La esperanza en el perdón
Perdón, reconciliación… dos términos que son una constante durante este tiempo de cuaresma, pero me da la impresión de que no necesariamente los encajamos bien en el significado del camino cuaresmal. Me explico: relacionamos la cuaresma con la penitencia, la conversión, la invitación a un cambio de vida, pero… ¿tenemos interiorizado lo que esto implica o lo decimos por inercia?
Quizá, la posible superficialidad, sea fruto de la “carrera de la inmediatez” en la que vivimos, queremos saltar del miércoles de ceniza al domingo de resurrección sin darnos la oportunidad de descubrir un camino que puede ser muy bello y profundo. No pienso en belleza en sentido estético, pues bien sabemos que no lo es, sino en una dimensión más trascendental, en la belleza interior que encontramos cuando somos capaces de ver que damos pasos en la dinámica de la esperanza.
Posiblemente esto sea más sencillo con una imagen, así que tomo prestada la de un camino que me es familiar: el de baldosas amarillas de la película El Mago de Oz, y lo uso para pensar en el camino del perdón. En la película, el inicio del camino es llamativo: amarillo, distinto, en un paisaje bonito, toda una comunidad de munchkins me ayuda a encontrar el inicio… ¿al final habrá algo increíble? Con el perdón pasa más o menos igual: la idea nos atrae y seguramente también lo que queremos encontrar al final, tenemos personas que nos animan a recorrerlo… pero de partida asumimos que no todo va a ser idílico, que va a ser difícil, cuesta arriba y que quizá no merezca la pena.
En la película, mientras Dorothy lo recorre, encuentra paisajes preciosos, experiencias que la sorprenden, momentos de disfrute, pero también etapas en las que el camino atraviesa por lugares que despiertan miedos y donde se plantea volver atrás. Aun así, decide arriesgar y continuar, saca recursos que desconocía que tenía, se conoce mejor a sí misma, y es capaz de superar los obstáculos.
Exactamente lo mismo nos pasa a nosotros en el camino del perdón: atravesamos buenos momentos que nos impulsan a seguir, pero también otros en los que tenemos la tentación de tirar la toalla y volver, momentos en los que necesitamos enfrentarnos a miedos, incertidumbre, inseguridades y falsas comodidades…. Quizá nos gustaría hacer un camino a medida, eligiendo cuidadosamente las zonas que no nos meten el dedo en la llaga…. pero, si este fuera el caso, poco aprenderíamos de nosotros mismos y no sería un camino de conversión.
También es posible que no nos atraiga la idea de hacer el recorrido porque tengamos algunas falsas ideas sobre lo que es el perdón y, por lo tanto, demos por hecho que el camino no merece la pena. Es fácil pensar que el perdón es solo algo que yo doy a alguien más, que confundamos perdonar con olvidar, con negar que sucedió, con quitarle importancia o buscar argumentos que nos ayuden a repartir culpas de otra manera. Pero la clave del perdón no está en ninguna de estas ideas.
En el camino hacia el perdón necesitamos estar dispuestos a empezar por nosotros mismos, por hacer camino interior, pues lejos de lo que solemos pensar, nosotros mismos necesitamos del ansiado perdón. Es en esta búsqueda interior en donde encontramos las primeras baldosas amarillas, esas que están rodeadas de flores, y hasta donde gente que nos quiere nos ha ido dirigiendo, aunque no seamos del todo conscientes de ello.
Una vez que hayamos buceado en nuestro interior y hayamos hecho un primer proceso de perdón personal será cuando podamos hacer la siguiente etapa del camino para dirigirnos hacia el otro, siempre con una mirada esperanzada y buscando un nuevo tipo de relación en el que, lejos de “sepultar” lo sucedido, seamos capaces de crear una relación nueva a partir de unas claves más humanas. En este punto del camino, lejos de sentirnos superiores, la belleza brotará en cuanto devolvamos a la otra persona su dignidad, esa que le quitamos – quizá inconscientemente – al romper la relación. De esto se trata el perdón, de cerrar una herida, de hacer un puente, y de continuar por un camino “reparado”.
Si somos capaces de llegar hasta aquí, habremos encontrado el tesoro al final del camino: nuestro propio palacio de Oz y la gran celebración preparada en nuestro honor. Nos daremos cuenta de que celebramos que lo fundamental del camino fue la hacer reflexión, detenernos, contemplar, recolocar piezas, re-significar momentos. Celebraremos, por todo lo alto, que el perdón no es otra cosa que aprender a ser misericordiosos, con nosotros mismos y con los demás.
En definitiva, la invitación de este tiempo de cuaresma – y ojo que vamos ya en el ecuador – es la de llegar al final de camino habiendo aprendido que no hay perdón sin misericordia, y no hay misericordia sin esperanza.
Mónica Marco csd
