio le abofetean, le escupen, tratan de ridiculizarle. Pero no consiguen lo que buscan. Al menos no aparentemente. Porque Jesús se siente solo. Muy solo.

«Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?» 

Por lo demás, guarda silencio.


La negación de Pedro. Viernes, en torno a las 03h.

Afuera, en el patio, Pedro observa las luces del interior, tratando de ver algo, cualquier cosa que le pueda dar una pista de lo que está pasando con Jesús, de lo que van a hacer con él, de si lo que se rumorea que quieren matarle es verdad. Ha llegado con Juan, que sí ha logrado entrar. Él es muy joven y no le pasará nada. Pero tampoco sale para contar qué está sucediendo ahí dentro.

En el interior de Pedro el miedo lucha contra el amor. La voz que le anima a entrar, a desenvainar de nuevo la espada, o al menos a estar al lado de Jesús, a afrontar aquello con él, como en la misma cena había dicho que haría. Y esa otra que le dice que se quede donde está. Que no sea loco. Que quizás desde ahí algo se pueda hacer después. Y gana el miedo. Y las excusas. No se mueve de donde está. Escucha, y trata de aparentar calma en silencio, aún sin ninguna noticia. 

Decide entonces acercarse a un par de criados que andan por allí. Igual ellos saben algo de lo que está sucediendo dentro. Se acerca fingiendo ir a calentarse al fuego del brasero. Pero tres de ellos lo reconocen, y se asusta. No quiere que le pase nada. No le puede pasar nada. ¿Qué hará su familia si le pasa algo?

Así que lo niega. Niega conocerle. Y ellos insisten, pero él no lo reconoce. Tres veces lo niega. 

Y en ese momento, cuando las palabras terminan de salir de su boca, tras un silencio casi profético, canta el gallo. Y Pedro se derrumba.

«Y saliendo fuera, rompió a llorar amargamente…»


La condena del Sanedrín. Viernes, en torno a las 04h.

En el interior del palacio, mientras Pedro lucha contra sí mismo, Caifás convoca al Sanedrín. A escondidas, en medio de la noche. No quiere que nadie se entere de lo que está sucediendo. Aún no. Hasta que esté todo bien atado, no. Pero no pueden alargarlo más, hay que acabar con este asunto cuanto antes. Solo necesitan una confesión. Si no la consiguen, se la inventarán ellos mismos.

«Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios».

Y al fin habla. De nuevo con esa profunda dignidad de quien pareciera que estaba esperando todo lo que va pasando.

«Vosotros lo decís: Yo soy.»

Ya está. No necesitan nada más. Tienen justo lo que querían. La algarabía, los gritos, los sacerdotes rasgándose las vestiduras, mesándose las barbas y tirando de sus largos cabellos, lo confirman.

Ahora ya pueden matarlo. 


El final de Judas. Viernes, en torno a las 05h.

En algún otro lugar, Judas no para de darle vueltas. Se repite una y otra vez lo que ha sucedido, paso por paso. Cómo le contactaron, la promesa que le hicieron, el peso de las monedas en su mano, el secreto que ha callado durante días, el beso. 

Se entera de que los sacerdotes quieren matarlo. Que le han condenado y harán lo que sea para acabar con su vida.

Pero era necesario. Eso es lo que se había dicho a sí mismo cuando había aceptado. Lo de Jesús eran patrañas, promesas vacías. No era así como Israel tenía que ser liberada. No era así como se suponía que tenía que llegar su Reino. 

Lo estaba haciendo todo al revés. Contra Roma no se lucha con amor y perdón. Y mucho menos se la vence. Necesitaban recuperar su identidad, sentir de su lado el poder de Dios. Sí, eso es. Israel necesitaba volver a creer en Dios. Y al principio parecía que Jesús podía ser la solución. 

Pero así no. Así no. Las cosas no funcionan así… ¿verdad? No será un caudillo, pero sí que es un buen hombre. Eso Judas lo tiene claro. Ni un reproche tras su beso, más bien al contrario. En su mirada ha visto comprensión, perdón incluso. Algo que Judas no entiende del todo. También a él le ha lavado los pies durante la cena, sabiendo lo que tramaba, siendo consciente de las monedas que descansaban en sus bolsillos. 

