Solidaridad

La Casa de la Esperanza

En estos tiempos que corremos la velocidad de las noticias nos pueden llegar a abrumar, una tapa a otra enseguida y nunca mejor dicho, suelen ser un bombardeo de malas noticias. La desesperanza y el malestar se palpan en el ambiente, y a veces necesitamos un respiro y un rayo de esperanza. Estos días, con el frío que llegaba, los días oscuros y esta actualidad, me llevaba de forma directa a la “Fazenda de la Esperanza”.

Este verano, viajé a Uruguay para compartir con la comunidad de Dominicos de Montevideo, conocer su bonito proyecto y la gente linda a la que acompañaban. Entre los muchos aprendizajes que tuve y las bonitas experiencias que viví, una de ellas fue el convertirse en: casa de esperanza. Una de las realidades que allí se vivían y como vemos ocurre también en España, es la desesperanza y el poco sentido de la vida en una sociedad cada vez más secularizada. Esto, unido a las dificultades económicas, familias desunidas y un acceso fácil a las drogas, hacía que fuera fácil seguir un camino de oscuridad. En pleno centro de la capital de Uruguay, y con el frío que se sentía en las calles, podías cruzarte con los efectos más negativos de esta realidad. Numerosas personas solitarias deambulaban sin sentido, otras tenían su sitio fijo para sacar algunas monedillas y poder invertirlas en comprar alguna dosis más, otras se reunían bajo un mismo propósito, el consumo. Impresionaba ver, por un lado la cantidad de personas que estaban en esa situación, y por otro, ver como las personas quedaban anuladas completamente de sus capacidades. Para quién paseaba y quién ya conocía a las personas que se encontraba en esa problemática era algo complejo, a veces no se sabía qué hacer, lo que sus cuerpos pedían iba en contra de lo que realmente les podía ayudar. La adicción y  el descontrol, a pesar de darles una realidad paralela de felicidad, les llevaba a un pozo con difícil salida y también a ocasionar mayores problemas como violencia, robos,…

 Ver a toda esa gente en la calle era la punta del iceberg de una pandemia que se colaba por numerosas familias.  Cuando ibas adentrándote y conociendo a las personas, conocías el dolor de las familias que luchaban porque sus hijos, nietos, hermanos adictos salieran de la oscuridad. Pero en esa realidad compleja, que se llenaba de problemas (robos, engaños, peleas), en donde sus cuerpos apenas podían responder si no era con dosis de más, aparecían en el camino grupos de autoayuda y personas dispuestas a ser luz en el camino.

Los frailes me enseñaron y me invitaron a un día a acompañarles a un precioso lugar, antiguo convento de carmelitas, al que daban misa un día a la semana. Era un día grande, las puertas de la “Fazenda de la Esperanza” se abrían para todo el mundo para celebrar los 10 años que llevaban en Montevideo y para celebrar el fin de un camino de oscuridad de unos 6 chicos que empezaban su nueva vida fuera. He de decir que fue uno de los días más bonitos que viví allí, era un espacio precioso, un convento restaurado, con un enorme jardín, su cuidado huerto, su nuevo gimnasio, su piscina todo arreglado por los chicos que allí vivían, y por supuesto en un día festivo como ese, una amplia carpa con un escenario listo para los conciertos que habrían. El tarde de fiesta empezaba con una bonita misa, repleta de gente (y eso si que era raro), entregados a la oración, a la profundidad, a las sentidas canciones, había emoción y agradecimiento, un sufrimiento que daba paso a la esperanza. Después de observar a tanta gente, la mayoría chicos jóvenes, y vivir esa intensidad de emociones, pasamos a compartir en comunidad. Toda la diócesis de Montevideo estaba allí, también los chicos y sus familias, y gente que quería compartir ese espacio de fe y alegría. Comimos churros con chocolate, charlamos, bailamos, cantamos, conocimos a mucha gente, hasta a los fundadores de dicha casa de esperanza, Fray Hans y Nelson.

La “Fazenda de la Esperanza” es un proyecto creado por estos frailes carmelitas que tuvo origen en Brasil. En esa realidad de pérdida y adicción, vieron la necesidad desde lo sencillo de sus vidas, a ser ese camino de luz de chicos que se encontraban en la calle. Les ofrecieron lo que tenían, la oración y la lectura de la Palabra, el trabajo y la vida en comunidad. Desde estos tres pilares, se fundamenta este precioso proyecto. Vieron como el trabajo de la espiritualidad, de sentirse queridos por Dios, perdonados, acogidos, renovados en la fe; el trabajo, el sentirse útiles, personas con capacidades, reconociendo los dones, el esfuerzo, el éxito; y la importancia de sentirse apoyados, acompañados, lo que aportaban y les aportaban las personas, cuidando las relaciones, era lo que provocaba cambios positivos, y no solo a nivel de adicción, sino como personas. Ver ese esfuerzo y esa luz en el camino, era una satisfacción para ellos pero un testimonio de fe para los que allí estábamos.

Estos días me acuerdo especialmente de los frailes dominicos de Montevideo que son rayos de luz, de Fray Hans y Fray Nelson que siendo tan sencillos han conseguido abrir numerosas casas rehabilitando a muchos chicos, a las familias de los chicos que viven con esperanza los cambios y de tantos chicos que conocí que habían salido o estaban saliendo de ese lugar tan oscuro. Si tantos chicos han podido salir en esas condiciones, todo es posible.

Que en esta realidad que vivimos, busquemos la oración, trabajemos en nuestra misión y cuidemos a los hermanos para ser casas de esperanza.

Belén Rodríguez Román.