Opinión

¿Practicantes pero no creyentes?

Creo que todos, de alguna u otra forma, estamos enterados del fenómeno religioso que está ocurriendo en España en los últimos meses, porque figuras muy mediáticas y con un perfil religioso poco o nada conocido son protagonistas. Rosalía habla de su deseo de Dios en su producción Lux, pero también en redes y entrevistas. Pablo Garna, el influencer que opta por entrar al seminario, y el actor Jaime Lorente hablan públicamente y sin tapujos de su experiencia de encuentro con Dios.

A esto se suma la película Los domingos —muy recomendable—, concebida y realizada por personas no precisamente cercanas a la fe o a la Iglesia, pero que aborda con maestría un tema que atañe profundamente a la fe y que impregna y trastorna todo el ámbito familiar y social. Por otro lado, y esta vez sí desde un ámbito puramente creyente, Hakuna realiza conciertos multitudinarios con un repertorio totalmente cristiano. Estos por mencionar algunos de los casos locales más llamativos, pero la lista podría alargarse.

Las reacciones

El fenómeno es tan llamativo que muchos han querido hablar de él, dar su opinión y analizarlo. Y no hablamos solo de los modestos —y no siempre afortunados— comentarios en redes, sino de personas de renombre como Pedro García Cuartango, Fernando Savater o Juan Manuel de Prada, quienes desde su autoridad y erudición han abordado el tema.

El asunto ha dado tanto de qué hablar que se ha buscado identificarlo y definirlo. Unos lo llaman “renacer religioso de la juventud”, añadiendo occidental porque no es un fenómeno que acontezca solo en España, sino también en otros países de Europa, Estados Unidos y otros del llamado mundo desarrollado. Pero nos centraremos en España por ahora, donde otros lo llaman “regreso de Dios”, “renacer católico” o, con mayor propiedad académica, “giro católico”, como lo acuña Diego S. Garrocho en un brillante artículo así titulado —también muy recomendable— publicado en El País el mes pasado. Quien no tenga la suscripción a El País, lo puede leer en Religión y Escuela. 

Todos estos análisis tienen en común que se aproximan al fenómeno desde una perspectiva antropológica o sociológica. Buscan desentrañar el porqué del fenómeno, sus causas, su significado, y dilucidar si detrás de ello hay un interés mercantilista que quiere impulsar una moda, o un afán ideológico que desea resucitar posturas políticas que usan los valores cristianos como motivación ideológica. Para ambos intereses, el público joven, muy expuesto y vulnerable a la influencia de las TIC, resulta un objetivo apetecible. Porque eso es precisamente lo que despierta interés e interrogantes: ¿por qué la juventud, en este caso la española, es la que está interesada en temas religiosos si ha crecido en un ambiente de indiferencia e incluso de hostilidad hacia lo religioso, más exactamente hacia lo cristiano y más a lo católico?

Las hipótesis abundan y el ejercicio académico resulta interesante. Las posibles respuestas al fenómeno apuntan a la búsqueda de refugio, de valores con mayor densidad y profundidad, de una identidad firme que se contrapone a la licuefacción de la posmodernidad. Y, claro, el catolicismo ofrece una estructura y un contenido sólidos que responden a todo esto. Desde esta perspectiva, se concibe el catolicismo como fenómeno social, en algunas épocas masivo, con una doctrina milenaria que ha prestado una utilidad muy valiosa a la civilización occidental, que muchos han querido minimizar o descartar y que ahora vuelve a resultar atractiva.

Coinciden también en que es muy pronto para extraer conclusiones, enarbolar triunfalismos y, mucho menos, aventurar previsiones acerca de hacia dónde conducirá todo esto. El llamamiento a la prudencia es prácticamente unánime.

