Cultura

Recomendaciones de Verano. Buscar la fuente

En estos días de calor sofocante con algunos respiros, en que al menos las noches más frescas nos permiten descansar, podemos encontrar esa invitación callada a buscar la fuente. Buscar la fuente significa apartarnos conscientemente del tráfago, de la ansiedad, de la prisa, tal vez también de la queja, incluso de la precipitación por las merecidas vacaciones.

Buscar la fuente es abrir un espacio de frescor y refrigerio espiritual allí donde cada cual lo encuentre, para todos hay descanso y sombra amable. No tiene por qué ser en una ermita, o con una lectura expresamente espiritual, aunque para algunos esto sea lo más propicio. Se trata, más bien, de seguir la pista de nuestra interioridad, el anhelo más profundo del corazón…, lejos del ajetreo de las vacaciones intempestivas, del aquí y allá de las terrazas, de los festivales, de los viajes y encuentros que no colman nuestra sed.

Buscar la fuente es como seguir aquel rastro de infancia de las luciérnagas, por los prados, remontando las orillas del río. Es, sobre todo, abrir espacios de verdadero encuentro y ahondamiento en el sentido de nuestra propia existencia, de la de cada uno y la de cada uno con otros familiares, amigos, hermanos de vocación o de misión.

En busca de la fuente rastreamos el espacio habitable y acogedor del corazón, donde reconocemos nuestras necesidades y frustraciones, pero donde, si seguimos buceando, encontraremos, a buen seguro, nuestras verdaderas filiaciones. Entonces seremos capaces de relativizar, tal vez, las inquietudes que nos acosan en el día a día, tanto en la vida privada como en la vida pública.

La fuente se busca, por ejemplo, al aire de ese soplo que nos empuja leves, caminando en silencio por la naturaleza. Se  busca y se encuentra la fuente mirándose en el espejo del río, que baja cada vez más sediento de las estribaciones de una serranías donde ya nieva poco, porque el cambio climático y etc. También puede ser dejarse encantar al adentrarse en ese libro que se ha ido dejando a lo largo del curso escolar, sumergirse despreocupadamente en una lectura que puede ser relectura,  porque hace años tal novela o aquel poemario, o el ensayo  universitario que hubimos de desentrañar para un trabajo académico, nos descubrió algo nuevo y hoy queremos saber cómo, a lo largo del tiempo la raíz de aquella experiencia, en la hermenéutica del corazón,  alentó en nosotros el impulso de búsqueda en la juventud primera. 

Buscar la fuente, acercarse al rumoroso silencio que late más adentro, y umbrío nos aguarda, un cántaro en la alacena de la memoria, un festín en los prados de la infancia, una veta de eternidad a la que en el remoto paraíso nos hemos asomado. Porque en busca de la fuente, acontece serenarse, encontrarse, ofrecerse, acercarse …, como Nicodemo en la noche, para querer ser nuevo, volver a nacer desde nuestras raíces más hondas y con el empuje de aquellas alas primeras. 

Buscar la fuente nos transporta a la compañía de El principito, cuando Saint-Exupéry elogia el desierto, porque sabe que el desierto siempre esconde una fuente. Por eso, a veces, buscar la fuente puede ser soportar con serenidad y un poco de alegría, y hasta agradecimiento, el desierto que nos agobia y nos aprieta en el revés de los zapatos, la vida tiene tantos desiertos…

Es aquel irse con María Zambrano por los Claros del bosque pues de claro en claro se va descubriendo un sentido nuevo que, sólo si perseveramos, nos va a entregar su secreto

¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados…! y caminar en la noche con San Juan de la Cruz, y cantar, y evocar, y estar dispuestos a aceptar sombras y extravíos:

“Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada”
(Cántico espiritual 29)

Por eso, por tanto, por los sueños rotos, y por los que renacen y vuelven a florecer como los lirios del campo, me parece una propuesta ideal para el verano esta de buscar la fuente.

Sagrario Rollán