No, no puede ser. No quiere tener nada que ver con esto. No le pueden matar por su culpa. No es esto lo que él quería. 

Ya está. Les devolverá el dinero. Esta misma noche. Así limpiará sus manos. ¿Verdad?

¿Verdad?

¿Verdad? ¿Verdad?

En el fondo sabe que eso no arreglará nada. Si ya han tomado la decisión de acabar con su vida, no habrá nada que les detenga. Y ha sido porque él lo ha entregado. Él lo ha traicionado.

Recuerda su mirada en la cena, en el huerto, y no puede soportarlo. 

La culpa pesa demasiado. 

«Tiró las monedas en el Santuario; después se fue y se ahorcó».


Jesús ante Pilato. Viernes, en torno a las 05h.

Cuando comienza a clarear, los judíos llevan a Jesús ante Poncio Pilato, gobernador romano de Judea. Ellos le han condenado, pero no pueden matarle. Pero es lo que quieren. Tendrán que hacerlo los romanos. Ellos mismos se encargarán de que lo hagan. Quieran o no.

El interrogatorio cambia de tono. La acusación se vuelve política cuando le dicen a Pilato que este hombre se proclama rey. ¿Y quién es rey sino únicamente el César de Roma?

Pilato se pone en guardia. No es lo mismo que uno de estos judíos se proclame profeta de los suyos y cause un poco de revuelo en la calle, a que vaya por ahí llamándose rey. No puede tener en su territorio a alguien cuya presencia ataque la integridad del imperio. Y encima en Pascua, con toda la gente y la tensión que hay en Jerusalén estos días. No puede arriesgarse a que haya disturbios en la ciudad, es lo último que necesita. Ya bastante tiene con soportar sus fiestas sinsentido. 

Esto lo maneja él ahora mismo sin ningún problema. Es consciente que el Sanedrín ha convocado a los suyos para hacer presión, los ve congregados en torno al pretorio. Y encima los sumos sacerdotes no hacen más que atizar la situación. Pero Pilato se ha visto en peores, y ha tratado lo suficiente con judíos para saber cómo manejarles. 

«¿No contestas nada? ¡Mira de cuántas cosas te acusan!»

Interroga al hombre que tiene delante. ¿Jesús se llama? Pero no ve delito ninguno. Este hombre no se quiere proclamar rey. No es un agitador político de ninguna clase. Es un hombre extraño, sí. Enigmático quizás. Pero no un rebelde. Este es otro de esos engaños de los judíos. Tratar de utilizar la ley a su antojo. No respetar al Imperio. Utilizar lo que puedan para sus intrigas religiosas y conseguir lo que ellos quieren siempre. Pero a él no le engañan. ¿No es Galileo? Pues que ellos se entiendan. Lo enviará ante Herodes. Que a él le dejen fuera de todo el asunto y se apañen ellos con sus asuntos religiosos.


Jesús ante Herodes. Viernes, en torno a las 06h.

Herodes no ha llegado a acostarse antes de que le trajeran al tal Jesús. Ha pasado la noche entre vino, risas y mujeres. Busca diversión, algo que le saque de la realidad, y sus hombres le han contado que este hombre es capaz de hacer magia. 

¿Por eso se lo ha mandado el romano? Igual es un ofrecimiento de paz, un regalo para estrechar por fin lazos. Será eso, sí. Tendrá que hacerle un regalo él también. 

Pero pronto se da cuenta que este Jesús es algo extraño. No parece un mago, le da más bien sensación de santurrón. Le pregunta, le pide un truco, trata de sacarle algo. Pero nada. 

Así que se lo devuelve a Pilato. Eso sí, con un regalo de vuelta.

«Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados»


Jesús es coronado. Viernes, en torno a las 07h.

Pues nada, no le ha salido bien la jugada a Pilato. Ese Herodes es un tarambana, y hoy se lo ha vuelto a demostrar. Seguro que seguía borracho cuando le ha mandado al judío. Pero al menos no tiene tanto peligro como los sacerdotes. Quizás Roma pueda valerse de él. Tratará de estrechar lazos. 

