Ceniza
Recuerda que eres polvo y al polvo regresarás.
Aunque la higuera no eche yemas. Aunque el olivo olvide su aceituna. Aunque se acaben las ovejas del redil. Exulta al Señor. Glóriate en tu Salvador.
Porque eres polvo y al polvo regresas.
Deja que te tiemblen las entrañas. Que se estremezcan tus labios. Que el frío penetre y te habite los huesos.
No eres nada más que polvo. De él vienes y a él regresas.
Acuérdate en el terremoto de su misericordia. No olvides la herida del costado. Recuerda la sangre en su rostro, que miraba al tuyo. Y levántate. Alza la cabeza. Se acerca tu liberación.
Alégrate. Porque solo eres polvo.
La madera que te acoja se pudrirá. Desaparecerán tus entrañas en la tierra. Se borrará tu nombre de la memoria. Y la mortaja que te vista no tendrá bolsillos. Así acabarán tus días. Que no habrán hecho más que empezar.
Polvo. Nada más. Pero tampoco nada menos.
Sucederá. Y no podrás evitarlo. La higuera no echará yemas. El olivo olvidará su aceituna. Las ovejas huirán del redil. Pero tú exultarás al Señor.
De Él vienes. Y a Él regresas.
Y caerás. Y esta vez no te levantarás, sino que te elevarán. Al revelarse su majestad responderá la tierra con coros de alabanza.
Bendice al Señor. Glóriate en su misericordia. Porque solo eres polvo.
Porque el tiempo es tiempo. El lugar es siempre y solo lugar. Lo efectivo solo es una vez y solo para un lugar.
Y tú, polvo. Nada más que polvo.
Con nostalgia de gloria. De un fuego debilitado y resiliente. Como la higuera, como el olivo, como el redil. Lo que fuiste, lo que eres, lo que serás. Lo que quisiste ser. Lo que quisieron que fueras.
Ahora solo polvo. Alégrate. Se acerca tu liberación.
Elena Martín Tascón

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