Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem… Radcliffe
Desde el pasado 7 de diciembre el que fuera Maestro General de nuestra Orden, Fr. Timothy Radcliffe, es Cardenal de la Iglesia. ¿Nos encontramos ante un privilegio? ¿O es más bien un reconocimiento? ¿Quizá sea gratitud? Yo, sinceramente, me decanto por las tres. Y creo que se dan las tres a la vez porque es todo un privilegio el poder ver cómo un hermano recibe tal distinción. Como también es de justicia reconocer todo el legado teológico-espiritual que ha dejado, está dejando y dejará para bien de la fe y vocación de no pocos. Y cómo no, es necesario estar agradecidos a su persona por el gran amor incondicional que siente hacia la Iglesia, aun cuando se le haya despreciado desde la misma -y se le desprecia- de manera inmisericorde. Fray Timothy es de esos frailes dominicos que no pasan desapercibidos. Por ello es tan amado como odiado. Sí, hay quienes no lo soportan. ¿Celos de su libertad y confianza en Dios? ¿Envidia de su libertad y confianza en Dios? ¿Ignorancia por no saber ser tan libres y confiar en Dios como él? No lo sé. Solo sé que no es del agrado de muchos. Y esto es así porque su aparente desorden y desaliño estético repele a no pocos dentro del mundo eclesial. Desorden y desaliño que aplican a su reflexión teológica. Pobrecillos, de verdad, pobrecillos. Porque aún no se han enterado de que las apariencias suelen mentir. Y lo que es aún peor: no han descubierto -dado que no lo han leído- a un gran predicador que posee el don de comunicar con sencillez las verdades de la fe con absoluta profundidad.
Reconozco que me considero -me invento el término- «radcliffeliano». Tal es así que he procurado leer todos sus libros traducidos al castellano e, incluso, alguno en italiano. Los dos últimos, «Domande di Dio, domande a Dio» (Librería Editrice Vaticana, 2023) y «Ascoltatelo» (Librería Editrice Vaticana, 2024) bien merecen ser traducidos a la lengua española. Y es que desde que leí el primer libro de Timothy que cayó en mis manos -«El manantial de la esperanza» (San Esteban, 1998)- me fascinó cómo trasmitía tanto sus experiencias personales como su reflexión teológica. Este libro -«El manantial de la esperanza»- me lo regaló un fraile dominico mucho antes de yo decidir serlo. Me atrevo a decir que unos diez años antes. Y una de las enseñanzas que más me caló de esa lectura en aquel momento -me parecía realmente revulsivo- es que lo que menos importa es si la gente a la que llega la predicación son creyentes o no. Porque lo que tiene que importar de verdad es que son personas que piensan, buscan, sienten y aman. Años más tarde, haciendo el noviciado, volví a leerlo desde otra perspectiva. Y estoy casi seguro de que quienes se han enriquecido con la sabiduría de este fraile han descubierto al igual que yo, que la predicación es algo sumamente hermoso a la par que excitante dado que consiste en saber trasmitir que todos tenemos un yo personal. Sí, alguien que es capaz de la amistad y, por ello, de la amistad con Dios participando así de su libertad.
Leer a Timothy Radcliffe siempre es una bocanada de aire fresco. Un oasis entre tanta literatura que embota. Y su lectura nunca deja indiferente. Porque cuando llegan esos momentos de indignación y decepción; esos momentos de soledad, incertidumbre y parálisis que son fruto de tantas y tantas crisis consecuencia de inesperadas decepciones y no menos frustraciones -que a todos nos han llegado-, sus textos, al trasmitir su experiencia de fe de toda una vida, con sus luces y sus sombras, consiguen reavivar la ilusión. Esa ilusión que con frecuencia dejamos eclipsar por prestar más atención a los desaliños y desórdenes personales que a «la libertad que nos trae nuestra fe y vocación» (Santo Tomás de Aquino dixit). Y es que el neocardenal Radcliffe posee la capacidad de ensanchar el horizonte para que intentemos ver la realidad desde otra perspectiva, que no es otra que la perspectiva de Dios. Por ello, y aunque a algunos les parezca una exageración, Timothy Radcliffe encarna, en el amplio sentido de la expresión, algo que nos dejara por escrito el que fuera Maestro de la Orden de Predicadores desde 1254 hasta 1263. Me refiero a fray Humberto de Romans. Sí, porque en Timothy se hace realidad, en tanto que lo lleva a la praxis, el que «la vida dominicana sea una de las más excelentes y nobles dentro del oficio de la predicación».
Privilegio, reconocimiento y gratitud son tres palabras que bien pueden resumir este acontecimiento de crear un nuevo Cardenal hijo de Santo Domingo de Guzmán. Pero además también pueden ser un impulso para empaparnos, aún más, de su legado, e intentar seguir sus pasos. No para conseguir birretes y capelos. No seamos tan ingenuos. Sino porque a hombros de gigantes como el Cardenal fray Timothy Radcliffe podremos vislumbrar nuevos horizontes y conquistar un futuro preñado de esperanza.
Fr. Ángel Fariña, OP