Pero tendrá que ser otro día. Ahora mismo tiene que lidiar con el tal Jesús. Quieren que le condene a muerte, pero Pilato no termina de entenderlo. Así que vuelve a interrogarlo. 

«¿Qué es la verdad?»

Aquel hombre no es un hombre cualquiera. Hay algo en él que le dice que no puede matarlo. Su mujer le ha contado hace un rato que ha soñado con él. Hay algo raro en todo esto. No puede ser él quien le condene. 

Aún así, tiene que darle algo a los judíos para contentarles. O no le dejarán en paz. 

«Yo no encuentro ningún motivo para condenar a este hombre».

Así que ordena que lo torturen. Que se ensañen con él, pero que no lleguen a matarlo. Un mal necesario. Espera que Jesús lo comprenda, que lo hace por su bien. 

«Lo azotaron. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas». 


La condena a muerte. Viernes, en torno a  las 08h. 

Este es el último intento de Pilato. Si no funciona, ya no le quedará otra. 

Lo presenta ensangrentado y torturado. Humillado ante su pueblo. El que según ellos se había declarado rey, es enseñado para que se rían y hagan escarnio de él. Un bufón para su odio y su risa. 

«Hizo salir a Jesús al lugar llamado el Enlosado, en hebreo Gábbata, y lo hizo sentar en la sede del tribunal».

¡Aquí tenéis tan solo a un hombre! ¡Reíos! ¡Mofaos e insultadlo! ¡Mirad la piltrafa humana de quien quería ser vuestro rey!

Pilato quiere que así acabe todo. Tiene que darle fin al asunto. La risa es el arma más poderosa, seguro contentará a los judíos. 

Pero no funciona. La presión de la multitud aumenta, cada vez son más los que lo gritan claramente. Quieren sangre. Quieren su muerte. 

«¡Crucifícalo!»

Pilato trata de resistirse. No quiere acabar con la vida de este hombre, de verdad que no. Intenta jugar una última carta y hacerles elegir entre Jesús o Barrabás. No serán capaces de soltar a un asesino. Pero ni aún así. Prefieren al condenado antes que al profeta. 

«¡A ese no, a Barrabás!»

¿Qué les habrá hecho este hombre para que defiendan a un criminal como aquel? No dejan de gritarlo. Que le crucifique. 

«¡Que su sangre caiga sobre nosotros! ¡No eres amigo del César si lo sueltas!»

Pilato empieza a estar nervioso. La presión no deja de aumentar y la situación comienza a preocuparle. La ciudad está despertando y no quiere tener que enfrentarse a una revuelta por este asunto. 

«¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

Finalmente se lava las manos. Nada más puede hacer. Lo ha intentado todo. Espera que el judío lo sepa. Le mira a los ojos y cree encontrar comprensión. Verdaderamente este hombre no tiene culpa alguna, piensa Pilato. Pero no hay otra. Se acabó. 

«Se lavó las manos delante de la gente diciendo: Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis».

La sentencia está decidida. El público ruge y vitorea. 


El camino al Calvario. Viernes, en torno a las 09h.

Los soldados vuelven a ensañarse. Ya no hay restricciones, ya nadie puede hacer nada por él. Y ellos tienen luz verde para hacer lo que quieran. 

«Comenzaron a saludarlo diciendo «¡Viva el rey de los judíos! Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y se arrodillaban ante él para rendirle homenaje». 

Le azotan de nuevo. Más fuerte esta vez. Que sangre de verdad. Le cargan una cruz sobre los hombros en carne viva y le patean cuando se cae al suelo por el peso.  Pero él cierra los ojos y abraza la cruz. Pesa más de lo que ellos imaginan. Pesa más que lo que nadie entiende. En esa cruz carga con todo lo que nadie ha sido capaz de cargar. Carga con todo el pecado de todo hombre y mujer que ha sido, es y será. También el de quienes le azotan y escupen y patean y le insultan. De quien hace eso con tantos otros. Lo que cada ser humano sufre, está en el peso de esa cruz. Y él abraza esa cruz. 

