Vivir en estado de misión
Últimamente he tenido unas cuantas conversaciones sobre qué es lo que entendemos por misión, por ir de misiones, por ser misionero. Reconozco que algunas, más que conversaciones, fueron debates en toda regla, pues a día de hoy no todos entendemos lo mismo por la misión. Con esto no pretendo decir que esto sea malo, ni mucho menos, sino que el hecho de que el mundo vaya cambiando, afecta también a este tema. El mundo cambia, la vida cambia, las circunstancias cambian, y lo que podemos entender por misión, inevitablemente, también cambia.
Quizá el “problema” esté en que, a veces, relacionamos el cambio con dejar atrás algo (una cosa, un estilo, una manera de hacer) y centrarnos en algo nuevo que, a priori, pudiera parecer mejor, “despreciando” o desplazando lo anterior. No comparto esta visión de cambio. Creo que pensar en un cambio como en una sustitución tiene mucho que ver con nuestro miedo a lo desconocido. Confío más en un cambio que tenga que ver con evolución, con quedarnos con la esencia y actualizar los modos según las circunstancias lo requieran; con poner en valor el camino recorrido y luchar por seguir trazándolo de forma que responda a las situaciones presentes, y preparándolo para que, en el futuro, pueda responder a las futuras.
Así que, cuando salta la pregunta de ¿qué es la misión? a muchas personas les vendrá a la mente (y con razón) que las misiones están fuera, lejos, en otra cultura, vamos, la misión ad gentes. Aquí, sin duda alguna, hemos de valorar, y con gran admiración, el mérito de generaciones de misioneros que han dejado su país y han dado su vida por la misión ad gentes, quienes han dedicado su vida al primer anuncio de la Buena Noticia del Evangelio, quienes han luchado y salvaguardado la vida y la dignidad de tantos, quienes han sido fuente de esperanza allá en donde parecía que era imposible que hubiera, quienes han sido empáticos hasta el punto de ser uno más en la comunidad en donde desarrollaban su misión. Tantos que han sido, y son, un ejemplo a seguir, un ejemplo de entrega, disponibilidad, pasión, alegría, y un largo etcétera.
Ahora bien, a día de hoy, ¿podemos seguir diciendo que la misión es “solo” la ad gentes? Yo creo que no, creo que el mundo se globaliza y este concepto también necesita hacerlo. El gran reto es, a mi juicio, que al abrir su horizonte no pierda su esencia. Eso sería una pena.
Comparto la visión del misionero que leía hace poco en un texto de Miguel Ángel Medina OP. Decía que el un misionero es alguien habitado por el Espíritu, es persona de caridad, es hermano universal. Es una persona contagiada de paz, alabanza, alegría, misericordia. También que la vocación universal a la santidad está estrechamente vinculada a la vocación universal a la misión.
También creo que Iglesia y misión son dos realidades inseparables. Que estamos llamados a ser – con más intensidad, si cabe – Iglesia misionera en salida, tanto de nuestras fronteras físicas como existenciales. Que estamos llamados (¡se nos grita!) a trabajar por la dignidad de los más vulnerables, por los derechos fundamentales, por los niños, por las mujeres, por los migrantes, por el acceso a la educación y a la sanidad… que tenemos una palabra que decir en el contexto político, y que todo esto no lo podemos hacer solos.
Todo esto a lo que estamos llamados es misión, y esto lo tenemos en la misión ad gentes pero también aquí, al nuestro lado, en tantos entornos que son realidades de misión aunque las tengamos al lado de casa. Creo que ya no solo “vamos” a la misión (que lo seguimos haciendo y son experiencias muy enriquecedoras), sino que también la misión “viene” a nosotros. Para muestra el botón de la inmigración o, más bien, de las condiciones de la migración y del calvario que hay después: ser un nadie, un sin papeles, en un mundo de burocracia e indiferencia en donde se prometía el paraíso.
Creo que necesitamos dejarnos contagiar de esa sensibilidad misionera de tantos que viven la misión ad gentes, y entender que la misión ya no está solo allá o aquí. Que misión quizá ya no es exclusivamente lo que hacemos o donde lo hacemos, sino que es lo que somos. La misión entendida como una forma de estar en el mundo, que me toca y me mueve. No es cuestión de competencia (de aquí o allá), ni de mejor ni peor, sino de dar la vida por un mundo mejor en todo lugar, en todo momento y con toda pasión.
Mónica Marco, CSD
