Cultura

Contemplar para no vender humo

El título de esta entrada en la web puede llevar a pensar que está relacionado con la «Jornada Pro Orantibus» que los cristianos celebraremos este domingo. Y con el humo que venden algunas supuestas contemplativas en estos días, bien podría ser. Pero no, la cosa no va por ahí. Hoy quiero recomendar la lectura de un libro. Su autor es el catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, Josep Maria Esquirol. Y el título de la obra es el siguiente: «La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir» (Acantilado, 2024). Un libro profundo que acaricia las entrañas de quien lo lee porque trasmite en cada página de dónde ha salido: del alma de su autor. Esquirol, con un lenguaje que me atrevo a decir que roza lo místico, nos ofrece una serie de «bienaventuranzas» de la educación. Nueve en total. Y en cada una de estas «bienandanzas» -como él las denomina (p.16)- nos quiere adentrar en lo esencial, que no es otra cosa que percatarnos de que «la vida es la vida que se piensa» (p.16).

De todas y cada una de estas propuestas que el autor nos ofrece para intentar ser un poco más felices, se podría hacer un comentario. Pero a decir verdad alargaría innecesariamente mi propósito y sería una especie de spoiler. Mi intención es detenerme de forma muy breve en una cuestión, y un poco más en otra. La primera de las cuestiones -la breve- hace referencia a la necesidad de despantallizar la enseñanza. A este respecto es agradable comprobar cómo este grande del pensamiento me reafirma en algo a lo que llevo dándole vueltas desde hace tiempo. Y es que a comienzos del pasado año escribí en esta misma web una pequeña reflexión que llevaba por título «los nuevos analfabetos». Allí reivindicaba para la docencia, entre otras cosas, la clase magistral. Esquirol en su libro -con un léxico mucho más certero que el mío- recomienda no abandonar el bolígrafo ni el cuaderno y no renunciar a hacer resúmenes. Es más, de manera literal dice: «Aprender a leer, y aprender a escribir, y aprender a pensar. Y seguir leyendo, y seguir escribiendo, y seguir pensando. Da forma» (p.100). La otra cuestión se refiere a la contemplación. Y para Esquirol contemplar es «entrenar la musculatura del espíritu» (p.72). Así las cosas, si nos adentramos un poco más en la reflexión que en el libro se hace sobre la contemplación, en la página 82 del mismo podemos encontrar lo siguiente: «No hay una separación tajante entre contemplar y actuar». Esta afirmación me llevó de manera casi inevitable a aquella sentencia que Santo Tomás de Aquino nos dejara a los dominicos como estilo de vida propio: «contemplata aliis tradere».

Para el autor del libro la contemplación no culmina en respuestas, sino en más atención. Porque la contemplación es como el amor, siempre pide más ya que nunca queda ahíto. Por ello es interesante la diferencia que hace Esquirol entre un maestro y un vendedor de humo. El maestro, nos dice el catedrático de Filosofía, «se implica en la manifestación de las cosas»; el vendedor de humo «solo está interesado en disimular» (p.78). Cuántos se dedican a dar discursos, a trasmitir algo por poco que sea -no hablo solo en el ámbito académico- y no son capaces de interesarse lo más mínimo en profundizar un poco más en aquello que han de comunicar. Se niegan a contemplar y a seguir aprendiendo; ponen veto al estudio porque estudiar -según ellos claro está- tiene fecha de caducidad. Por ello se dedican a divagar en cosas nimias porque no saben moverse sino por la superficie, es decir, en la pura banalidad. Esquirol denomina esta realidad como el «engaño del vendedor de humo». Una realidad en la que se reúnen «los demagogos, los estrategas y los líderes autoritarios todos ellos protagonistas del encubrimiento y el engaño» (p.78). Y es que  a decir verdad, un vendedor de humo no deja de ser un charlatán vacío que no sabe dar respuesta a la belleza ni a la verdad del mundo.

Creo que no exagero al decir que el libro de Esquirol, «La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir», se podría considerar todo un tratado de espiritualidad de la enseñanza. Un tratado en el que se nos enseña que si nos atrevemos a contemplar solo un poquito más, el mundo giraría de otro modo. Por ello, bienaventurados aquellos que toman un libro en sus manos no solo para quitarle el polvo o cambiarlo de sitio. Serán más felices por dos motivos: porque resistirán a todas las embestidas del absurdo, y porque conseguirán ser alumnos aventajados en la escuela del alma, que es, ni más ni menos, vivir la vida que se piensa.

Fr. Ángel Fariña, OP