Cuando consigue levantarse, le empujan fuera y le guían por las calles de Jerusalén hacia el Gólgota. 

El camino está lleno de gente, y todos le miran al pasar. Algunos con curiosidad, preguntándose qué habrá hecho para recibir tal castigo. Otros en silencio, sabiéndose cómplices del dolor. Y otros, los menos, cierran los ojos y lloran. Entre la multitud hay de todo, desde rostros que ve por primera vez, hasta aquellos que reconoce como seguidores suyos desde el inicio, desde que comenzó su andadura hace ya tres años. 

Las piedras se le clavan en los pies. El peso de la cruz le entumece los hombros y hace que le tiemblen las rodillas a cada paso. La sangre que le corre por el rostro no le permite ver bien lo que sucede a su alrededor. Cada vez que tropieza, vuelven a azotarle, y las heridas de la espalda escuecen al contacto con las telas. 

La multitud ni hace nada ni piensa hacer nada. Qué van a hacer. Si está así, es por su propia culpa. Unos y otros se lo dicen murmurando. Él mismo se lo ha buscado, se repiten. Que no hubiera hecho nada, que se hubiera quedado quieto y callado. Ahora ya es demasiado tarde, dicen mirando con desprecio. Que no hubiera curado en sábado y que hubiese cumplido la ley. Que no hubiese amenazado con destruir el templo. Que no se hubiera dedicado a alborotar y hablar contra unos y otros. Y antes de apartar la mirada, le escupen, para después que ha pasado, seguir a lo suyo.

Pero también entre la gente, hay quien no escucha nada de eso. Quien no escucha realmente nada. Quien no aparta sus ojos de él. Su madre. María. Le sigue de cerca pero no pronuncia palabra. Se limita a caminar, a tratar de acompañarle en el dolor. Pero cómo hacerlo cuando no puede siquiera soportar el suyo propio. Recuerda entonces aquella escena que el anciano Simeón describió en el Templo, tantos años atrás, y nota el filo de la espada traspasarle el corazón y el alma. Se siente morir por dentro, incapaz de soportar lo que sus ojos están presenciando. 

Y entonces él la mira. Con paz, con ternura, con esperanza. Con una confianza que va más allá de toda confianza. Le regala una sonrisa débil, cómplice, como cuando era apenas un niño y trataba de esconder alguna travesura. Su pequeño. Ese que el Señor le regaló y ahora le arrebata. 

Jesús continúa caminando como puede, sacando fuerzas de donde parece no haberlas. Y se desploma. Una. Dos. Hasta tres veces tocan el suelo sus rodillas. Pero se levanta cada vez y sigue adelante. Mientras tanto, logra decirle unas palabras a unas mujeres que lloran. Otra le limpia el rostro como puede, apartando durante unos instantes la sangre de sus ojos y limpiando la saliva de los escupitajos de la gente. 

No puede más, se está derrumbando. No cree que vaya a ser capaz de lograrlo. Cuando parece que va a caer por cuarta y última vez, los soldados obligan a un hombre que pasaba por allí, un hombre de Cirene, a ayudarle a cargar la cruz. 

El camino continúa hacia el Gólgota, y cada paso que da le acerca más al final. 


Jesús es crucificado. Viernes, en torno a las 12h.

Llegan por fin a lo alto de la montaña y Jesús suelta la cruz, aliviado por un instante. Y se deja caer en el suelo rocoso. El cireneo no tarda en salir corriendo. Tiene también miedo de los soldados. Son una jauría salvaje capaces de hacerle a él cualquier cosa. Quizás lo mismo que a ese pobre hombre. Antes le dirige una última mirada a Jesús y se conmueve con su dolor. Jesús le mira también un segundo. Hay gratitud. Hay amor. Sin saber por qué, al propio Simón se le saltan unas lágrimas antes de marchar.

Los soldados agarran entonces a Jesús, le levantan bruscamente y le arrancan las vestiduras. Vuelven a burlarse y se las reparten, echándolas a suertes. El propio Jesús no reconoce su propio cuerpo desnudo, recorrido de arriba a abajo de heridas. No le quedan fuerzas ni para luchar contra la vergüenza al sentir los ojos de la gente puestos sobre él.

