Solidaridad

Los que esperan en ti

Los que esperan en ti no serán defraudados. Desde hoy, comenzando el Adviento, como cada año, se nos invita a leer los signos de los tiempos. No se trata de angustiarse, sino de fortalecer la esperanza, y despertar a la gran alegría que se nos anuncia. Ay, la difícil esperanza, la pequeña de las tres virtudes como decía Peguy, o la grande que apuntala a las otras dos.

Estoy desde septiembre en la misión de Malabo.  De alguna manera aquí la esperanza se hace más difícil, más acuciante y más Adviento. Pues no hay oropeles, el día a día es difícil y esforzado para este pueblo. Sin embargo, a pesar de todo, el domingo las misas de la parroquia de Santa Maravillas se llenan de gente. El templo y el patio entero resuenan desde las 7 de la mañana con los cantos de los Coros. Hoy precisamente cantaban el salmo 25 al empezar. Y yo quería renovar mi esperanza, imaginando la escucha atenta y misericordiosa de un Dios tocado en las entrañas de padre por esa súplica que ansiaba convertirse en certeza: los que esperan en ti, no quedarán defraudados.

Recuerdo el año pasado la impresión que me causaba la primera vez que escuchaba los cantos.  Y esta evocación me trae al tiempo de la parábola de los viñadores malvados de Mateo 21. La habré escuchado muchas veces. Pero nunca como aquel día en este templo: Por tanto, os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Recuerdo aquella lectura en aquel día, como un rasguño, como una rozadura que se vuelve a abrir, de nuevo hoy, transitando otro otoño misionero, meditando en la viña, que hoy mientras cantaban volvía a mi memoria cordial. En aquel día yo pensaba absolutamente conmovida por el resonar clamoroso de los cantos, que mi oración se alce a tu presencia: dales la viña, Señor, porque nosotros la hemos despreciado y dilapidado sus jugos y sus nutrientes.  Aquella primera vez que entré en esta iglesia repleta de mayores, mujeres, niños, jóvenes cantores… Dales la viña, Señor, invocaba, porque nuestras iglesias se vacían, lánguidas y envejecidas, cansadas. Quizá no quieren ni necesitan un Adviento de esperanza los pocos fieles, tímidos y apocados de las sociedades ahítas y secularizadas, que se dejan encandilar como las polillas, con árboles y luces artificiales. Tal vez ya no les hace falta creer que no serán defraudados, porque muchos hace tiempo que cubren el hastío y el desencanto con el ajetreo y el consumo navideño.  Porque la verdadera carne y sangre en la que Jesús viene a hacerse niño pobre e indefenso se encuentra en las fronteras y los márgenes a los que estamos dando la espalda, sobre todo nosotros, desde nuestro país, tan lejos y tan cerca, que estamos haciendo oídos sordos al doloroso latido del corazón de África.

Vuelvo hoy a estas dos frases que, como dinteles de las puertas que abren el año litúrgico, me inspiran una reflexión a la vez compasiva y esperanzada, tan de Adviento: los que esperan en ti no serán defraudados, por eso, dales la viña, Señor. Que ellos la van a podar y limpiar y cultivar con alegría y con cantos. Porque en el hueco anhelante de su deseo se abre un torrente insaciable de sed, en el que quiero reconocer el amor de tu Nombre. Benditos braceros del Reino. Dales la viña Señor, dales la viña.

Sagrario Rollán, voluntaria de Selvas