Opinión

Urgente o esencial

Con la llegada de septiembre, los amantes de los útiles de papelería perdemos la cordura. Todo nos parece indispensable, acumulando objetos que, en realidad, sirven para lo mismo. Pero no, no es igual: uno lo hace en 0.5 mm y el otro en 0.7; uno en verde y otro en azul.

Por supuesto, también es la época de los planificadores, agendas, blocs de notas y diarios. ¿Soy la única que acumula cuadernos estrenados en septiembre con un proyecto que no llegó a noviembre? Y en mi cabezonería, me resisto a darles otro uso porque confío en que algún día continuaré la idea que me hizo comenzar aquella primera página. 

Pero, volviendo a lo de los planificadores –de los que soy fan−, empezar el curso supone dar forma e intentar concretar todas esas vagas ideas que comenzaron a asaltarme en mayo y junio; meses en los que todavía tenía la excusa de: “ahora no tiene sentido, cuando empecemos septiembre me pongo en serio con ello”. Y aquí estoy, en pleno septiembre, absorbida por urgencias que no me dejan cumplir con el programa que yo misma me impuse. En esa lucha estoy desde el uno de este mes, enfadada conmigo misma porque ya he “perdido” más de dos semanas entre problemas de salud, propios y ajenos, cuestiones prácticas del día a día, y labores ordinarias en un Monasterio. Desde luego, nada digno de estar apuntado –y ser satisfactoriamente tachado− en mi agenda de tareas: ¿preparar un pedido de pastas? ¿ayudar a sor Fulanita? ¿descansar? ¿llamar a Menganito? ¿acordarme de pasar el recado de no sé quién? Mi celda se ha llenado de post-its, pequeños papeles cuya función es temporal y cuya vida es demasiado corta para formar parte de la historia de nadie. Constantemente me reprocho estar absorbida por lo urgente y dejar de lado lo esencial.

Pero esta última semana estuve dando vueltas a todo ello. Y me di cuenta que podía tratarse de un sutil engaño. Mientras aspiro a lograr objetivos ideales, pierdo la ocasión de vivir la realidad. Mientras intento llegar a todos esos “deberías” que abarrotan el mañana, se me va de las manos lo concreto, el aquí y el ahora de este presente. Porque, ¿hay quehaceres que se puedan etiquetar objetivamente de urgentes y otros de esenciales? ¿No es en realidad el modo de vivir cada uno lo que los hace urgentes o esenciales? La ansiedad por quitarme de encima aquella tarea la convierte en urgente y me impide vivirla como esencial, porque no la hago con amor, entrega y disponibilidad, sino con prisa. Y el obcecarme en defender mi parcela de tiempo para emplearlo en aquello que creo esencial, aun al precio de ser egoísta y desatender a quien lo necesita, hace que se convierta precisamente en una traición a lo esencial. Como aquellos personajes del Evangelio que pasaron de largo frente al hombre asaltado camino de Jericó (Lc 10, 25-37), porque no podían detenerse en una urgencia y desatender lo que consideraban importante. Curiosamente, ese párrafo evangélico termina con la famosa reprensión de Jesús a su amiga Marta (Lc 10, 41): ¡Te afanas por tantas cosas! Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Atendemos las urgencias y nos afanamos, o cuidamos lo esencial aunque se nos caiga la casa encima?

Alguien me preguntó estos días pasados si ya estaba escribiendo un nuevo libro. “Ya no tengo tiempo”, contesté, “ahora me toca atender otros quehaceres, más a corto plazo”. “El libro que ahora escribes es de otro tipo”, me respondió, para mi sorpresa. Y me trajo a la memoria la primera homilía que escuchamos al recién elegido Maestro de la Orden, allá por el año 2019:

Creo que ha de haber una buena razón para que no se haya recogido ninguna homilía de Domingo. Os invito a usar vuestra imaginación y a suponer que tal ausencia tiene por objeto resaltar el misterio de que, para Domingo, su sermón perdurable es la Orden que él fundó. No llamó a los primeros conventos casas para predicadores, sino la Santa Predicación misma. Todos somos la homilía de Santo Domingo en nuestro mundo de hoy. Somos parte del texto en constante expansión de su sermón. La palabra texto proviene del latín texere, que significa tejer. El texto del sermón de Domingo es un entretejido de la vida y el testimonio de aquellos que están cautivados por su espíritu, por su pasión por la verdad y su compasión por la humanidad. Y si podemos imaginar que somos parte de la predicación de Domingo, os invito a considerar dónde estáis en el texto de la homilía de Santo Domingo. ¿Estás justo en medio del texto, en grandes letras negritas? ¿Eres una aburrida e insignificante nota a pie de página al final del folio? ¿Eres una nota al pie de página que nadie lee pero que realmente se debería leer, porque si se leyese, se descubriría algo interesante que proporciona un nuevo modo de comprender el texto que ofrece nuevas direcciones esclarecedoras? ¿Eres una nota al margen, que reflexiona o critica el texto? Tal vez estés al margen, apenas colgando de la página, pero esa existencia marginal marca los límites del texto y produce el mundo en el que el texto tiene su existencia. ¿Y qué dice este texto? ¿Qué tienes que decir tú, el texto, por ti mismo? Somos la única –pero duradera– predicación de Domingo en nuestro mundo de hoy.

(Homilía del MO, Fray Gerard Francisco Timoner O.P. en la misa conclusiva del Capítulo General de 2019)

Quizá, la respuesta a estos agobios de principio de curso esté en vivir lo urgente desde lo esencial. Da igual qué sea aquello que en este momento deba atender. No hay servicios ni tareas más nobles que otras: es el corazón que nos mueve el que puede elevar cada una de nuestras acciones, desde desinfectar el váter a publicar un libro. Como dijo el Papa León en su homilía de la Canonización de los jóvenes Acutis y Frassati: «Amar el mañana es dar hoy nuestro mejor fruto». Y en ese fruto, pequeño, discreto y aburrido de hoy, nos jugamos escribir el verdadero libro de nuestra vida. 

Sor Teresa Cadarso, OP

Un comentario en «Urgente o esencial»

Los comentarios están cerrados.