Los romanos le arrastran de nuevo hasta la cruz y le tumban sobre ella. Juntan sus manos con el madero y colocan los clavos encima. El frío del metal contrasta con el calor de su piel, que se desgarra con el primer golpe del martillo. Le perforan las muñecas primero y los tobillos después. Golpean una y otra vez, hasta que están seguros de que está bien sujeto. Su carne se junta con la cruz, y el olor de la sangre se confunde con el de la madera. Y durante apenas un instante, el mundo a su alrededor no existe, y Jesús vuelve a estar en el taller de su padre. Al olor de la madera de cuando era un niño. Papá. Abba. 

El dolor es dolor sobre dolor. Le duele todo, y a la vez no tiene fuerzas para que ya le duela nada. No sabe qué es peor, si el dolor físico que soporta desde la madrugada, o el dolor del corazón. Ese que carga desde hace tanto tiempo. Ese que le acompaña desde que comenzó la condena. No hace apenas unas horas, si no meses. Quizás años. Nunca este pueblo de dura cerviz aceptó la luz.

Sobre su cabeza colocan un cartel que reza «Jesús de Nazaret, rey de los judíos». Los sacerdotes tratan de protestar. Eso es precisamente lo que estaban evitando, que la gente creyera que este hombre es rey. Pero ya nadie les hace caso. A estas alturas, qué más dará. Que sea Rey. 

Elevan su cruz, entre el cielo y la tierra, y desde allí arriba puede ver Jerusalén. El sol está en lo alto y el cielo está despejado, así que sus ojos alcanzan a ver un paisaje tan bello que choca con la brutalidad y el dolor que siente. Entre la sangre y los ojos hinchados ve el mundo con toda su hermosura. Incluso así y ahora, el mundo es hermoso. Incluso así y ahora merece la pena y el dolor amarlo. Imperceptiblemente, Jesús incluso lanza una sonrisa.

A su lado crucifican a dos delincuentes. Cruza algunas palabras con ellos. El primero se burla de él y parece personificar a todos los que, desde abajo, le señalan y murmuran. El segundo ha llegado arrepentido, y su compasión puede más. Incluso en esta situación puede haber salvación. 

«Hoy estarás conmigo en el paraíso».

Jesús no termina de perder la conciencia, aunque su cuerpo le grita que sucumba de una vez. 

«Tengo sed».

Quieren adormecerlo con mirra y vino, pero él no se deja. Ya está todo hecho, para esto es para lo que vino. Tiene que ser todo. 

Tiene que serlo todo. 


El silencio de la tierra. Viernes, justo antes de las 15h.

Las horas pasan lentamente, como si el universo quisiera alargar lo inevitable. El tiempo parece detenerse. Una oscuridad cubre la región de pronto, sumiéndose todo en la sombra.

Al pie de la cruz, delante del pequeño grupo que aún acompaña su agonía, se encuentra su madre. Permanece en silencio, sin apartar la mirada de su hijo. A su lado, el discípulo amado, el joven Juan. Lloran también las mujeres que han sido sus amigas y discípulas: la Magdalena, Salomé y María la mujer de Cleofás. Jesús les mira desde lo alto, y dirigiéndose a su madre y a Juan, en medio del dolor, pronuncia unas palabras que la tradición cristiana no olvidará.

«Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre».

Desde ese momento, el discípulo la acogerá en su casa. Ahí, mientras el mundo parece oscurecerse a cada segundo que pasa, nace una nueva familia al pie de la cruz. Ahí nace el comienzo de la comunidad de sus seguidores. Ahí el viejo pueblo de Israel y el nuevo pueblo de Cristo compartirán casa, hogar, asamblea: Iglesia.

Las horas continúan pasando. Y Jesús, desde el madero, pronuncia palabras de perdón. 

«Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen…»

Perdona a quienes le han crucificado. A quienes le han escupido, apaleado, empujado, ridiculizado. Tiene también perdón para todos ellos. Y en ellos, perdona a todo hombre y mujer…

Y se dirige una última vez a su Padre. Orando, como siempre ha hecho. Alabando su gloria y pidiendo misericordia. Con el salmo que se reza ante los difuntos. 

