Inteligencia espiritual vs inteligencia artificial
Está de moda la inteligencia artificial, parece como si un nuevo embrujo, un insólito poder, de repente otro giro copernicano, hubiera entrado en nuestra vida cotidiana y cualquier cosa que queremos saber o descifrar acudimos a la inteligencia artificial. De nuevo la confusión como en el Fedro de Platón, ignorantes hechizados con el descubrimiento de la escritura… La inteligencia artificial genera además mucho dinero, monetiza el poder, mejora la eficiencia de los mercados, la competitividad de los pueblos y las tecnologías se activa, en épocas de tensión amenaza la volatilidad de las finanzas, etc. Pero, como dice mi amigo Luis que tiene casi cien años, siendo poeta, humanista, escritor, traductor, latinista de la Universidad de Salamanca, la inteligencia artificial realmente como tal no existe, pues lo que llamamos así es un producto de la inteligencia humana. Se trata de una combinación muy compleja de algoritmos, competencias, encuadres etcétera, para conseguir ciertos resultados aventajando en precisión y rapidez a cualquier inteligencia humana, es decir, la inteligencia artificial es una herramienta. Por otro lado, de todos son conocidas las teorías de Gardner y Goleman sobre las inteligencias múltiples y la inteligencia emocional.
Sin embargo, no se reflexiona tanto sobre la inteligencia espiritual, esa dimensión del entendimiento humano, de su conciencia intelectiva, para abrirse a la acción e iluminación del espíritu. O sea, volvamos a San Agustín con su psicología de las tres facultades: memoria, entendimiento y voluntad, que hace corresponder de alguna manera a las tres personas de la Trinidad. Así también en la mística más clásica desde el maestro Eckhart dominico hasta san Juan de la Cruz carmelita. Mas cerca de nuestros tiempos pensemos en Edith Stein (de inspiración a la vez carmelita y dominica) cuando en su antropología recorre la interioridad humana diciendo que el alma tiene extensión y altura.
Cuerpo, alma y espíritu estructuran la interioridad tridimensional del humano hecho de carne, cuerpo y tiempo, y a la vez de aliento y espíritu divino. Esto hace que la reflexión sobre la inteligencia necesariamente tenga que ir más allá de la psicología. Ciertamente las comparaciones con la psicología animal pueden ilustrarnos y ayudarnos a entender las etapas evolutivas y el desarrollo del cerebro. A su vez el complejo mundo neuronal se mapea y se explora desde el modelo de la máquina. Mas propongo abrirnos a esa fisura de trascendencia que señala María Zambrano para entender que la inteligencia espiritual es otra cosa. No propiamente un método de serenidad o meditación, aplicación de técnicas orientales u occidentales alejadas del tráfago del día a día para encontrar una felicidad más o menos ficticia, superficial, solo de despeje, narcisista, de mí, me, conmigo… Se trata de una interiorización desde la hondura del ser al modo agustiniano, en donde no vamos a encontrarnos a nosotros mismos, más adentro la verdadera inquietud del corazón nos lleva a descubrir el ardor del Espíritu que sostiene y alienta el fundamento de nuestro ser. Y desde esa esa hondura que se ensancha en la experiencia radical de la finitud, del don, de la precariedad de la existencia, del perdón…, desde ahí podremos acceder a la realidad prístina de la imagen y semejanza.
Aunque se hayan escrito también algunos libros con el título de inteligencia espiritual, no quería en este artículo referirme a ningún método, técnica de psicología moderna o posmoderna, ni de “meditación”. Sino a la apertura interior de nuestro corazón, en tanto que, como dice San Pablo somos templos del Espíritu, y así como templos, hogares alojados o desalojados de nosotros mismos, no dejamos de ser espacios únicos de visitación e inhabitación del Espíritu. Se acerca Pentecostés, cuando la iglesia celebra el momento resplandeciente en que la torpeza de los hombres y las mujeres que siguieron a Jesús, el embotamiento mental, sus frustraciones, miedos y desesperanzas fueran abrazados y arrasados por la luz del Espíritu y a partir de tal acontecimiento empezó otra andadura, la misión en el mundo, la predicación de la iglesia traspasando fuertes y fronteras. Por tanto, desde las lenguas de fuego comprendemos mejor que la inteligencia espiritual no es un método o un aprendizaje con cursillos más o menos intensos en lugares idílicos de naturaleza bonitamente domesticada, que gozamos como en un parque temático o en una excursión senderista, sin riesgo ni compromiso.
Veo la inteligencia espiritual como un entendimiento llamado a una perfecta atención en soledad, apartamiento y renuncia al modo de Simone Weil, cuando apunta que la atención es, junto al estudio serio, perseverante y paciente, dispuesto además a mirar de frente errores y distracciones, lo que conduce la inteligencia espiritual. Así, la atención en la vida del estudiante es un medio especialmente agraciado de progreso en la oración. Por eso ella entiende que los esfuerzos hechos en el estudio pueden llevar más tarde al joven a acoger con humildad otras realidades dolorosas e inaceptables que pueblan el mundo, a disponerse ante situaciones absolutamente insólitas en una actitud de respeto y compasión, a no querer prevalecer ni dominar… Actitudes, en definitiva, que no podrían brotar de la sola racionalidad, y tampoco de la inteligencia emocional. Y mucho menos de la inteligencia artificial que se propone dominar el mundo desde el algoritmo más eficiente y productivo.
Sagrario Rollán
