La esperanza y el dolor
Puede que el dolor sea de las primeras sensaciones que tengamos al nacer, aunque no seamos conscientes, nos cambian de un ambiente a otro, sin que podamos evitarlo, de repente aparecemos en un lugar completamente diferente al que nos habíamos acostumbrado, con frío, desprotegidos, con mucha luz, con sonidos desconocidos y completamente indefensos.
Puede que también sea la última sensación con la que abandonamos este mundo, el dolor de irnos, de lo que nos faltó por hacer o lo que hicimos e hizo tanto daño, el dolor de la separación, de la despedida.
Entre ambos momentos queda la esperanza, la de una vida plena al llegar, y para los que tienen fe, una vida plena al partir. Una esperanza que nos sostiene en las manos de otros hasta que somos conscientes de nuestra vida y una esperanza en nuestras manos para llegar al final y poder pasar a una vida eterna.
Esa es la historia de nuestra vida, corta, larga, plena, fácil, difícil, con una mezcla de todo y con sensaciones entremezcladas, porque llegamos provocando y/o sufriendo ese dolor que sólo se supera con la esperanza de las alegrías, del amor, de la felicidad compartida, vivimos llenos de esperanzas, de ilusiones, de sueños, algunos se cumplen y otros se quedan en esa esperanza de que algún día llegará a ser realidad, para al final quedarnos con una esperanza de que lo que hemos vivido, no sólo mereció la pena, sino que provocó alegría en cuantos nos conocieron y que llegaremos a estar juntos en un momento en el que nos encontraremos en esa vida plena que nos espera.
Hay dolores intermedios que nos hacen tambalear la esperanza, hay sufrimientos provocados por nuestra vivencia de las experiencias cotidianas, la enfermedad, la muerte, la soledad, el fracaso, pero que en la gran mayoría de las veces superamos porque la esperanza vuelve a aparecer y nos hace remontar ante esas caídas, es como la mano amiga que aparece y nos da el impulso necesario para levantarnos y volver a ponernos en camino.
Dicen que no existe dolor incomparable al de unos padres que pierden a un hijo, a una hija, es antinatural porque parece que quien llega primero es quien primero ha de marchar, pero hasta en estos casos puede superarse ese momento acudiendo a la esperanza, porque es cierto que el dolor no se va, pero puede llevarse de otra manera si la esperanza nos ayuda a enfocar el dolor desde el amor a otras personas, o sabiendo que esa persona estará siempre viva en el corazón y eso nos ayuda a sobrellevar la pena, o porque nos sentimos invitados a dar ese amor que sentíamos a otros que tienen tanta falta de amor. Pero el dolor no es algo que se pueda medir ni contar, es algo personal e intransferible, podemos compartir cómo nos sentimos, pero nuestro dolor es nuestro, sólo podrá ser superado si cambiamos el enfoque de la mirada. El dolor no lo sentimos de igual manera todas las personas, el umbral del dolor no está en todos igual, unos apenas perciben sensaciones ante algo dañino y otras con un solo roce sufren un gran dolor. Nos pasa igual con la esperanza, ni poniendo delante de algunas personas algo positivo y bueno son capaces de descubrirlo, mientras que otros, con un mínimo gesto consiguen ver el camino abierto y claro para poder llegar a lo que se han propuesto.
Puede que el truco esté en saber cultivar la esperanza, porque está claro que el dolor va a venir sí o sí, con mayor o menor intensidad, más o menos veces, compartido o en soledad, pero si la esperanza no la vamos cultivando, no se nos dará sin más, esa es la gran diferencia entre el dolor y la esperanza. Si nuestra actitud en la vida es de mirar más allá de lo que tenemos delante y buscar la salida ante un muro alto, podremos superar muchos de los obstáculos que se nos presenten, si nos quedamos quietos la esperanza no llegará sola, sí el dolor que no hace falta buscarlo, ni provocarlo, a veces llega sin avisar, sin programarlo, como en el comienzo y el final de nuestra vida, pero si en medio de estos momentos vamos en busca de la esperanza y vamos sembrando pequeñas semillas, el dolor no nos impedirá seguir adelante porque la esperanza pondrá su remedio y su medicina para levantarnos y avanzar.
Macu Becerra, DMSF