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Su hora está cerca, lo sabe. 

Se siente morir. 

«Todo está cumplido».


Jesús muere en la cruz. Viernes, 15h. 

Después de horas de agonía, Jesús levanta la voz por última vez. Y entrega su vida por completo. Por todo y por todos. Como estaba escrito que sucedería. No se la arrebatan. Él la entrega.

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Jesús con el último resuello lanza un grito y muere. Clavado en el madero, entre el cielo y la tierra. Muere.

El soldado romano, obligado a comprobar su muerte, le clava su lanza atravesando su pecho y para asombro suyo y de todos, de la herida sale agua limpia y sangre. El centurión, llamado Longinos, testigo de todo lo que ha sucedido, cae en la cuenta de la verdad. 

«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

El que era Hijo de Dios, Señor de la Historia, Autor de la Vida, Palabra del Padre, entrega su vida por amor al mundo.

Y muere.


Jesús es sepultado. Viernes, en torno a las 16h.

El día se acerca a su final. La multitud se ha dispersado, ya no hay nada que ver. El ruido en el Gólgota se apaga. 

Un par de hombres acercan una escalera a la cruz de Jesús y suben a desclavar sus manos y sus pies del madero. Lo hacen con cuidado, tratando que no se les caiga el cuerpo encima, pero con algo de prisa, pues se acerca el Sabat. 

Cuando lo han separado de la cruz que ha acogido su muerte, bajan el cuerpo sin vida, recogen los clavos, le quitan la corona de espinas y lo depositan en brazos de su madre. El mismo cuerpo que años atrás había sostenido en sus brazos cuando era un niño en Belén. El mismo que había protegido durante la huida a Egipto. El mismo que había visto crecer en Nazaret. 

Vuelve a sostenerlo, pero ya no es aquel niño que la miraba tiernamente. Y las manos que un día lo acunaban, hoy tratan de alargar este momento un poco más. Ya no quedan siquiera lágrimas, solo silencio. 

Jamás una madre debiera abrazar el cuerpo inerte, frío y sin vida de un hijo.

Pero el tiempo corre en su contra y el descanso del sábado está cada vez más cerca. Tienen que darse prisa si quieren darle sepultura.

José de Arimatea y Nicodemo, miembros respetados los dos del consejo judío y seguidores en secreto de Jesús, piden a Pilato el cuerpo de Jesús para enterrrarlo según el rito judío. El gobernador se lo da, como un último gesto de compasión. Era un hombre extraño. Y fueron los suyos los que le empujaron a la muerte. Que al menos lo sepulten dignamente. 

José y Nicodemo toman el cuerpo de manos de María y lo llevan a un sepulcro excavado en la roca, no muy lejos del Gólgota. Colocan dentro a Jesús delicadamente, como si temieran hacerle más daño. Limpian su cuerpo como pueden porque está cerca la caída del sol con la que comienza el sábado. Le colocan un sudario en la cabeza. Lo envuelven en una sábana. Y cuando queda poco para que caiga el sol, entre ellos dos y sus criados ruedan con esfuerzo una gran piedra hasta cerrar la entrada. No ha dado tiempo a prepararlo como es debido, a lavarlo, ungirlo y perfumarlo. Pero vendrán cuando pase la fiesta con las mujeres para que ellas lo terminen de arreglar.

La tarde cae sobre Jerusalén. Cada uno marcha abatido, hundido y destrozado a su casa. Defraudados. Acabados.

Los discípulos piensan en marchar cuanto antes de Jerusalén, mientras se esconden asustados sin saber si ahora irán a por ellos. Pedro, el pescador galileo curtido y duro, llora inconsolable. El cuerpo de Judas lo han encontrado en la mañana. Todos parecen haber perdido toda esperanza. 

Bueno. No todos. María no. María no sabe qué ni cómo sucederá. Pero algo espera. 

En el sepulcro de Jesús todo está en silencio.

Pero ese silencio no es el fin de esta historia. Al contrario. 

Es tan solo el comienzo.