Cultura

Bajaste de tu trono, y viniste a la puerta de mi choza

En este poema de Gitanjali (Ofrenda lírica) de Rabindanth Tagore (1861-1941) me parece encontrar un cierto eco del misterio de la Encarnación, así como de las actitudes de agradecimiento, espera confiada, paciencia y alegría, que dibujan la trayectoria del Adviento.

Quiero reflexionar hoy sobre el Adviento con este gran poeta y artista polifacético bengalí, que mereció el premio Nobel de literatura en 1913, y fundó su propia escuela Shantiniketan (Morada de paz), donde difundir su pensamiento humanista y su profundo amor por la vida. Tagore fue amigo de nuestro Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí, la cual hizo algunas de las primeras versiones en español de sus poemas y lo dio a conocer en los países hispanohablantes. Ojalá esta su Ofrenda lírica nos pueda ayudar a abrir la mente y el corazón, a superar el desánimo reinante en este mundo tan aturdido y a entender que el Adviento ha de ser cosa de todos. Pues Él viene, viene siempre, en cada instante y en cada edad. No sólo para unos pocos, ni mucho menos sólo para nuestras iglesias lánguidas, vacías, a veces sectarias.

Desde lejos, se ensanchan perspectivas. Como ya he señalado en otras ocasiones aquí no hay espejismos prenavideños ni fiebres de consumo, son otras las urgencias. Desde la misión, sin embargo, escucho los ensayos interminables de los coros. Y quizá han sido estos ecos repetidos, con el fondo de las tormentas tropicales, mientras atardece en el patio de Maravillas, los que me han devuelto a Tagore:  

Que todas las alegrías se unan en mi última canción: la alegría que hace desbordarse a la tierra en el exceso desenfrenado de la yerba; la alegría que echa a bailar vida y muerte, hermanas gemelas, por el vasto mundo; la alegría que la tempestad barre adentro, despertando y sacudiéndolo todo…

El Adviento como invitación al despertar real y encarnado, no sólo espiritual, como esperanza sostenida en medio de la adversidad, como actitud de compasión, como deseo profundo y sereno de paz, sanación y conversión, no debería ser patrimonio de nuestra religión descreída. El Adviento anuncia ese día que habrá de llegar, según Isaías, cuando desde el monte santo, se anuncie la vista a los ciegos, los brincos a los cojos, y el festín de vinos y manjares exquisitos a los hambrientos, hambres también de Alegría y Justicia.

En Gitanjali (1910) Tagore hace un hermoso despliegue de alabanzas, súplicas y adoración que expresan una profunda experiencia orante, en el tono del Adviento, semejante a los Salmos. ¡Abrid las puertas! ¡Que suenen las trompetas! ¡Ha venido el Rey de nuestra triste casa oscura, en la profundidad de la noche!  También me recuerda la salida anhelante en la noche oscura del alma de san Juan de la Cruz y el escondimiento del Cántico: 

¿Dónde estás tú, amor mío? ¿Por qué te escondes detrás de todos, en la sombra? ¡Te empujan y te pasan por el camino polvoriento, creyendo que no eres nadie! Yo no sé  el tiempo que hace que te espero, cansado, con mis ofrendas para ti; y los que van y vienen, toman mis flores, una a una, y dejan vacío mi canasto.

Dejar vacío mi canasto, dar y recibir, porque el recorrido del Adviento no es un camino en solitario, de la misma manera que la búsqueda de Tagore no es ensimismada o pseudo mística, como testimonia su vida de actividad incansable por la promoción humana, es una andadura de compromiso y encuentro con el otro: con el cojo, con el ciego, con el pobre, con el niño, así fue la existencia junto a su pueblo, impregnada de sabiduría y humildad y rechazando los honores espureos, a pesar de su ascendencia noble. Las ganancias del Nobel las invirtió en su labor educativa por el mundo. Por eso puede decir:

Tú me has traído amigos que no me conocían. Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas. Tú me has acercado lo distante y me has hermanado con lo  desconocido… Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero, ninguna puerta está cerrada. ¡Señor!

La plenitud del don que se recibe con sencillez se expande magnífica en la generosidad, en la abundancia y en la conciencia de ser instrumento del amor divino: 

¡Qué plenitud la de tu alegría en mí! ¡Qué descendimiento a mí el tuyo! Señor de todos los cielos, si yo no existiera, ¿qué sería de tu amor?  Me tienes como compañero de tu tesoro; tus alegrías están jugando sin parar en mi corazón y tu voluntad está siempre recreándose en mi vida.

En mi vida recreándose tu voluntad, como en María, así sea la música celestial, recibida en la intimidad del silencio y custodiada en el corazón, la que proclame la grandeza del Dador: 

Callen mis palabras bulliciosas, callen mis gritos, que así lo quiere mi Señor. Desde hoy, hablaré en susurro, y una suave melodía llevará la palabra de mi corazón.

El Adviento nos prepara para la gran alegría, el Verbo que se hizo carne y nos habitó. Nos habita, vino y hoy sigue viniendo para colmar los más profundos anhelos, pues es Dios mismo que, como dice san Ireneo se complace en la gloria del hombre, por eso canta Tagore: 

Tu maya* es que yo sea cuanto pueda ser, que eche, en mil vueltas, mil sombras de colores sobre tu resplandor. Pones una valla a tu propio ser, y luego llamas, con voces infinitas, a tu ser separado. Y esta parte de ti mismo es la que se ha encarnado en mí. 

Pero somos en el tiempo, que tanto nos cuesta aceptar, este tiempo que nos desgasta y nos impacienta, el tiempo vivido que es, a su vez, la pedagogía de Dios para conducirnos a lo eterno. Así recoge nuestro poeta esta paradoja que a veces nos desgarra por dentro, y que se evidencia precisamente en la catequesis del Adviento: 

El tiempo es infinito en tus manos, Dios mío. ¿Quién podrá contar tus minutos? Pasan días y noches, se abren los años y luego se mustian, como flores. Tú sabes esperar. 

Cerrando ya esta reflexión, no podemos ignorar que la experiencia de la muerte y el dolor no le fue ajena a nuestro poeta, pues perdió siendo niño a sus padres, también a su esposa. Y tempranamente murieron sus dos hijos. 

El sufrimiento incomprensible de Job, el celo de los profetas del Antiguo Testamento, los anhelos que inspiran los poemas de nuestros místicos, me vienen a la memoria hoy, releyendo a Tagore, siendo todos ellos, desde la conciencia de la finitud, los testigos más lúcidos y apasionados de esta gran noticia que nos trae el Adviento, porque Él viene, viene siempre, ¿no oíste sus pasos silenciosos?

*Maya, en el hinduismo y otras tradiciones orientales, es el velo de ilusión cósmica, que se nos muestra como apariencia y oculta la verdadera realidad del universo.

Sagrario Rollán