Una lectura creyente

Desde la fe, no hablamos de análisis, sino de discernimiento. Y sí, para discernir hay que analizar y formular hipótesis, pero en el elenco de variables hay que incluir la variable de lo real trascendente, es decir, la Gracia: la acción real, eficaz y gratuita en la historia del Dios revelado en Jesucristo, que por misteriosa no deja de ser evidente. La acción del Espíritu, que “sopla donde quiere y cuando quiere” (cf. Jn 3,8), que lo toca todo y lo renueva todo. Con esta variable en el elenco tenemos una visión más amplia, sabia y prudente para evaluar de dónde viene este fenómeno, qué nos dice y a dónde podría conducir. Eso que se entiende por “leer los signos de los tiempos”.

Es llamativo que algunos de los análisis antes mencionados —incluso de personas vinculadas a la fe, entre ellas sacerdotes— no incluyan la Gracia entre las hipótesis. Solo he encontrado un escrito que sí lo hace, de manera enfática pero muy respetuosa, al reaccionar ante esta ausencia en otras opiniones. Se titula Reflexión en torno al artículo “El giro católico” de Diego Garrocho en El País, lo firma Antonio Bosh.

Advertir esta ausencia conecta con algo que me llamó poderosamente la atención en las diversas opiniones que he leído y escuchado en estos días. En una entrevista, la directora de Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa, aludía a una manera de relacionarse con lo religioso desde una actitud “practicante pero no creyente”, que —dice ella— también puede observarse en el ámbito familiar. Yo había escuchado la expresión inversa: “creyentes pero no practicantes”, para referirse a quienes dicen creer en Dios, pero no en una religión, doctrina o ritualidad. Pero en boca de Alauda Ruiz la expresión fue para mí como una revelación, pues describe perfectamente la vivencia religiosa asumida desde el “siempre se ha hecho así”, “es lo que me enseñaron mis padres y el colegio”, en resumen, el llamado catolicismo cultural, adquirido por herencia familiar, origen étnico o afinidad histórica y artística. Porque sí, perfectamente se pueden practicar —mejor o peor— unos ritos, una moral y adherirse a una doctrina, pero sin una convicción sólida y genuina. En otras palabras, se puede estar y funcionar perfectamente en el ámbito católico sin ser necesariamente cristiano.

En el caso del cristianismo, y por tanto del cristianismo católico, esa convicción genuina sólo puede venir de una experiencia de fe con el Dios personal quien guía y fundamenta al pueblo creyente, es decir, la Iglesia. Eso que intenta describir Jaime Lorente cuando explica que, a pesar de ser hijo de una familia profundamente creyente y comprometida, que vive su fe católica según el Camino Neocatecumenal, en un momento de su vida tiene una experiencia religiosa indescriptible que le ha dado la certeza de que no se cree en algo, sino que se cree —y confía— en alguien.

Este fenómeno religioso es tan fuerte que interpela a todo el mundo, y nos debe cuestionar también a quienes nos llamamos creyentes. ¿En qué creemos? ¿En algo? Un cuerpo doctrinal, un conjunto de ritos formales y un catálogo ético-moral que orienta nuestro quehacer. ¿O en alguien? Un Dios personal, con inteligencia y voluntad, que vino, viene y vendrá. La característica distintiva del cristianismo católico es la necesidad y búsqueda de un Dios al que no se encuentra, al que no se llega, al que no se alcanza. No porque sea inaccesible o distante, sino porque es Él quien nos encuentra en esa búsqueda. Caminamos hacia Dios, pero es Él quien viene a nuestro encuentro. Nosotros no revelamos a Dios: es Él quien se revela. (Mt 16,17; Mt 11,27; Lc 10,22).

Sin duda, hay que dar tiempo para analizar y discernir todo esto que está aconteciendo, con prudencia y paz, examinando las preguntas que se van planteando. En este tiempo de Adviento, donde se nos invita a estar atentos, despiertos y preparados, otra cuestión que surge es: ¿está la Iglesia española preparada para acoger y acompañar a los neoconversos que irán llegando como fruto de este fenómeno? Ya el tiempo lo irá mostrando.

Fray Diego Rojas, O.P.