Francisco: un Papa entre la alegría y la esperanza
En el momento en el que falleció el papa Francisco me encontraba en mi lugar de origen, Tenerife. Y fue curioso ver cómo mi padre, mientras veía el televisor, hacía sus cálculos entre fechas y nombres para decirme cuántos Papas había conocido desde Pio XII hasta Francisco. Y me atrevo a decir que todos, al igual que mi padre, de una u otra manera, hemos hecho estos cálculos alguna vez. Sí, Francisco, el 266 sucesor del Apóstol San Pedro, ha fallecido. Es más, aún está de cuerpo presente. Y en estos momentos de sede vacante ¿qué podemos decir de él? ¿Qué idea mostrar, grosso modo, sobre alguien que hace doce años rompió con los estereotipos a los que estábamos habituados? Es cierto que no es momento ni lugar para un análisis vaticanista -tampoco estoy capacitado para ello-. Sin embargo, creo que podemos decir que Francisco ni lo tuvo fácil ni lo puso fácil. Y es que apostar por las periferias ha sido todo un reto que ha hecho que sus detractores lo hayan tildado de hereje y hasta se hayan proclamado sedevacantistas. Mientras que, por otro lado, sus admiradores han visto en Francisco no solo un hombre de Dios sino alguien profundamente enamorado de la humanidad. Pero, sea como fuere, lejos de detractores y admiradores, en estos momentos donde nos preparamos para celebrar su funeral, podemos decir que llegar donde no se había llegado antes ha sido el pedigrí de este Pontificado. Un Pontificado que ha sido tan apasionante como convulso y un Papa que, sin duda alguna, ha dejado huella.
Creo que hay dos palabras que podrían resumir el legado que deja Francisco. Es cierto que se podrían decir muchas más, pero quisiera destacar dos. La primera de ellas es alegría. Y digo la primera dado que su primer texto como Papa fue Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio). Un texto programático con un enfoque teológico-pastoral, en el que Francisco lanzó al mundo la idea de recuperar la frescura original del Evangelio poniendo la misericordia en el lugar que le corresponde, es decir, en el centro de la Iglesia. Y es que si lo pensamos con detenimiento, es la alegría la que primerea al estilo de Jesús de Nazaret y la que hace lío como ninguna otra realidad. Porque es la alegría la que oxigena la vida cristiana. Y Francisco esto lo ha tenido muy claro y así nos lo ha querido trasmitir durante todo este tiempo. La otra palabra que puede resumir este Pontificado es esperanza. El penúltimo texto que Francisco nos dejó fue Spes non confundit (La esperanza no defrauda). La Bula del Jubileo que estamos celebrando. Y en este texto el Papa nos trasmite que es la esperanza la que nos capacita para que el miedo no se apodere de nosotros; que es la esperanza la que nos libra de los lamentos y la que nos hace experimentar que el perdón de Dios no conoce límites. Y no sé qué pensarán ustedes, pero que un Pontificado comience invitando a la alegría y termine inmerso en un jubiloso año dedicado a la esperanza, convierte a este Papa en alguien que, lejos de amonestar, lo que ha pretendido es que el Evangelio se encarne en las relaciones personales de los unos para con los otros. ¿Para qué? Pues para que sean estas dos realidades, la alegría y la esperanza, las que nos mantengan en nuestra existencia (cfr. Rm 12,12).
La última vez que vimos a Francisco en la Logia de San Pedro fue para felicitarnos la Pascua y para darnos la Bendición Urbi et Orbi. Al siguiente día, lunes de la octava de Pascua, fallecía con las primeras luces del alba. Y en ese «Lunes del Ángel», el Resucitado, en el evangelio de Mateo nos dijo «¡¡Alegraos!!» (cfr. Mt 28,9). Parece ser que la primera indicación que Jesús lanza a la Iglesia para que comience a caminar sola es la alegría. Por ello, aunque el Papa aún no haya sido enterrado y estemos de luto oficial, no caben lágrimas ni lamentos; ni pésames ni desesperación ni angustia ni tristeza. Porque Francisco nos diría que no es momento, la Pascua, de estar avinagrados. Lo que prima ahora es estar anclados en la esperanza hasta el momento en el que recibamos con alegría a un nuevo pastor. Alguien que con sus aciertos y errores; con sus luces y sus sombras va a intentar seguir guiándonos por las sendas del Amor, como lo ha hecho durante estos doce años Francisco: el Papa que vino «desde el fin del mundo».
Fr. Ángel Fariña, OP
